Las gafas sirven para modificar nuestro modo de mirar el mundo. Hay situaciones en que se necesitan para protección o para acceder a ciertos detalles. Hay hombres valientes y demasiado seguros de sí mismos que prefieren no usarlas. Confían en que sus ojos desnudos mostrarán la realidad y no temen enfrentarla. Hay otros que las necesitan para ir más allá de sus límites, y a veces las pierden o las encuentran. También están los que pueden mirar a través de las gafas de otros.

Ante el horror perpetrado por nuestros semejantes caben al menos dos reacciones, una emocional y otra más racional. Una es el desprecio, la indignación, el asco que nos ponga a distancia y permita lograr la abolición de aquellos “monstruos”. La otra es perseguir la comprensión de los mecanismos subyacentes con la eventual esperanza de lograr la prevención. Es difícil recorrer en forma pura uno solo de esos caminos; es inevitable, de algún modo, lanzar miradas furtivas al otro sendero. Quien intenta comprender se puede sentir abrumado por el dolor, y quien se indigna puede fugazmente verse reconocido en las motivaciones del criminal.

Para comprender las desgracias humanas de la Guerra de Troya tal vez sea necesario mirarla al menos a través de tres pares de ojos deliberadamente masculinos: los ingeniosos y determinados de Ulises, los valientes y hábiles de Aquiles y los resistentes y perseverantes de Eneas.

Por todo lo anterior es que quiero contar la historia que ocurrió hace 75 años a través de tres pares de ojos sin gafas (o con ellas).

Primer par

En su autobiografía, el físico Otto Frisch, de origen austríaco, cuenta: “El Ejército americano había empezado a transformar el colegio Los Álamos Ranch, una escuela privada para varones, en una ciudad laboratorio que al final de la guerra contaba ya con una población de unos ocho mil habitantes: varios cientos de científicos con sus respectivas familias, y numeroso personal de servicio. El propósito de Los Álamos era reunir a los matemáticos, físicos, químicos e ingenieros encargados de determinar la cantidad y disposición más efectiva del material necesario y de diseñar y probar los muchos dispositivos que se necesitaban para formar una unidad explosiva en la que la reacción en cadena, disparada por un solo neutrón, se desarrollaría luego a velocidad de vértigo”

En su autobiografía, Frisch también señala: “Conocí a Robert Oppenheimer, distinguido teórico que tenía el cargo de director científico del centro y que solía saludar a los recién llegados de esta manera: ‘Bienvenido a Los Álamos. ¿Quién demonios es usted?’. Luego supe que había sido él quien había elegido el lugar, situado al borde de un gran volcán extinguido y a unas veinte millas de Santa Fe, la ciudad más cercana, a la que se llegaba por una carretera mala y tortuosa; la situación era por tanto muy aislada, a unos siete mil pies por encima del nivel del mar. Oppie no sólo había reclutado a los químicos, físicos e ingenieros que necesitaba el proyecto, sino también un pintor, un filósofo y algunos otros personajes estrambóticos sin los cuales, según él, no cabía llamar completa a una comunidad civilizada. Entre los científicos allí congregados había algunos de los más selectos de las universidades americanas, y yo tenía la agradable sensación de que si una tarde iba en cualquier dirección y llamaba a la primera puerta que viese, lo más seguro es que me hallara ante un grupo de gente interesante tocando música o metida en amena conversación. Desde luego, nunca he visto una ciudad pequeña con tal variedad de gente culta e inteligente”.

Por sorprendente que pueda parecer, las forjas del infierno pueden ser extremadamente artísticas, cultas y civilizadas. Ni la inteligencia ni el arte son garantías contra el comportamiento de masas, la falta de perspectiva y el frenesí. En este caso, incluso parece que fueron requisitos para poder materializar el horror.

En Los Álamos, Frisch conoció a alguien memorable, el Ulises de nuestra historia, el primer hombre sin anteojos: “En Los Álamos había, como es lógico, muchos físicos teóricos, y algunos muy conocidos. Uno de los más interesantes era un hombre muy joven, apenas un estudiante, en quien todos coincidían en ver a un futuro genio: Richard Feynman”.

Feynman es autor de muchos de los textos más inspiradores que he tenido oportunidad de leer y compartir. Ha sido una figura extraordinariamente influyente para físicos y científicos de las últimas décadas. Una de sus reflexiones respecto de que el universo está contenido en una copa de vino me ha acompañado reiteradamente a la hora de hablar sobre lo ilusoria que es la división de la ciencia (y entre las personas) en disciplinas. También ha escrito sobre el valor de la ciencia para la sociedad, en particular por su resistencia contra la autoridad. Ese hombre, ese héroe científico, participó en la cocina del infierno: “Estaba yo un buen día en mi cuarto de Princeton, trabajando, cuando llega Bob Wilson y me dice que le habían concedido fondos para un trabajo secreto del que presuntamente no debía hablar con nadie, pero que a mí me lo iba a decir, porque estaba seguro de que tan pronto me enterara de lo que se disponía a emprender, querría unirme a él. Así que me contó el problema de la separación de isótopos de uranio con la finalidad última de construir una bomba, y me dijo:

‒Tenemos una reunión. ‒Contesté que no quería entrar en eso. Él me replicó:

‒De acuerdo. Tenemos reunión a las tres. Te veré allí.

‒Mira ‒le dije‒, no tienes que preocuparte por haberme contado el secreto, porque no voy a decírselo a nadie; pero no voy a hacerlo.

Así que volví a trabajar en mi tesis, más o menos unos tres minutos. Entonces comencé a dar vueltas por mi habitación y a pensar en el asunto. Los alemanes tenían a Hitler, y la posibilidad de que pusieran a punto una bomba atómica antes de que nosotros era demasiado aterradora. Así que decidí ir a la reunión de las tres.

A eso de las cuatro ya tenía asignada mesa en un despacho, y me encontraba tratando de calcular si el método concreto que íbamos a utilizar estaría limitado por la corriente total que puede transportar un haz iónico, y cosas por el estilo. No entraré en detalles. Pero tenía asignada una mesa, tenía papel y estaba trabajando tan intensa y rápidamente como podía, para que quienes tenían que construir el aparato pudieran realizar el experimento allí mismo”.

A principios de julio de 1945 estaba todo pronto para hacer una primera prueba de la bomba. El lugar de la prueba, cuyo nombre clave era “Trinity”, era en el desierto cerca de Alamogordo. Un lugar que Frisch describió como “un paisaje muy seco, con cactus y vegetación muy rara y una variedad asombrosa de artrópodos”.

En aquel momento Feynman se encontraba lejos, con una licencia especial debido a la reciente muerte de su joven esposa. Al recibir la noticia de que se haría una prueba, regresó en avión y llegó justo a tiempo para tomar uno de los vehículos que estaban partiendo hacia el puesto de observación ubicado a treinta kilómetros del sitio.

“Nos dieron gafas oscuras con las que poder observar la explosión. ¡Gafas oscuras! A treinta kilómetros de distancia y a través de gafas oscuras, maldita la cosa que íbamos a poder ver. Pensé que lo único que verdaderamente podría lesionar la vista sería la luz ultravioleta (la luz, por brillante que sea, no puede causar lesiones oculares). Me situé tras el parabrisas de un camión, ya que la luz ultravioleta no puede atravesar el cristal; así estaría a salvo y podría observar la condenada explosión.

Llegó el momento, y el fogonazo que se produjo allá a lo lejos fue tan tremendo que tuve que agacharme. Vi un manchón violáceo en el piso del camión. Me dije: ‘No existe. No es más que una imagen posterior’. Volví a mirar y vi aquella luz tan blanca convertirse en amarilla y después en naranja. Se formaban y esfumaban nubes, provocadas por la compresión y expansión de la onda de choque.

Finalmente, la gran bola de color anaranjado, de centro tan brillante, se convirtió en un globo naranja que comenzó a elevarse y a hincharse poco a poco, al tiempo que se iba oscureciendo por los bordes; entonces vimos una gran bola de humo con relámpagos en el interior del fuego y un gran calor saliendo fuera.

Todo esto duró algo así como un minuto. Fue una serie de mutaciones que pasaron desde el brillo a la oscuridad, y yo las había visto. Seguramente fuera el único tipo que miró de veras aquella condenada primera explosión, el ‘Trinity test’, como se denominó. Todos los demás llevaban gafas oscuras; las personas situadas a diez kilómetros no pudieron ver nada, porque les dijeron que permanecieran echadas en el suelo. Probablemente fuera yo el único que lo observó a simple vista. Finalmente, al cabo de un minuto y medio nos llegó de pronto un ruido tremendo, ‘¡¡¡BANG!!!’, y después un retumbar como de truenos, y eso fue lo que me convenció del éxito”.

Pero mirar sin gafas oscuras no garantiza, ni siquiera a un destacado científico, poder ver con claridad:

“Tras el éxito del primer ensayo, la excitación de todo el mundo en Los Álamos fue tremenda. Todos celebraban fiestas, y todos corríamos de acá para allá. Yo me senté en la trasera de un jeep y allí estuve haciendo redobles de tambor y armando jaleo. Me acuerdo, sin embargo, de que una persona, Bob Wilson, estaba allí sentado, taciturno y deprimido.

‒¿A qué esas penas? ‒le pregunté.

‒Hemos hecho algo terrible ‒me respondió.

‒Pero si fuiste tú quien la empezó. Tú nos metiste en esto.

Ya ven ustedes lo que me ocurrió, lo que nos ocurrió a todos nosotros. Tuvimos una buena razón para empezar. Después uno se pone a trabajar muy intensamente para lograr algo, y es un placer; es apasionante. Y entonces, ya se sabe, se deja de pensar; sencillamente uno no piensa. Bob Wilson era el único que en aquel momento estaba pensando en las consecuencias”.

Segundo par

El 4 de agosto de 1945, en la isla Tinian, el grupo 509 de la Fuerza Aérea de Estados Unidos se reunía para ver la película de la única prueba realizada en Alamogordo. Se les dijo que esa sería la bomba que iban a lanzar. Que era algo nuevo en la historia de la guerra, el arma más terriblemente destructora que jamás se hubiera fabricado. Se les contó que un soldado que se hallaba a tres kilómetros de la explosión cayó derribado al suelo; otro soldado a más de ocho kilómetros quedó ciego por un tiempo; una muchacha ciega de nacimiento que se encontraba en una ciudad a muchos kilómetros de distancia vio el resplandor.

Estadio inicial de la explosión del 'Trinity Test'.
Foto: Berlyn Brixner - Los Alamos National Laboratory

Estadio inicial de la explosión del 'Trinity Test'. Foto: Berlyn Brixner - Los Alamos National Laboratory

La explosión en Alamogordo se escuchó a 80 kilómetros de distancia. Atendiendo a esa presentación estaba nuestro Aquiles, el coronel Paul Tibbets, quien era uno de los pilotos de bombarderos más exitoso de Estados Unidos y que sería el comandante de vuelo de la misión que se avecinaba. Allí recibió una caja de cartón que contenía unas gafas con cristales tintados parecidas a las usadas por los soldadores. Se le explicó que debían ser usadas por todos los miembros de los aviones que estuviesen cerca del objetivo en el momento de la explosión. Un pequeño botón sobre el puente de la nariz permitía cambiar la cantidad de luz admitida por el cristal. Se le dijo que sobre el punto de bombardeo el botón debía situarse en su punto más bajo. Tibbets propuso dar al B-29 que llevaría la bomba el nombre de su madre: Enola Gay. Esto era una suerte de amuleto, ya que su madre una vez le había prometido que fuera lo que fuera que le sucediera en la vida, “siempre estarás bien”.

En la madrugada del 6 de agosto, Tibbets pilotaba el bombardero B-29 que en ese momento se acercaba a Iwo Jima. Por un momento Tibbets dejó al copiloto Robert Lewis a cargo de la cabina y se dirigió a la parte trasera de la nave. El artillero de cola, Bob Caron, no conocía los detalles de la misión pero tenía algunas sospechas. En ese momento Tibbets y Caron tuvieron el siguiente diálogo, citado en el libro Enola Gay, de Gordon Thomas y Max Morgan-Witts:

“‒¿Llevamos a bordo la pesadilla de un químico?

‒No, no exactamente.

Caron probó suerte de nuevo:

‒¿Acaso la pesadilla de un físico?

‒Sí.

Tibbets se agachó para meterse de nuevo por el túnel. Caron extendió una mano y le tiró suavemente de una pierna.

‒¿Qué sucede, Bob? ‒preguntó Tibbets.

‒Nada, coronel. Sólo una pregunta. ¿Desintegraremos átomos?

Tibbets miró al artillero de cola, y luego siguió avanzando por el túnel. Caron había recordado la frase sobre la desintegración del átomo que había leído una vez en una publicación de divulgación científica. El artillero de cola no tenía la menor idea de lo que significaba”.

A las ocho horas y 15 minutos del 6 de agosto de 1945, estando sobre la ciudad de Hiroshima, las puertas del depósito de bombas del Enola Gay se abrieron y la primera bomba atómica se desprendió de su gancho de contención. El bombardero se elevó bruscamente algunos metros debido a la pérdida de cuatro toneladas de masa. Caron intentó orientar su cámara fotográfica casi a ciegas debido a las gafas oscuras. Tibbets comenzó a inclinar al Enola Gay para iniciar una ruta de escape del infierno que se avecinaba. Cuando faltaban segundos para la explosión Tibbets recordó bajar las gafas que estaban sobre su frente. No veía nada. Volvió a colocarlas sobre la frente. Con valentía y sin gafas enfrentó lo que le esperaba.

Thomas y Morgan-Witts prosiguen: “Desde su puesto de combate en la cola del Enola Gay, todavía alejándose y ya volando a unos dieciséis kilómetros de Hiroshima, Bob Caron fue el primero en ver cómo se desarrollaba un fenómeno verdaderamente espeluznante. Una enorme masa circular de aire ascendía más y más, a la velocidad del sonido, hacia el Enola Gay. Estupefacto, el artillero de cola trató de avisar gritando.

Sus palabras fueron ininteligibles.

Caron era el primer testigo de la onda expansiva de la bomba atómica, una onda creada por un aire tan comprimido que parece adquirir forma física. Para Caron era ‘como si el anillo que rodeara un distante planeta se hubiera soltado y ascendiera hacia nosotros’.

Gritó otra vez.

Al mismo tiempo, el gran círculo de aire chocó contra las alas y el fuselaje del Enola Gay lanzando al avión a mucha más altura. Tibbets se agarró a los controles. Pero fue el ruido que acompañaba a la onda expansiva lo que le produjo mayor preocupación. Recordando sus misiones de bombardeo en Europa, pensó que ‘un proyectil de ochenta y ocho milímetros había estallado junto a nosotros’. Inmediatamente gritó:

‒¡Fuego antiaéreo!

En menos de cuatro segundos, y por encima de la confusión de voces que sonaban por el interfono, Caron gritó nuevamente.

‒¡Llega otro!

Una vez más el avión ascendió repentinamente. Luego, tan rápida como había llegado, la onda expansiva se esfumó. El Enola Gay volvía a surcar el aire en calma. Tibbets habló a la tripulación.

‒Está bien. Eso ha sido la onda expansiva que rebotó desde tierra. No habrá más. No se trataba de fuego antiaéreo. Tranquilizaos. Ahora vamos a poner en marcha estas grabaciones. Quiero que vayan de uno en uno para grabar sus impresiones. Que la grabación sea breve y nítida.

Bob, comienza a hablar.

‒Una columna de humo asciende rápidamente. Su centro muestra un terrible color rojo. Es una masa burbujeante gris violácea, con un núcleo rojo. Todo es pura turbulencia. Los incendios se extienden por todas partes como llamas que surgiesen de un enorme lecho de brasas. Comienzo a contar los incendios. Uno, dos, tres, cuatro, cinco, seis... catorce, quince... es imposible. Son demasiados para poder contarlos. Aquí llega la forma de hongo.

Había algunos a bordo que insistirían en que su reacción inicial ante la nube en forma de hongo había sido exclamar ‘¡Dios! ¡Mira como sube ese hijo de perra!’, pero Lewis decidió anotar más tarde: ‘¡Dios mío! ¿Qué hemos hecho?’.

Tibbets estaba sorprendido, incluso horrorizado. ‘Yo esperaba contemplar algo grande, pero ¿qué significa eso de grande? Lo que vi era de tal magnitud y arrastraba una destrucción tan enorme que jamás lo habría podido imaginar’.

En la base en Tinian se redactó un programa para anunciar los festejos:

FIESTA CON CERVEZA GRATUITA
HOY A LAS DOS DE LA TARDE
HOY-HOY-HOY-HOY-HOY
BAILE PARA TODOS LOS HOMBRES DEL GRUPO 509
CUATRO (4) BOTELLAS DE CERVEZA POR CABEZA
NO SE NECESITA TARJETA DE RACIONAMIENTO
LIMONADA PARA TODOS AQUELLOS QUE DESPRECIEN LA CERVEZA
PARTIDO ESTELAR A LAS DOS DE LA TARDE
CONCURSO DE BAILE
MÚSICA CALIENTE
NUEVOS ESPECTÁCULOS
CONCURSO SORPRESA. YA LA DESCUBRIRÉIS
EXTRA: ATRACCIÓN COMPLEMENTARIA. RUBIA, VIVAZ, ESCULTURAL, ESTRELLA QUE LLEGA DIRECTAMENTE DE...
FIESTA EN HONOR DEL REGRESO DEL ENOLA GAY
DE LA MISIÓN DE HIROSHIMA”.

Parece que a su regreso todo lo que querían Tibbets y los otros hombres del Enola Gay era dormir. Y les pareció fácil hacerlo.

Niño atendido por quemaduras en el Hospital de la Cruz Roja de Hiroshima. 
Foto: Hajime Miyatake

Niño atendido por quemaduras en el Hospital de la Cruz Roja de Hiroshima. Foto: Hajime Miyatake

Tercer par

El 31 de agosto de 1946, un único artículo excepcional ocupó todas las páginas del New Yorker. Se le suele llamar el artículo más famoso del mundo. Era “Hiroshima”, escrito por un periodista estadounidense nacido en China llamado John Hersey. Allí se cuenta el infierno desde la perspectiva de los entrevistados que estaban en Hiroshima el 6 de agosto a las 8.15. De todas las historias trágicas narradas allí elegí la de quien será nuestro Eneas: el doctor Terufumi Sasaki, cirujano del hospital de la Cruz Roja.

Temprano en la mañana del 6 de agosto de 1945, el doctor Sasaki viajaba en tren desde el campo, en donde vivía con su madre, hacia el hospital de la Cruz Roja en Hiroshima. Había dormido mal la noche anterior y recordaba una pesadilla. En ella estaba junto a la cama de un paciente, en el campo, cuando irrumpía la Policía para arrastrarlo afuera y golpearlo brutalmente. El motivo era que estuviera ejerciendo la medicina en esa región sin poseer una licencia oficial. Eso era algo que Sasaki realmente hacía durante las tardes, luego de trabajar ocho horas en el hospital y viajar durante cuatro horas más. Ese día consiguió transporte más temprano de lo habitual; de no haber sido así la explosión lo habría encontrado mucho más cerca del centro.

Llegó al hospital a las 7.40. Poco después se encontraba con una jeringa en sus manos para tomar una muestra de sangre de un hombre que temía padecer sífilis. Estaban en el primer piso y la muestra debía ser llevada al laboratorio que estaba en el tercero. “Con la muestra en la mano izquierda, sumido en una especie de distracción que había sentido toda la mañana ‒acaso debida a la pesadilla y a la mala noche que había pasado‒, comenzó a caminar a lo largo del corredor principal hacia las escaleras. Acababa de pasar junto a una ventana abierta cuando el resplandor de la bomba se reflejó en el corredor como un gigantesco flash fotográfico. Se apoyó sobre una rodilla y se dijo, como sólo un japonés se diría: ‘¡Sasaki, gambare!’, ‘¡Sé valiente!’. Justo entonces (el edificio estaba a 1.508 metros del centro) el estallido irrumpió en el hospital. Sus lentes volaron; sus sandalias japonesas salieron disparadas de sus pies. Pero aparte de eso, gracias a donde se encontraba, no sufrió daño alguno”.

El cirujano jefe estaba en su oficina terriblemente herido por los vidrios, tabiques y trozos del techo habían caído sobre los pacientes, había sangre por todos lados. La gente corría gritando y otros estaban muertos. El paciente que tenía miedo a la sífilis ahora estaba muerto. El laboratorista que debía hacer el análisis también murió. Terufumi Sasaki era el único doctor en todo el hospital que no estaba herido. Inmediatamente pensó que se trataba de una bomba convencional que había alcanzado únicamente al hospital.

Rápidamente, y sin sus lentes, buscó vendas y una botella de mercuriocromo que había quedado intacta y comenzó a tratar las heridas de los pacientes, enfermeras y doctores que estaban a su alrededor. “Pero cometía tantos errores que tomó un par de lentes de la cara de una enfermera herida, y, aunque sólo compensaban parcialmente los defectos de su visión, eran mejor que nada”.

Prosigue Hersey: “Mezcladas con las excoriaciones y las laceraciones que la mayoría de los pacientes había sufrido, el doctor empezó a encontrar quemaduras espantosas. Se percató entonces de que empezaban a llegar del exterior avalanchas de víctimas. Eran tantas que el doctor comenzó a postergar a los heridos más leves; decidió que lo único que podía hacer era evitar que la gente muriera desangrada. Poco después había pacientes acuclillados en el suelo de la sala, en los laboratorios y en todas las otras habitaciones, y en los corredores, y en las escaleras, y en el zaguán de la entrada, y bajo la puerta cochera, y sobre las escaleras de piedra del frente, y en la entrada y en el patio, y a lo largo de varias manzanas en ambas direcciones de la calle”.

El periodista agrega: “En una ciudad de 245.000 habitantes, cerca de cien mil habían muerto o recibido heridas mortales en un sólo ataque; cien mil más estaban heridos. Al menos diez mil de los heridos se las arreglaron para llegar al mejor hospital de la ciudad, que no estaba a la altura de semejante invasión, pues tenía sólo seiscientas camas, y todas estaban ocupadas. En la multitud sofocante del hospital los heridos lloraban y gritaban, buscando ser escuchados por el doctor Sasaki: ‘¡Sensei!’, ‘¡Doctor!’. Los más leves se acercaban a él y le tiraban de la manga para que fuera a atender a los más graves. Arrastrado de aquí para allá sobre sus pies descalzos, apabullado por la cantidad de gente, pasmado ante tanta carne viva, el doctor Sasaki perdió por completo el sentido de la profesión y dejó de comportarse como un cirujano habilidoso y un hombre comprensivo; se transformó en un autómata que mecánicamente limpiaba, untaba, vendaba, limpiaba, untaba, vendaba”.

El doctor Sasaki trabajó en esas condiciones durante tres días seguidos, y apenas pudo dormir una hora sin ser despertado inmediatamente. Finalmente dos doctores y 15 enfermeras llegaron con materiales nuevos. Entonces Sasaki obtuvo permiso para ir a ver a su madre al campo. Allí se acostó y durmió 17 horas seguidas. Debió seguir usando las gafas de la enfermera durante el siguiente mes. Aquel fue un hombre con gafas de mujer.

Nuestro cronista inicial, el físico Otto Frisch, cuenta que en Los Álamos nadie sabía cómo sería usada la bomba. Tres semanas después de la prueba de Alamogordo, sintió un gran revuelo y gritos en los pasillos de las instalaciones. “Alguien abrió la puerta y me gritó: ‘¡Han destruido Hiroshima!’. Las víctimas se cifraban en cien mil. Aún recuerdo la sensación de malestar, de náusea, cuando vi que muchos de mis amigos corrían al teléfono para reservar mesa en el hotel La Fonda de Santa Fe y celebrarlo. Sin duda estaban exaltados por el éxito de su trabajo, pero no dejaba de ser macabro el brindar por la muerte súbita de cien mil personas aunque fuesen ‘enemigos’. Por otro lado estaba el argumento de que esa matanza había salvado la vida de un número mayor de americanos y japoneses, que habrían muerto en el lento proceso de conquista con el que podría haber acabado la guerra de no haber habido bomba por medio. Sin embargo, casi nadie acertaba a ver razón moral alguna para arrojar una segunda bomba sobre Nagasaki pocos días después, pese a que aquello detuvo inmediatamente la guerra. La mayoría pensábamos que los japoneses se habrían rendido de todos modos en cuestión de días. Pero ese es un tema sobre el que se ha discutido interminablemente y nunca se ha llegado a un acuerdo”.

Existe una frase tradicional japonesa que dice que una desgracia que golpeó dos veces golpeará una tercera vez. Armas nucleares más destructivas que las de Hiroshima y Nagasaki siguen presentes en los arsenales de la humanidad. Un desarme nuclear completo debería ser uno de los logros futuros de la humanidad. En este momento podríamos recordar que la energía nuclear ha encontrado también importantes aplicaciones pacíficas, pero eso puede ser recordado con detalle en otras fechas.

Lo que inevitablemente vuelve a mí en este triste aniversario son las palabras con que cerramos la primera temporada de un proyecto televisivo, Superhéroes de la física, hace nueve años:

¿La ciencia puede decirnos cuál es la mejor arma? ¿Puede decirnos qué es mejor o qué es peor? El arma que destruyó Hiroshima merece ser llamada la peor de todas, y lamentablemente la física tuvo que ver con su creación. A veces para avanzar en el conocimiento los científicos deben enfocarse en un único aspecto de la realidad y olvidan otras cosas importantes. Por lo tanto, no dejemos a la ciencia sola, recordémosle todo el tiempo cuáles son aquellas cosas que le dan valor a la vida humana. A favor de la ciencia, debo decir que el conocimiento que de ella emana nos da una gran oportunidad de apreciar el valor de cada ser vivo y del lugar que ocupamos en el universo. Pero esa oportunidad la debemos aprovechar como verdaderos superhéroes. Antes les prometí que les diría cuál es la mejor arma para un superhéroe, y ahora no puedo dejarlos sin una respuesta. Si el objetivo de un arma es terminar con un conflicto, las palabras podrían ser buenas armas. De todos modos, también tienen su lado oscuro, pienso en la mentira o en la manipulación que las palabras permiten. Y aunque no tenga números ni física para demostrarlo, creo que la mejor arma es la compasión. ¿Y saben qué? Para producir compasión no es necesario ser un experto en ciencia. Hasta la próxima.