El fósil de una tibia con la fíbula fundida encontrado en el Arroyo del Vizcaíno permite ubicar hace 30.000 años al perezoso gigante Valgipes bucklandi en nuestro territorio, 2.000 kilómetros más al sur de su distribución conocida hasta ahora. En otro trabajo, los investigadores que exploran el sitio determinan que los perezosos Lestodon armatus machos tenían dientes caniniformes enormes para luchar entre ellos o exhibirse y aumentar sus chances de reproducción.

Ironías. Cuando los conquistadores se hicieron de América a fuerza de armas, gérmenes y acero, se encontraron con animales y plantas que los dejaron boquiabiertos. Algunos los impresionaron para bien, y otros no tanto. Entre estos últimos se encontraban esos animales que hoy llamamos perezosos. “No he visto hasta ahora animal tan feo ni que parezca ser tan inútil”, consignaba en 1526 Gonzalo Fernández de Oviedo y Valdés, que también lo llamaba “el animal más torpe que se pueda ver en el mundo”. Juzgar tan duramente a los perezosos porque se trasladan en la tierra a una velocidad de unos 0,3 kilómetros por hora es un acto que habla más de la torpeza del observador que de la del bicho: los perezosos son animales perfectamente adaptados para vivir en los árboles de partes de Sudamérica. Pero aquí no estamos para hacer justicia con los perezosos. Toda esta introducción es para hablar de una infamia retroactiva.

Cuando los paleontólogos comenzaron a describir especies de la megafauna americana, se encontraron con animales bastante distintos a los que se habían visto en Europa y otras partes. Por ejemplo, teníamos gliptodontes, unos armadillos del tamaño de un auto, o roedores similares a un carpincho pero de alrededor de una tonelada. También dieron con unos mamíferos que están emparentados con los perezosos actuales (pertenecen al superorden de los xenartros) y que, por lo tanto, fueron bautizados como perezosos gigantes, ya que, a diferencia de los menos de diez kilos de sus parientes actuales, estos animales que vivieron en América hasta hace unos 10.000 años andaban, según la especie, entre los 200 y los 4.000 kilos. De hecho, algunos de estos fósiles fueron recolectados por Charles Darwin en su viaje por Uruguay, Argentina y Chile entre 1832 y 1833, y enviados a Inglaterra, donde Richard Owen, del Museo de Historia Natural de Londres, los usó para describir nuevas especies. Xenartros y peludos, con algunas características corporales similares, cargaron con el estigma de ser perezosos.

El asunto es que los perezosos gigantes del Pleistoceno, de los que en nuestro país se conocen especies como los Lestodon armatus (al que afectuosamente llamaremos lestodonte), Glossotherium robustum (al que llamaremos glosoterio) y Mylodon darwini (al que llamaremos milodonte), como sus parientes actuales, estaban lejos de ser animales torpes o inactivos. Alimentar un cuerpo de varios cientos de kilos no es changa en nuestros días ni lo era hace 30.000 años. Pero por si esto fuera poco, estos perezosos gigantes que no sólo se movían y buscaban con energía reproducirse y proliferar, además, siguen obligando a los Homo sapiens, con quienes convivieron al final de su existencia, a moverse y no ser perezosos.

Arroyo del Vizcaíno represado para poder extraer fósiles. Foto Martín Batallés

Arroyo del Vizcaíno represado para poder extraer fósiles. Foto Martín Batallés

Prueba de la nada perezosa tarea a la que los perezosos gigantes empujan a las paleontólogas y los paleontólogos humanos motiva esta nota: con pocos días de diferencia, investigadores de la Facultad de Ciencias de la Universidad de la República publicaron dos artículos en revistas científicas con estos animales como protagonistas. Y lo que comunican es fascinante.

En “Presencia del perezoso terrestre Valgipes bucklandi en el sur de Uruguay durante el Pleistoceno tardío: implicaciones ecológicas y biogeográficas”, publicado en Quaternary International, Carolina Lobato, Luciano Varela, Sebastián Tambusso, Lucía Clavijo y Richard Fariña, todos del Departamento de Paleontología de la Facultad de Ciencias y del Servicio Académico Universitario y Centro de Estudio Paleontológicos, y Ángel Miño-Boilini, de la Universidad Nacional del Nordeste de Argentina, reportan la presencia de una nueva especie para Uruguay de perezoso gigante, Valgipes bucklandi (al que, siendo poco originales, llamaremos valgipes). Como veremos, se trata de un hallazgo inesperado para nuestro país.

En cambio, en el artículo “Dimorfismo sexual en el perezoso terrestre fósil Lestodon armatus (Xenarthra, Folivora)”, publicado en Historical Biology, Luciano Varela y Richard Fariña, también autores del otro artículo, y su colega Gregory McDonald, de la Oficina de Administración de Tierras de Colorado, Estados Unidos, arrojan luz sobre las enormes diferencias encontradas en unos dientes similares a colmillos, llamados por eso caniniformes, que había en las mandíbulas de los lestodontes.

Los artículos, además de tener en común a varios de sus autores, comparten también el sitio del Arroyo del Vizcaíno, en las proximidades de la ciudad de Sauce, Canelones, como uno de sus protagonistas. Con ambos trabajos recientemente publicados, salimos rápidamente, cual perezoso escalando un árbol, a encontrarnos en la Facultad de Ciencias con algunos de los autores de ambos trabajos.

Una salida de campo, un fósil, una nueva especie para Uruguay

Carolina Lobato, Luciano Varela y Sebastián Tambusso tienen una sonrisa de oreja a oreja. Escucharlos hablar sobre los fósiles que han encontrado y de la información que logran extraerles es un lujo que ahora comparto con ustedes.

Luciano Varela, Carolina Lobato y Sebastián Tambusso.

Luciano Varela, Carolina Lobato y Sebastián Tambusso.

Foto: Federico Gutiérrez

El trabajo sobre el valgipes describe a la nueva especie de perezoso gigante a través del hallazgo de un único fósil: un fragmento de tibia con la fíbula fundida que descansa en la Colección del Arroyo del Vizcaíno, en la ciudad de Sauce, con el número 1.573. Uno puede imaginar que para encontrar una nueva especie de animal para el país los paleontólogos y las paleontólogas deben pasarse años en el campo, picar y limpiar cantidades enormes de sedimentos, insistir, perseverar y combatir el desánimo. Muchas veces es así. Pero en otras ocasiones, las cosas son mucho más sencillas.

“El fósil lo encontramos en una salida al Arroyo del Vizcaíno en diciembre de 2019”, cuenta Lobato, quien fue extremadamente afortunada: era la primera vez que excavaba en el sitio. “Estábamos con unos gurises del curso Escuela de Sitio, que se hace en verano, y entonces lo vimos”, dice.

“La Escuela de Sitio es un curso que hacemos que a los gurises les sirve porque adquieren experiencia y a nosotros nos sirve porque tenemos más mano de obra”, dice Sebastián Tambusso. Y es que en el Arroyo del Vizcaíno los fósiles aparecen en grandes cantidades: se trata de un lecho de fósiles (bonebed en inglés), un lugar donde por distintas razones los huesos se amontonan más que un grupo numeroso a la hora de sacarse una selfie. “En el Vizcaíno aparecen unos 100 fósiles por metro cuadrado”, dice Varela poniéndole números al asunto.

La tibia del perezoso no se las complicó. Apenas llevaban excavados unos tres metros cuadrados cuando se dejó ver. Y ya allí, tendida sobre el sedimento, con agua a sus lados, los descolocó. “Cuando vi que la tibia estaba fusionada, le comenté a Luciano y empezamos a pensar qué animales tenían la tibia fusionada con la fíbula. No me sonaba a ningún perezoso, por lo que pensé que podía tratarse de algún ungulado”, recuerda Tambusso.

El que primero pudo hacerse una idea más acertada de lo valioso del hallazgo fue su colega. “Lo primero que pensé es que podría tratarse de un scelidoterino, y asumí que se trataría de Catonyx, un perezoso gigante ya reportado para Uruguay. Pero luego vimos que había una fusión distal y proximal, lo que indicaba que estábamos ante otra cosa. Al rato pensé que podría tratarse del perezoso Valgipes, y si así era, ese fósil no tenía por qué estar en el sitio de Sauce”, dice Varela. Tambusso lo secunda: “Es un bicho del que se conoce poco y que se pensaba que se distribuía mucho más al norte, por lo que Valgipes no es lo primero en lo que pensás cuando te encontrás un fósil en Sauce”. En el trabajo son más gráficos: el fósil apareció 2.000 kilómetros al sur de la distribución conocida de ese perezoso, ya que los pocos huesos de esta especie fueron encontrados en Brasil.

Caniniformes de lestodonte en museo Calcaterra - izquierda de hembra, derecha de macho. Foto: Gentileza Luciano Varela

Caniniformes de lestodonte en museo Calcaterra - izquierda de hembra, derecha de macho. Foto: Gentileza Luciano Varela

Discutir sobre el posible animal que les había legado su tibia fusionada con la fíbula y la extracción del fósil les llevó casi toda aquella jornada de diciembre de 2019. Debido a dificultades con la represa artificial que montan para poder hacer lo suyo, en aquella salida sólo pudieron trabajar en tres metros cuadrados. Recuperaron unos 100 fósiles antes de que el agua volviera a tapar el sedimento. “Y en esos 100 fósiles ya encontramos uno que no tenía que estar ahí”, dice Varela.

“Ese mismo día, cuando paramos para almorzar, sacamos las laptops y confirmamos lo que intuíamos: se trataría de un fósil de Valgipes, por la forma en que estaba fusionada la tibia con la fíbula”, prosigue Varela. “Si hubiéramos encontrado otro hueso, por ejemplo un húmero, capaz que no hubiéramos podido saber que estábamos ante una especie de perezoso gigante que nunca se había reportado para Uruguay. Lo hubiéramos sacado del sedimento y habríamos pensado que se trataba de un fósil más de los 1.500 que hemos recuperado del Vizcaíno. Pero justo el fósil que encontramos es un hueso diagnóstico de esa especie”, complementa Tambusso, mientras Varela aclara qué es eso de diagnóstico: “Sólo con mirar ese hueso ya sabés de qué especie de animal se trata”. En el artículo lo ponen así: “Hasta ahora, Valgipes es el único género conocido de scelidoterino en el que estos dos huesos están completamente fusionados, tanto proximal como distalmente, en adultos”.

“Habiendo visto eso, nos concentramos en la extracción de ese fósil, porque, más allá de que se trataba de una especie nueva para el sito, era nueva también para Uruguay y para toda la zona del Río de la Plata”, dice Tambusso. Extraído, limpiado y catalogado con el número 1.573, al fósil ahora le restaba ser publicado en una revista científica para pasar a la fama. Lobato se puso esa tarea al hombro. Y en ese proceso, le hicieron más preguntas al fósil.

Un extraño en tierra extraña

El fósil fue sometido a rayos X para descartar que la fusión entre la tibia y la fíbula obedeciera a una lesión del animal. Si así fuera, no se trataría de un Valgipes bucklandi, la única especie de perezoso scelidoterino conocida hasta ahora cuyos adultos tienen esa fusión tanto distal como proximalmente. No era el caso, así que lo visto en el sitio se confirmaba en el laboratorio: el valgipes había pasado sus cientos de kilos por estas tierras hace unos 30.000 años.

Sobre el peso de estos animales, la literatura presenta una amplia variedad. “Hay estimaciones de masa para este animal que van desde los 200 a los 700 kilos. Un ejemplar de unos 700 estaría en el rango de un Glossotherium chicuelo”, dice Varela. Los perezosos gigantes eran, como dice su nombre, enormes. Pero no perdamos de vista que cualquier animal por encima de los 100 kilos es ya algo considerable. “De las cuatro especies de perezosos gigantes que hemos encontrado hasta ahora en el Vizcaíno, Valgipes sería el más chico”, afirma Tambusso. Pero, como veremos más adelante, eso podría cambiar. Sea el más chico o no, había algo que era claro: su presencia en nuestro país desafiaba lo que se conocía de esta especie.

Lecho de fósiles (bonebed) en el sitio Arroyo del Vizcaíno. Foto: Martín Batallés

Lecho de fósiles (bonebed) en el sitio Arroyo del Vizcaíno. Foto: Martín Batallés

“Este perezoso terrestre del Pleistoceno había sido registrado sólo en Brasil, dentro de la Región Intertropical Brasileña (RIB) en los estados de Bahía, Minas Gerais, Piauí, Rio Grande do Norte y, más recientemente, fuera del RIB, en Mato Grosso do Sul”, señalan en el artículo los autores. “Esta distribución estrecha podría indicar una afinidad por los climas tropicales y subtropicales o la falta de evidencia paleontológica en un perezoso con un registro relativamente pobre”, agregan. Por eso, al reportar su presencia en el país, el trabajo publicado tiene una consecuencia de gran implicancia: se amplía enormemente el rango de distribución conocido de la especie. Por otro lado, también mostraría que los perezosos valgipes podían adaptarse a climas más fríos que el de la región comprendida entre los trópicos.

En el trabajo, mediante modelos que toman en cuenta múltiples variables, los investigadores trazan un mapa de distribución potencial de la especie. “Ese mapa de distribución potencial puede tener áreas muy buenas para que el animal esté, pero eso no quiere decir que el bicho necesariamente haya estado ahí”, explica Varela.

Lo que dice es lógico: dos áreas de buen potencial para que el animal viva pueden estar divididas por una barrera geográfica infranqueable, como por ejemplo los Andes. Pero en ese mapa de distribución potencial Lobato, Varela, Tambusso y sus colegas añaden ahora un punto fijo de certeza: en las proximidades de lo que hoy es Sauce el perezoso gigante Valgipes bucklandi anduvo haciendo de las suyas unos 30.000 años antes de que José Artigas anduviera haciendo de las propias por la zona. Y ese animal no llegó solo hasta allí. Al menos debe haber existido un corredor en el que especímenes de esta especie se conectaban o conectaron con las poblaciones que vivían en la zona tropical de Brasil.

Punto de encuentro de perezosos

La gran cantidad de fósiles del sitio Arroyo del Vizcaíno permite tener una idea de un ensamble de animales que compartieron no sólo un lugar, sino también un tiempo. Muchos sitios fosilíferos se forman por procesos sedimentarios que abarcan miles o cientos de miles de años, por lo que el hecho de que un fósil se encuentre a escasos centímetros de otro no es garantía de que los dos animales hayan coexistido. Pero en Vizcaíno todo apunta a que se trata más de una instantánea –al menos con una obturación prolongada–, ya que todas las dataciones de los fósiles dan una edad cercana a los 30.000 años de antigüedad.

“Aún estamos trabajando en la tafonomía del sitio del Vizcaíno. Lo más probable es que no se trate de un depósito primario, sino que los huesos se hayan acumulado en otro lado y que, por consecuencia de algún flujo de barro, una inundación o algo así, todos esos huesos se acumularon en ese depósito en un momento dado”, dice Tambusso. “Todo nos hace pensar que si bien no podemos decir que la muerte de los animales se haya dado al mismo tiempo, sí podemos decir que la deposición de los fósiles se habría dado en un evento único, puntual en términos geológicos”, secunda Varela.

Diente de lestodonte. Foto: Martín Batallés

Diente de lestodonte. Foto: Martín Batallés

Y en lo que a perezosos refiere, el Vizcaíno parece ser un lugar atractivo: hasta ahora se han encontrado cuatro especies de perezosos (y el trabajo de este grupo de investigación avanza, en breve tendremos que informar de una quinta especie de perezoso para el lugar). Dado que el Vizcaíno permitiría ver “un evento de tiempo muy acotado”, no es que cada una de estas especies dominó la zona en algún período, que se fueron relevando y tomando la posta. Por el contrario, los perezosos terrestres lestodonte, milodonte, glosoterio y valgipes compartieron las proximidades de Sauce al mismo tiempo. “Al menos a nivel de comunidad podemos decir que había cuatro perezosos en el mismo momento y en el mismo lugar”, aprueba Varela.

Los cuatro perezosos gigantes –y el que viene en camino– compartieron la zona. Lestodon armatus, con sus entre tres y cuatro toneladas, habría sido el gigante entre los gigantes. Tenía una dieta más de pastador, al igual que Glossotherium robustum, que pesaba cerca de una tonelada y media. Mylodon darwini, que rondaba entre una y dos toneladas, habría compartido con Valgipes bucklandi la predilección por hojas de árboles y arbustos y por una dieta selectiva, más que al bulto. En el trabajo conjeturan que “la presencia de cuatro perezosos extintos en el sitio de Arroyo del Vizcaíno puede indicar una ausencia de competencia y, por lo tanto, una partición de nicho”.

Con todos estos gigantes herbívoros en la zona, es de suponer que los carnívoros estarían de fiesta. Si así fue, el sitio no da cuenta de ello. “En Vizcaíno no estamos viendo la población de carnívoros, sólo hemos encontrado un diente y un fragmento de maxilar de tigre dientes de sable de Smilodon”, comenta Tambusso. “Tampoco tenemos evidencia de otros animales que no sean estos grandes animales”, amplía Varela. “90% de los fósiles que encontramos en Vizcaíno son de Lestodon”.

Lo supieran o no los depredadores, se hayan dado o no una panzada con ellos, en Sauce y su zona aledaña hace 30.000 años coexistían cuatro perezosos terrestres gigantescos –cinco en breve–, algunos pastando y otros ramoneando hojas, algunos perfectamente adaptados a los climas de estas zonas y otros, como el valgipes, cual brasileños en una noche fría de Rocha, felices de estar aquí pero conscientes de que venían de una zona más calurosa.

El misterio de los dientes enormes y chanfleados de algunos perezosos

Los perezosos gigantes Lestodon armatus tienen varias cosas que los hacen extraordinarios. Sus más de tres toneladas y su enorme tamaño se roban sin dudas todas las miradas, ya que apenas son superados por el titánico megaterio. Sin embargo, había un detalle llamativo: estos animales, que comen hierba, presentan unos dientes, llamados caniniformes, porque se asemejan a los de los caninos, que salen de una forma torcida del maxilar inferior. Si bien esa característica ya es un poco rara, había algo en el registro fósil más raro aún: mientras unos lestodontes tenían ese caniniforme grande y prominente, otros lo presentaban de menor tamaño. ¿Qué pasaba allí? Ese es el misterio que responde otro artículo de este grupo de paleontólogos que trabaja en el sitio del Vizcaíno.

Una vez más, la cantidad de fósiles en el sitio del Vizcaíno, la mayoría de ellos de Lestodon, que coexistieron en el tiempo y el espacio, les permitió estar seguros de que aquí no incidían factores como la variabilidad geográfica o adaptaciones registradas en épocas distintas. Si los animales habían coexistido y presentaban diferencias, la explicación pasaría por otro lado. “Lo que nos permitió el Vizcaíno fue tener ejemplares de un mismo sitio, probablemente de una misma población, y tener las dos formas, la del diente gigante y la del dientecito pequeño en mandíbulas de tamaño muy similar”, apuntala Tambusso.

El artículo, que se desprende de la tesis de maestría de Varela sobre el dimorfismo sexual de los lestodontes, no analiza únicamente el tamaño y las proporciones de los caniniformes de estos perezosos del Vizcaíno, sino que también toma en cuenta mediciones de ejemplares depositados en otros museos de Uruguay y otros países, así como medidas reportadas en trabajos científicos.

Lestodon Colonia. Foto: Gabriela Costoya

Lestodon Colonia. Foto: Gabriela Costoya

El artículo parte de una hipótesis que pone a prueba: “los caniniformes inferiores agrandados de L. armatus como posibles estructuras exageradas sexualmente dimórficas”. ¿Qué es eso de estructuras exageradas y de dimorfismo por selección sexual? Veamos rápidamente.

“La selección sexual, a través de la elección de pareja (selección intersexual) o la competencia entre el mismo sexo (selección intrasexual), es una de las principales fuerzas en la evolución, funcionando como el mecanismo principal detrás de algunas de las características más notables observadas en los animales”, dicen Varela, Fariña y McDonald en el trabajo. “La selección sexual está íntimamente relacionada con la evolución de estructuras exageradas, casi siempre asociadas a su uso como armas en luchas intraespecíficas o como adorno en exhibición sexual”, prosiguen, y para hacerse una idea de a qué se refieren con “exagerado” es bueno pensar en la enorme y vistosa cola del pavo real. “Estas estructuras a menudo no parecen proporcionar un beneficio adaptativo directo, o incluso podrían considerarse perjudiciales para la adaptación de los individuos”, prosiguen. Ahora sí, cual dentista que cobra destajo, vayamos por ese diente.

Diente raro

Lo primero que llama la atención del caniniforme de la mandíbula de los lestodontes es su extraña orientación: en lugar de salir verticalmente al encuentro de los dientes del cráneo, estos dientes salen hacia el costado. “Hasta donde pude revisar en la bibliografía, no hay nada claro sobre esa forma y los posibles usos de este caniniforme. Hay trabajos sobre el hocico ancho, que indicaría que probablemente sería un animal que comía al bulto y que sería pastador, pero no hay nada específico sobre el caniniforme”, dice Tambusso.

Varela redobla la apuesta. “A mí me cuesta encontrarles un uso a estos dientes. ¿Cómo mordés con un diente que te sale de la mandíbula para el costado? Es algo muy raro”, dice. “Uno podría pensar que este diente que sale hacia el costado podría usarse para remover tierra o escarbar, ya que se propone que algunos perezosos comían raíces”, conjetura Tambusso, pero inmediatamente lo baja de un hondazo: “Si eso fuera así, este diente grande y hacia el costado tendrían que tenerlos todos los lestodontes”. Tiene sentido: si sirve para alimentarse, tanto hembras como machos se beneficiarían de él. La explicación estaría en otra parte.

“Uno lo que ve en la bibliografía es que generalmente las estructuras exageradas, en la mayor parte de los animales, están relacionadas al dimorfismo sexual y a la selección sexual”, dice Varela. Y ese justamente fue el abordaje de la investigación que realizó para su maestría.

Para ello tomó medidas de los dientes y las mandíbulas de lestodontes de Uruguay, Argentina y Bolivia y realizó una serie de análisis con distintas técnicas empleadas para establecer si una estructura anatómica dimórfica está relacionada con el dimorfismo sexual. Lo que vio no le dejó dudas: “Aplicando las técnicas más usadas, todas dan los resultados que se esperarían para una estructura que obedece a un dimorfismo sexual. ¿Puede que ese diente tuviera algún uso? Puede que sí. Pero todo coincide con lo que se conoce de estructuras exageradas debido a dimorfismo sexual en la mayor parte de las especies”, resume.

Mandíbulas de lestodonte. Obsérvese cómo el caniniforme sale hacia el costado. Foto: Gentileza Luciano Varela

Mandíbulas de lestodonte. Obsérvese cómo el caniniforme sale hacia el costado. Foto: Gentileza Luciano Varela

En el artículo sostienen que “dada la amplia presencia de dimorfismo sexual en los mamíferos y la clara tendencia de los machos a tener un tamaño mayor o morfologías más complejas vinculadas a exhibiciones o luchas, parecería razonable considerar tentativamente a los L. armatus de caniniformes grandes como machos”. De esta manera, con caniniforme grande, macho, con caniniforme pequeño, hembra.

¿Luchador o pavoneador?

“Una estructura exagerada y sin un uso claro generalmente indica que se usaba o para la exhibición o para la lucha”, adelanta Varela. “Por el lado de la lucha, podría permitir que el animal se impusiera por encima de otros machos mediante un combate en que estos dientes similares a colmillos tuvieran un rol. No necesariamente sería un arma letal. En el caso de los hipopótamos, si bien se muerden y en ocasiones se lastiman, forma parte de un enfrentamiento ritual”, agrega.

Dado que se trata de animales inmensos y que este diente no serviría para morder, la idea de la exhibición se hace fuerte. “Una vez que hacés la reconstrucción de los labios de los lestodontes, es muy difícil pensar que no se le verían estos caniniformes”, dice Varela. Al igual que sucede con el sueldo de casi todos nosotros, los recursos de un animal son limitados. Disponer energía para construir tejidos que no tienen un uso no es algo que premie la naturaleza (ni un ministro de Economía). “La idea de la selección sexual y de la exhibición en estas estructuras exageradas, incluso de la lucha, es que el animal puede dejar recursos de lado para dejar crecer esa estructura”, comenta Varela. Si el animal invierte en una especie de colmillo largo y vistoso, que sale chanfleado de forma conspicua, entonces por algo es.

“Pensamos entonces en la exhibición. En primer lugar, marcaría que se trata de un macho, y en segundo lugar, entraría a jugar el tamaño de su caniniforme en comparación con el de otros machos”, dice Varela. Es que aquel macho que tenga el diente más grande mostrará a las potenciales hembras que busquen aparearse que su genética y manejo de recursos es tan bueno como para permitirse algo así.

En el trabajo además especulan, comparando con otros mamíferos actuales, sobre cómo podría haber sido el comportamiento sexual dado este diente exagerado motivado por la selección sexual. “Podría estar hablando de un sistema poligínico, muchas hembras y un único macho, que es algo que decimos al observar a otros animales actuales que presentan características de dimorfismo sexual y selección sexual similares”, apunta Varela.

“Lo que me hubiera gustado abordar, pero no fue posible con base en los datos que tenemos, es el tema de la formación de grupos. Porque un sistema poligínico puede darse con o sin formación de grupos. Es muy interesante pensar en manadas de Lestodon, o en grupos de hembras con un macho o en grupos que se dividen”, conjetura.

Mandíbula de lestodonte en el Arroyo del Vizcaíno. Foto: Martín Batallés

Mandíbula de lestodonte en el Arroyo del Vizcaíno. Foto: Martín Batallés

“En el Vizcaíno tenemos más de 20 Lestodon en 30 metros cuadrados, pero con los datos que tenemos hoy no podemos asegurar que representan un grupo o que hay comportamiento gregario”. El investigador prefiere ser cauto. “En Vizcaíno hoy podemos decir que todos esos animales son parte de una misma población de Lestodon, son animales que murieron con pocos años de diferencia. Pero para proponer que forman parte de un mismo grupo de individuos necesitamos más evidencias que las que tenemos”, dice con honestidad.

“Ese diente vistoso está ubicado de una forma en la que no ofrecería ventajas al morder, lo que confirma que parece ser algo más para mostrar que para usar. Es muy difícil que hubiera participado en la masticación”, redondea Tambusso.

Podríamos decir entonces que los lestodontes machos son perezosos vanidosos. Pero en la carrera por dejar descendencia quedó demostrado, y estos caniniformes son una muestra más de ello, que la exhibición es una función más que valiosa a la que dedicarle recursos. Lejos de ser castigados por su pavoneo, los perezosos con estos dientes más vistosos y prominentes habrían convencido de mejor manera a las perezosas de que con ellos tenían más chances de que sus genes pasaran a la próxima generación. Según el trabajo de Varela y sus colegas, así debe haber sido hasta hace unos 10.000 años, momento en que todos los perezosos gigantes, con dimorfismo sexual o no, se extinguieron en el continente. ¿Fue el cambio climático? ¿Fue la llegada del ser humano? Lo único cierto es que el diente enorme parece haber funcionado para seducirse y reproducirse hasta entonces.

Artículo: “Presence of the ground sloth Valgipes bucklandi (Xenarthra, Folivora, Scelidotheriinae) in southern Uruguay during the Late Pleistocene: Ecological and biogeographical implications”
Publicación: Quaternary International (junio de 2021)
Autores: Carolina Lobato, Luciano Varela, Sebastián Tambusso, Ángel Miño-Boilini, Lucía Clavijo, Richard Fariña

Artículo: “Sexual dimorphism in the fossil ground sloth Lestodon armatus (Xenarthra, Folivora)”
Publicación: Historical Biology (junio de 2021)
Autores: Luciano Varela, Gregory McDonald, Richard Fariña.