Susana González, del Instituto Clemente Estable, hace años que viene desentrañando los misterios del venado de campo. Recientemente publicó con colegas un capítulo sobre qué nos cuentan los genes del otro ciervo que aún vive en nuestro país: el huidizo y pequeño guazubirá.

A pesar de que vivimos en un “país natural”, por lo general no conocemos bien la fauna que habita en este relativamente pequeño territorio. Seguro llama la atención que, sin contarnos a nosotros mismos y a nuestras mascotas y animales para producción, en el país tengamos registradas más de 110 especies de mamíferos nativos que aún viven y luchan. Dentro de esas más de 100 especies, tenemos dos ciervos nativos. Si alguien de ustedes tuvo la fortuna de ver a un ciervo fuera de un zoológico o una reserva, hay altas chances de que no haya sido ninguno de ellos: en Uruguay probablemente el ciervo más abundante sea el axis (Axis axis), especie exótica introducida desde Asia por el Barón de Anchorena para que los fanáticos de la caza se divirtieran un rato.

Los ciervos nativos que van quedando son el venado de campo (Ozotoceros bezoarticus), del que apenas hay dos poblaciones, una en Los Ajos, en Rocha, y otra en Arerunguá, en Salto, y el guazubirá (Mazama gouazoubira). El venado de campo tiene un buen tamaño –pesa unos 35 kilos y posee una altura de cruz de 65 centímetros–, unas astas grandes en los machos con tres bifurcaciones, y un compartimiento gregario que hace que se vea en manadas en los dos lugares con pastizales donde habita. El guazubirá es todo lo contrario: es pequeño, de entre 11 y 25 kilos, con una altura de 50 centímetros y astas cónicas de no más de 12 centímetros y sin bifurcaciones; además, es más bien solitario y, para hacer las cosas más difíciles a quien quiera verlo, vive gran parte del tiempo en los intricados bosques nativos.

Los ciervos, por lo general, son animales huidizos. Como muchos herbívoros, tienen los sentidos siempre atentos para detectar el menor ruido del carnívoro depredador. Y por más que en el país ya no queden jaguares y tampoco pumas en abundancia –ha habido algunos registros escasos de este felino, por lo que no se puede afirmar que se hayan extinguido en Uruguay–, los ciervos llevan más de 14.000 años compartiendo el continente con los seres humanos, así que aprendieron rápido a salir corriendo ante nuestra presencia. No obstante, por más que corra, siempre es fácil ver a un ciervo en un campo con pasto. Pero cuando el guazubirá merodea en el interior de los intrincados y espinosos bosques nativos, quien parpadea se pierde la oportunidad de verlo en su ambiente natural.

¿Cómo se hace entonces para estudiar a un animal tan escurridizo como el guazubirá, del que ni siquiera hoy conocemos dónde hay poblaciones estables? Allí entran en acción la bióloga Susana González, del área Genética de la Conservación del Departamento de Biodiversidad y Genética del Instituto de Investigaciones Biológicas Clemente Estable (IIBCE), y sus colegas. Al ver las áreas en las que trabaja, la pregunta de cómo estudiar a una animal escurridizo parece responderse: mediante sus genes y ADN. Pero esa es una explicación parcial: un animal escurridizo tampoco anda dejando que le tomen muestras de tejidos. Susana González, que desde la década de 1990 viene estudiando a los venados de campo, tiene un as bajo la manga: por más que no se dejen ver, los guazubirás en algún lado tienen que hacer sus cosas.

Así que recolectando sus fecas –suena más lindo que excrementos o caca–, y gracias a técnicas moleculares que ella misma y sus colegas han desarrollado, es posible saber más sobre nuestros pequeños ciervos. También recurren a las piezas que hay en las colecciones científicas y a tejidos de animales que son atropellados en las rutas, aunque estas dos fuentes de información no son muy abundantes.

Guazubirá hembra. Foto: Leo Lagos

Guazubirá hembra. Foto: Leo Lagos

González es la mujer que hace hablar a los genes de nuestros ciervos. Y como acaba de publicar, junto con varios colegas, un capítulo sobre los guazubirás en el libro Conservation Genetics in Mammals, de la editorial Springer, acudimos a ella para que nos cuente qué es lo que los genes de los guazubirás nos están diciendo.

Haciendo hablar a los genes

“El comportamiento evasivo y elusivo de los ciervos neotropicales, especialmente de especies de bosques, como el guazubirá, ha hecho que sea muy difícil realizar la recolección sistemática de datos ecológicos y muestras biológicas”, reconocen González y los demás autores del artículo publicado. Por tanto, dicen que “el uso de marcadores moleculares, junto con el poder de usar la reacción en cadena de la polimerasa (PCR) y los análisis de ADN utilizando técnicas de muestreo no invasivas (es decir, ADN fecal y antiguo), han demostrado ser herramientas eficientes para obtener ADN de ciervos muy raros y de especies en peligro de extinción”. Pero leído así suena sencillo. Las frases de los artículos científicos tienden a ocultar lo complejo, intenso y demandante que es hacer ciencia.

En el trabajo comunican que Pía Aristimuño, estando en el IIBCE junto con González, analizó en 2017 160 muestras de guazubirá recolectadas entre 1993 y 2015 en Argentina, Bolivia, Brasil y Uruguay. De ellas, 42 provenían de fecas recolectadas en el campo, 106 eran pelos y tejidos de animales en cautiverio, y 12 eran huesos de la colección del Museo Nacional de Historia Natural. De todas esas muestras extrajo ADN para obtener información. ¿Y cómo hizo eso? Vean la importancia de la tarea de décadas de Susana González: “Los procedimientos para la extracción de ADN de tejidos, sangre y huesos se realizaron siguiendo el protocolo de Medrano et al. (1990) modificado según González et al. (2015)”. Luego: “González et al. (2012) diseñaron cebadores específicos, primers, para ciervos, un fragmento de 160 pares de bases de la región Dloop”. Finalmente: “Para la amplificación se siguió el protocolo de PCR en tiempo real (González 2018)”. ¿Qué nos dice todo esto? Que así como Thomas Edison desarrolló el primer aparato para escuchar grabaciones, la investigadora desarrolló las técnicas necesarias, junto con sus colegas, para escuchar lo que el ADN de los ciervos del país tiene para decir.

“Empecé trabajando con venados de campo para mi doctorado, hace ya mucho tiempo”, cuenta González. “Ahí trabajé con primers universales, y mientras hacía el doctorado la ciencia y la tecnología avanzaron mucho y aparecieron otras herramientas”. Los primers, o cebadores, son pequeños fragmentos de ADN que indican qué parte del ADN que uno quiere amplificar para su estudio será copiado. Para ello se utiliza la técnica ya conocida por cualquiera que más o menos siga el tema de la pandemia: la reacción en cadena de la polimerasa, la famosa PCR con la que se hacen los diagnósticos de covid-19. “Mientras hacía el doctorado aparecieron los aparatos termocicladores en tiempo real, que tienen una gran potencialidad, porque con mínimas cantidades de ADN uno puede lograr amplificar lo que desea, algo que con los termocicladores comunes era imposible”, añade González.

Una conversación entre varios

La ciencia casi nunca es un emprendimiento personal. En el arte de hacer hablar al ADN de los ciervos, Susana González ha trabajado y trabaja con varios colegas. Así que vaya aquí también el reconocimiento para María Pía Aristimuño, Federica Moreno, Mariana Cosse, Leticia Bidegaray Batista, Claudia Elizondo, Natalia Mannise, Leticia Repetto y Alejandro Márquez.

“Los primers se pegan en regiones específicas del ADN. Nosotros trabajamos con ADN mitocondrial, que es un ADN que tienen todos los seres eucariotas, que son los seres vivos que tienen células con núcleos”, se explaya. Ese ADN de las mitocondrias de las células tiene unas características particulares, entre ellas, que se hereda por vía materna. Pero, como sucede a menudo en biología, cada vez se están encontrando más excepciones que, más que confirmar la regla, hacen pensar en que tal vez haya que reescribirla. “Siempre está la duda de hasta cuándo vamos a poder decir que el ADN mitocondrial se da sólo por herencia materna”, dice González.

“El ADN mitocondrial es un ADN que evoluciona más rápido y tiene una cantidad de características biológicas que lo hacen adecuado, al menos en mamíferos, para estudiar procesos evolutivos. El ADN mitocondrial guarda señales de cosas que ocurrieron en el pasado”, dice la investigadora, y sobre ese pasado hablaremos en breve. Porque antes ella tuvo que trabajar en los cebadores, y, al igual que lo que sucedió con los kits de diagnóstico de coronavirus, en este caso el desarrollo científico local también fue necesario.

Cría de guazubirá. Foto: Leo Lagos

Cría de guazubirá. Foto: Leo Lagos

“Los ciervos de Europa y Asia se separaron de los americanos hace más de siete millones de años. Los investigadores latinoamericanos que quisimos aplicar herramientas que ya estaban desarrolladas para los ciervos del viejo mundo, como los primers, no pudimos hacerlo”, cuenta. Podrían adaptarse algunas a nuestra realidad. Pero eso tampoco anduvo: “Hay muchas cosas que quisimos adaptar, porque para los desarrollos hay que invertir mucho tiempo, pero lo que quisimos extrapolar de los ciervos del viejo mundo no funcionaba bien”. Para González el camino era obvio: “Teníamos que hacer la apuesta por un desarrollo propio”. Y eso fue lo que hizo. Hoy los primers o cebadores que desarrolló permiten amplificar ADN para todos los ciervos sudamericanos. Alguien podría pensar que tanto esfuerzo para lograr que los genes de unos ciervos nos revelen su información es demasiado, pero la soberanía también se defiende desarrollando ciencia para conocer la biodiversidad.

Un problemita escatológico

Para estudiar a los guazubirás recurrieron a muestras que comenzaron a recolectarse en 1993. “Ser un científico exitoso en estos temas de conservación es complicado porque lleva muchos años. Hoy tenemos una cantidad de ADN y muestras que nos permitió hacer este trabajo”, sostiene González, que no oculta su fascinación: “Es maravilloso saber que el ADN se mantiene. Tengo muestras de ADN de varias décadas que pude amplificar, algo que no siempre que extraés ADN es posible”. Pero, como ya dijimos, el guazubirá no es un bicho que coopere a la hora de dar su información genética. Hay que andar recogiendo lo que va dejando por ahí. Y, pese a que los excrementos de ciervo no son muy olorosos, el asunto no está exento de complicaciones.

“Pía Aristimuño hizo la tesis de maestría y de grado con esta especie. Usó fecas, muestras de museo y también pelos de animales muertos, ya que extraer pelo de guazubirá es difícil, porque no es tan fácil de encontrar como, por ejemplo, el venado de campo, que anda en grandes grupos”, señala González. Ya que el guazubirá es difícil de ver, le digo que habría que hacer manuales para poder identificar sus excrementos, ya que así sabríamos con más facilidad si están o no en los bosques. Pero no es tan sencillo: al parecer, las fecas conservan el carácter elusivo de sus propietarios.

“Mi colega Maurício Duarte, en Brasil, tiene en cautiverio todas las especies de ciervos latinoamericanos para realizar distintos estudios en la Universidade Estadual Paulista”, dice González. “Uno de los estudios que hizo fue justamente medir, fotografiar y analizar las fecas para ver si había alguna característica que permitiera distinguir la caca de un guazubirá de la de un venado de campo o de otros ciervos Mazama, que son muy parecidos entre sí y de los que hay por lo menos 11 especies”. Pero no hubo forma. Las fecas resultaron una cagada para identificar a los ciervos. “Yo he recolectado hasta caca de oveja por las dudas, porque no se distinguen”, confiesa entre risas González. “Si te garantizan que en ese lugar no hay ovejas, juntá la feca porque puede ser de un ciervo. Pero si hay ovejas, no hay forma de distinguirlas”.

Parece entonces que, como hacen quienes abren cuentas en Panamá, hasta en la caca nuestros guazubirás se cuidan de no dejar rastros. “Las fecas son muy parecidas, y además cambian con la dieta. Si fuera posible identificar las fecas sólo con verlas, nuestro trabajo sería mucho más fácil y más económico”, dice Susana.

El pasado del guazubirá

Los ciervos son animales presentes en casi todos los continentes. Actualmente hay unas 60 especies de las tantas que poblaron el planeta desde su aparición, hace unos 20 millones de años en Eurasia.

En el Plioceno temprano, pongamos hace unos cinco millones de años, los ciervos que ingresaron al norte de América comenzaron a diferenciarse de sus antepasados del viejo mundo. Hasta donde sabemos, hace unos 2,5 millones de años, al levantarse el istmo de Panamá, que comunicó a las Américas, los ciervos llegaron a América del Sur en una migración masiva en ambas direcciones conocida como el Gran Intercambio Biótico Americano. Entre otros, los del sur les mandamos los armadillos, gliptodontes, aves del terror y perezosos, mientras que los del norte nos enviaron los tigres dientes de sable, los mastodontes, los caballos y los ya mencionados ciervos.

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Deslumbrados con estas tierras más que los españoles con el oro, a los ciervos les encantó el sur y proliferaron, tanto que hoy en el neotrópico, biorregión compuesta por casi toda Sudamérica, América Central y parte de México, hay 17 especies de ciervos agrupadas en seis géneros. A pesar de este éxito, “la evolución y la taxonomía de los cérvidos en esta región aún no están claros”, dicen González y su colega brasileño Duarte en el artículo publicado en la revista Mastozoología Neotropical. Y a pesar de ello, el trabajo de ambos, junto con sus colegas, permite conocer algo del pasado de nuestro pequeño ciervo.

Al trabajar con el ADN mitocondrial los investigadores sugieren que los ciervos sudamericanos podrían agruparse en dos clados o ramas en el árbol filogenético que conecta a las especies con sus antepasados. Por un lado están los ciervos grises, entre los que están el querido guazubirá y el amazónico Mazama nemorivaga, el ciervo del pantano, ya extinto en nuestro país (Blastocerus dichotomus), el huemul (Hippocamelus bisulcus) y el venado de campo. El antepasado común a esta rama se estima que vivió hace aproximadamente cinco millones de años.

En la otra rama del árbol familiar se encontrarían los ciervos rojos (Mazama bororo, Mazama nana, Mazama americana y Mazama temama), el venado cola blanca (Odocoileus virginianus) y el ciervo mula (Odocoileus hemiomus). El antepasado común de todos estos ciervos vivió hace unos dos millones de años.

Y aquí surge un tema interesante: como habrán visto, nuestro guazubirá pertenece al género Mazama (por eso se llama Mazama gouazoubira; en el nombre científico de cada ser vivo el primer vocablo, en mayúsculas, refiere al género). En ese género también hay otros ciervos, como el amazónico Mazama nemorivaga (que antes se pensaba que era la misma especie que el guazubirá). Nuestro guazubirá y el amazónico forman el grupo de los ciervos grises. Pero por otro lado están los ciervos rojos, donde hay varias especies del género Mazama. Como muestra este análisis genético, ciervos rojos y ciervos grises se separaron hace millones de años, por tanto, nuestro guazubirá y los ciervos rojos no podrían compartir género. González lo sabe y está trabajando al respecto: en no poco tiempo, es probable que el pequeño ciervo de Uruguay cambie su nombre científico y deje de llamarse Mazama, porque pasará a integrar un género aparte. El ADN mitocondrial permite, como en una telenovela, determinar que los padres y los abuelos del guazubirá no eran los Mazama. ¡Ahora el guazubirá sí podrá salir con la mucama, ya que resulta que al final no es su hermana! Bueno, no. En la naturaleza, por lo general si uno se aleja de los de su especie o no tiene descendencia o tiene crías inviables. Pero volvamos al guazubirá.

El ADN mitocondrial también permite afirmar que el guazubirá “ha retenido altos niveles de variación genética y morfológica que podrían correlacionarse con un episodio de expansión demográfica y geográfica en América del Sur”. Y según los marcadores moleculares analizados por Aristimuño en 2017, la expansión y el aumento de población de los guazubirás parece haberse dado a mediados del Pleistoceno, hace entre 600.000 y 500.000 años. “Es como una huella que queda marcada en el ADN. Es una hipótesis que sacamos en función de datos estadísticos y programas bioinformáticos que muestran una señal de que en un momento hubo ambientes adecuados y esa especie se expandió muchísimo”, comenta González.

Fueron tantos y tan abundantes, se expandieron por tantas partes, que hoy sus genes muestran una gran variedad. Y no sólo eso: también tienen diferencias en su forma, color y otras características. Y esto nos lleva al siguiente punto.

Guazubirá macho atropellado en Ruta Interbalnearia cerca de Solís, en junio de 2020. Foto Alejandro Mazza

Guazubirá macho atropellado en Ruta Interbalnearia cerca de Solís, en junio de 2020. Foto Alejandro Mazza

Igual de uruguayos... pero distintos

El trabajo de Aristimuño y sus colegas incluso permite ver que en los propios guazubirás de nuestro país hay diferencias que dejan sus rastros en los genes. Tras realizar sus análisis en guazubirás de todas las regiones donde habita esta especie, obtuvieron que habría cinco grandes grupos –con distintos haplotipos–, distribuidos de la siguiente manera: “(a) norte de Uruguay y sur de Brasil (Rivera, Tacuarembó, Cerro Largo, Río Grande del Sur, Santa Catarina-Paraná), (b) rango sur de distribución del guazubirá (Rocha, Maldonado, Lavalleja, Treinta y Tres), (c) Argentina, Paraguay y el Mato Grosso sur, (d) Bolivia y el Mato Grosso brasileño, y (e) Sao Paulo, Bahía y Minas Gerais”.

¿De qué nos hablan esas diferencias entre los guazubirás del norte y los del sur y el este? González se anticipa: “Se trata de la misma especie, de eso no hay duda”. Alejado ese fantasma, la científica se explaya: “Tal vez las diferencias que vemos del guazubirá del este y el sur de Uruguay con los del norte se deban en parte a una separación de poblaciones, hace miles de años. Es algo que también podría explicar las diferencias de las poblaciones de venados de campo de Rocha con los que están en Salto. Si había millones de venados de campo, ¿la distancia geográfica explica esas diferencias, que se estructuraran distintas poblaciones?”. Es obvio que la respuesta es no. “Hoy no es posible, pero hace 1.000 años atrás un venado de Rocha podría ir a Salto, no había carreteras ni grandes barreras. En línea recta son unos 400 kilómetros”.

“La única barrera que habría hoy es el río Negro, y por mucho tiempo pensé que tal vez ese fuera un factor importante”, dice González, pero esa hipótesis no se sostuvo, porque el río Negro tiene varios pasos –uno es justamente Paso de los Toros– y porque los ciervos son nadadores decentes, capaces de cruzar el Paraná. “Entonces podría haber una explicación antigua, como el evento de formación del Río de la Plata. Las dos poblaciones de la misma especie podrían haber quedado separadas hace mucho tiempo y haber evolucionado con ciertas diferencias, pero siguen siendo la misma especie”, cuenta González, que reconoce que lo de la formación del Río de la Plata se les ocurrió a otros colegas que estudiaban a otros ciervos.

Los genes de guazubirá del norte y los del sur del río Negro presentan diferencias, pero ¿qué pasa con su apariencia? ¿Podemos diferenciarlos a simple vista? “No sé si podría decirte a simple vista cuál es cuál. Hay que ver muchos, y no es un animal que sea fácil de ver”, confiesa González. “Uno podría comparar los cráneos, pero incluso hay pocos cráneos de guazubirá en colecciones en Uruguay”. Se podría pensar que para González, que es experta y apasionada de los ciervos, “pocos” podrían ser muchos para una persona ajena al tema. Pero no: pocos son pocos. “Pía Aristimuño, para su tesis, midió cinco, creo”.

Me doy cuenta de que estoy hablando con la mujer que probablemente más sabe de guazubirás en Uruguay. ¡Y me está diciendo que no sabría si podría diferenciarlos! “En el venado de campo sí me animo, pero es después de haber visto muchísimos y de haber podido comparar los cráneos y hacer estudios sistemáticos. Al principio los venados de campo de Rocha y Salto me parecían distintos, pero me daba miedo decirlo porque los demás me decían que se veían iguales”.

Volviendo a los cinco grupos diferenciados de guazubirás en su rango de distribución, que abarca Uruguay y partes de Brasil, Bolivia, Paraguay y Argentina, los investigadores sugieren que podrían tratarse de metapoblaciones, poblaciones separadas de una misma especie que mantienen un flujo genético, un intercambio. “Ese flujo estaría dado en parte porque los bosques actuarían como corredores biológicos”, aventura González. Y como los genes no hablan sólo del pasado, allí puede radicar uno de los problemas para el futuro de los guazubirás.

El mañana de los guazubirás

Como dicen en el capítulo del libro, “el guazubirá se considera una de las especies de ciervos más abundantes de América del Sur y, por lo tanto, está clasificada por la Unión Internacional para la Conservación de la Naturaleza (UICN) como una especie de menor preocupación”. Pero cuando uno mira el todo, muchas veces se pierde lo que pasa con cada una de las partes.

En su trabajo hablan de cinco grupos con diferencias genéticas esparcidos por regiones distintas, pero conectados con lo que se llama un flujo de genes. ¿Pero eso se da en nuestros días o lo que ven en los genes es lo que sucedió en el pasado? Porque uno piensa que hoy la fragmentación es más grande y no sería tan fácil para un ciervo de Tacuarembó llegar a Porto Alegre sin que antes se lo lleven puesto. “No, ese viaje seguro que no. Serían desplazamientos más acotados. Pero tampoco se hizo nunca acá un estudio con radiocollares, el único que hay de guazubirás es el que realizó Pedro de Faria en Pantanal”, cuenta Susana.

“Si se corta ese intercambio de individuos y, por tanto, el flujo de genes, podrían quedar relictos aislados que, en casos graves, puedan ir perdiendo diversidad genética. Y si hay pérdida de diversidad genética, se deberá al cruzamiento entre parientes, porque se van a cruzar con lo que tengan más cerca”, aventura González. Pero ese no es el único nubarrón sobre el cielo cervil.

“Por ahora los guazubirás no estarían en un peligro inminente si pensamos de una forma un poco egoísta, como con la covid-19: en Uruguay estamos bien”, señala González, que sostiene que Uruguay a la especie le aporta sólo una parte. “El tema es ver qué pasa en todos los otros países con el guazubirá”.

“Acá no hay consumo de su carne, no sentís que la agente de campo diga que se va a cazar guazubirás. Sí hay episodios de caza ilegal de venado de campo, pero el guazubirá no está incluido como una presa a buscar”, dice González. “Pero hay otras comunidades, fuera de Uruguay, donde sí se consume. En el norte argentino hay costumbres muy arraigadas de consumo, y también en muchas comunidades de Bolivia”.

Al menos nos queda el consuelo de que aquí no son cazados. Pero ¿cuántos hay? ¿Qué tan bien se están llevando con el siglo XXI? “Cuando digo que en nuestro país están bien, lo digo intuitivamente. No sabemos cuántos hay y no ha habido una preocupación real al respecto por parte de las autoridades de fauna o de ambiente y de todas las personas que se encargarían de vigilar los recursos naturales. El guazubirá nunca fue una especie en la que se haya hecho énfasis o foco”, replica González.

Uno podría suponer, dado que el bosque nativo está protegido por ley, que aunque no hay una política específica para el guazubirá, se lo está protegiendo. “Sí, creo que podemos decir que indirectamente hay una protección. Pero no hay un compromiso con la especie en particular”, sostiene. “Los estudios para estimar la cantidad de individuos son caros, y no hay agencias financiadoras uruguayas para eso. Si vamos al exterior capaz que podría haber, pero es algo que lleva muchos años, no alcanza con ir una vez a un sector de un bosque y extrapolar a todos los bosques del país”.

¿Cómo hacemos entonces para decir que no hay declinio de la población de guazubirás en Uruguay? ¿Cómo hacemos para decir que es una especie de preocupación menor, como dice la UICN? “La verdad es que en nuestro país tendría que ser una especie en la categoría Data Deficient [DD, con datos insuficientes]”. Siendo este el panorama, queda claro que hace falta seguir investigando.

Para terminar no puedo evitar preguntarle a González, que se ha dedicado a estudiar ciervos desde hace décadas, si tiene algún favoritismo por alguno de los dos que hay en nuestro país o si, como esos padres y madres que dicen que no tienen hijos favoritos, a todos los quiere por igual? “Pasa que al venado de campo lo ves, y uno quiere más a lo que ve que a lo que no”, dice González entre risas, acorralada por la pregunta. “Pero también es muy lindo ir al bosque nativo. Al trabajar adentro del bosque uno se siente muy bien por ese contacto con la naturaleza”.

Capítulo: “Molecular Ecology of the Southern Gray Brocket Deer (Mazama gouazoubira)”
Publicación: Conservation Genetics in Mammals (libro, Springer, 2020)
Autores de artículo: Susana González, María Pía Aristimuño, Claudia Elizondo, Leticia Bidegaray-Batista, Pedro de Faria Peres, José Maurício Duarte
Editores del libro: Jorge Ortega, Jesus Maldonado

Artículo: “Speciation, evolutionary history and conservation trends of neotropical deer”
Publicación: Mastozoología Neotropical n° 27 (2020)
Autores: Susana González, José Maurício Duarte

Un ciervo carismático, pero poco apreciado

“Te diría que nunca fue una especie muy querida”, dice González. A uno le cuesta entenderlo, porque ver a un ciervo de estos en estado silvestre es una experiencia tan rara como liberadora de endorfinas. La científica cuenta una anécdota que ilustra bien qué quiere decir con eso de “una especie no muy querida”.

“Hace muchos años me llamaron de una forestal de Rivera muy importante porque decían que tenían venado de campo. Yo dudada, pero me invitaron y fuimos hasta allí. Efectivamente, no eran venados, sino guazubirás. Cuando les dijimos que eran guazubirás se desilusionaron, era como la cosa más espantosa que les podríamos decir. Ellos querían la figurita sellada”, ilustra. Es que el venado de campo se resiste a desaparecer de nuestros mapas en sólo dos localidades del país. Tener venados de campo en tu predio te lleva inmediatamente a figurar en el “de más” de la revista Galería. Los guazubirás andan por muchos más rincones.

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