“Soy un socialista de cabo a rabo”, proclamaba hace 100 años un joven en su cumpleaños 90 ante un periodista del Daily News and Leader que lo venera como el “gran anciano de la ciencia”. Entre los antecedentes del entrevistado, el periodista menciona en primer lugar su papel como codescubridor de la teoría de la selección natural junto con Charles Darwin, mérito poco conocido hoy en día entre el gran público. Este joven nació hace justo 200 años y murió hace justo 110. Sin embargo, poco se lo recuerda por estas tierras con relación a sus contribuciones a la ciencia y menos por otros aspectos de su vida.

Alfred Russel Wallace, nacido en 1823 en Gales, tuvo la idea de la selección natural en 1858 en Indonesia, dicen que afiebrado por la malaria. Apenas recuperadas sus fuerzas, escribió un ensayo y se lo envió a Darwin, con quien ya mantenía correspondencia. Darwin venía trabajando más o menos calladamente en un libro cuyo “resumen” sería el luego apurado El origen de las especies (1859), pero su obrar dista bastante de haber sido todo lo ético o inocente que él y sus amigos Charles Lyell y Joseph Hooker pretendieron en su momento y para la historia. En breve, Darwin entró en pánico al leer la nota de Wallace y maniobró para no perder la prioridad de la hipótesis. Así, el 1° de julio de 1858 el ensayo de Wallace y dos de Darwin de fecha anterior (una carta y un borrador) fueron leídos en la Linnean Society bajo el auspicio de los mencionados amigos y publicados en los Proceedings de agosto (en primer lugar lo de Darwin, lo que le da prioridad histórica), y todo esto sin el conocimiento de Wallace.

El talante generoso de Wallace hizo que no hubiera complicaciones posteriores, y que incluso más adelante publicara un libro sobre evolución llamado Darwinismo. Durante toda su vida le profesó el mayor de los respetos a Darwin, afirmando que él sólo había tenido una idea y que aquel era quien había presentado algo elaborado.

Pero ¿qué hacía Wallace en Indonesia cuando tuvo su inspiración? Hombre sin fortuna personal, prácticamente autodidacta, realizó diversos trabajos hasta que en 1848 logró ir junto con HW Bates a la región amazónica con el objetivo de colectar ejemplares para vender en Inglaterra (algo no mal visto en la época). Más tarde se sumaría su hermano menor, quien moriría allí de fiebre amarilla. Para su mala fortuna, y luego de cuatro años en la zona, el incendio del barco que llevaba a Inglaterra el fruto de sus trabajos hizo que se perdieran sus ejemplares. No por ello desmayó Wallace, y al poco tiempo embarcaba con similar objetivo rumbo al archipiélago malayo.

Allí fue donde no solamente se le ocurrió la idea de la selección natural, sino otras altamente originales y pioneras sobre evolución (plasmadas, por ejemplo, en el paper de Sarawak”), biogeografía (un interesantísimo límite lleva su nombre), etc. Respecto a esta última disciplina, Wallace es considerado justicieramente uno de sus fundadores. Sin ir más lejos, las regiones biogeográficas terrestres que aún usamos son de su creación.

Más que ciencia

Pero los intereses de Wallace iban más lejos. Realizó importantes contribuciones en varias disciplinas, entre ellas la epidemiología, al introducir la estadística en esos estudios. Y como lo indica el principio de esta nota, fueron muy fuertes sus intereses sociales. Wallace fue un sincero y activo socialista hasta el fin de su vida, trabajando en muchos casos junto a su hermana. Su concepción lo acerca a los utópicos (principalmente Owen y Mills), y de hecho en sus escritos aparece la palabra Marx sólo una o dos veces. Su principal idea fuerza era la nacionalización de la tierra y su reparto para ser explotada en forma cooperativa, y abogó fuertemente por ello, llegando a ser presidente de la Land National Society. También tuvo activa participación a favor de la ley de ocho horas y muchos otros temas sociales. Quedan en el debe, entre otras cosas, su desconfianza hacia las vacunas, su adhesión al espiritualismo a ultranza (llegando al espiritismo stricto sensu) y su negativa a aceptar la selección natural como explicación del “espíritu humano”, creo que llevando a un extremo extraño su fuerte y generoso humanismo.

Con todas sus complejidades, Alfred Russell Wallace fue uno de los más importantes intelectuales de su época, y su legado es extraordinario. Entonces, ¿por qué su nombre es hoy en día tan poco conocido entre el público? ¿Por qué en este país apenas esta nota lo recuerda en su 200 aniversario?

Si bien, como para todo, han existido varias teorías de la conspiración para explicar el olvido en que cayó su figura, hay una explicación lógica y también humana. La idea de la selección natural no tuvo una carrera ascendente desde 1858-1859 hasta el día de hoy, sino que a fines del siglo XIX y principios del XX fue muy relativizada, fundamentalmente debido al descubrimiento de las mutaciones cromosómicas, lo que llevó a considerar este último fenómeno como el determinante de la evolución. Aclaremos que el debate no era evolución sí o evolución no, sino cuál era su motor, las mutaciones o la selección natural.

Cuando a fines de la década de 1930 y principios de la de 1940 surge la teoría sintética de la evolución, conjugando varias vertientes evolucionistas, vuelve a tomar fuerza la selección natural y se revive el nombre neodarwinismo. La figura de Darwin se eleva notoriamente y pasa a ser considerado casi como un inmaculado héroe científico, muchas veces con motivos interesados o marketineros. Esto llevó más o menos inevitablemente a eclipsar la figura de Wallace, a diferencia de lo que ocurrió en vida de ambos, cuando su reconocimiento era complementario. A los excesos de esta postura se los ha llegado a denominar “la industria Darwin”. De hecho, la teoría de la selección natural es habitualmente citada como naciendo con el libro de Darwin de 1859, cuando la fecha real es 1858, con las comunicaciones antes mencionadas, más allá de todo el impacto que produjo -con justicia- la publicación de El origen de las especies.

Unos meses después del reportaje que mencionamos al principio de esta nota, Alfred Russel Wallace moría en paz, y socialista.

Sergio Martínez es docente del Departamento de Paleontología de la Facultad de Ciencias de la Universidad de la República. Ciencia en primera persona es un espacio abierto para que científicos y científicas reflexionen sobre el mundo y sus particularidades. Los esperamos en [email protected]