A escasos 100 metros de la extensa avenida Daniel Armand Ugón, en Colonia Valdense, vive Deyssí Schaffner, una mujer de 60 años que se acaba de jubilar como cuidadora del Instituto del Niño y del Adolescente del Uruguay (INAU).
Deyssí fue la última persona del departamento de Colonia que recibía a niños en su hogar, en el marco de los antiguos programas de atención con cuidadoras domiciliarias, que se prolongaron desde el ex Consejo del Niño e Instituto Nacional del Menor hasta llegar al actual INAU, y que fueron sustituidos por el Programa de Acogimiento Familiar.
En esa localidad coloniense se encuentran ubicados varios edificios de instituciones que reflejan la preocupación que han desarrollado los valdenses por atender las demandas de ciudados de personas que se encuentran en situación de vulnerabilidad por diversas razones –hogar El Sarandí, que atiende a personas con discapacidades severas, el hogar de ancianos, entre otros–, además de las instituciones educativas, que fueron pioneras en la región.
Deyssí también desarrolló una vocación por los cuidados y logró canalizarla a través de la institucionalidad pública, algo que legó de su madre, quien también fue antigua cuidadora de niños en su hogar.
En efecto, Deyssí fue hija de una mujer que cuidó a muchos niños en su casa. Su madre trabajaba para lo que entonces era el Consejo del Niño. Traía niños a la casa y los criaba como propios. La infancia de Deysssí fue así, “compartiendo la mesa, la escuela y la plaza con esos hermanos de corazón”. “Para mí eran mis hermanos”, recuerda la mujer en entrevista con la diaria.
Hace casi 30 años, cuando murió su madre, Deyssí asumió el compromiso de cuidar a niños que no contaban con referencias familiares. Las primeras fueron dos hermanitas, una de nueve meses, otra de dos años. “Con muchas ansias y con tanto amor”, inició ese camino que se prolongaría a través de tres décadas y con la llegada de más niños. En total, calcula, pasaron cerca de diez que estuvieron en forma prolongada, sumados a otros que llegaron en forma transitoria mientras se resolvía cuáles serían sus destinos.
Deyssí dice que los niños llegaron con “mucho dolor” y “con muchas grietas” por situaciones de abandono o de enfermedad de sus madres. “Hubo situaciones de violencia, de abandono, de muertes”, detalla la mujer, y debieron ser tratadas “con mucho amor y con mucha paciencia, porque no hay otro remedio para eso”, explica.
En ese camino, Deyssí fue acompañada por sus dos hijos biológicos, por su expareja, por sus padres y hermanos, que permitieron formar una red que estuvo al servicio de los niños que fueron llegando a ese hogar.
El trabajo desarrollado incluía sentarse “a hacer los deberes con los niños, acompañarlos a la escuela, al liceo, al fútbol, jugar con ellos, salir a andar en bicicleta, ir a acampar en verano y llevarlos hasta la piscina del Club Esparta, que siempre nos permitió que concurrieran en forma gratuita”, detalla Deyssí, mientras recrea un listado de acciones que sería del agrado de cualquier niño. Y añade que “es darle mucho amor y decirles: 'Vos podés hacerlo', cuando llegan con la autoestima baja”. Entonces empezaba esa tarea que debía reiniciar cada día y con cada niño que fue llegando a su casa. “Es impresionante cómo ellos te quieren y cómo responden”, cuenta, emocionada.
Los niños quedaban bajo el cuidado legal de Deissy hasta que cumplían la mayoría de edad, pero las puertas de su casa han permanecido abierta para que pudieran quedarse todo el tiempo que quisiera después de eso. “Mi casa no era un cárcel para ellos, que podían irse cuando quisieran cuando cumplían la mayoría de edad y tuvieran las alas prontas para volar. Pero ellos siguieron siendo mis hijos del corazón, y ahora sus hijos son mis nietos también”, destaca.
“A todos los tengo agendados en mi mi celular y nos escribimos, nos llamamos, nos vemos y nos juntamos en los cumpleaños”. ¿Cuál es la diferencia entre ese tipo de cuidados y la adpción”, pregunta la diaria, y Deyssí responde: “No podés adoptarlos, no pueden llevar el apellido de las cuidadoras, pero el amor es el mismo que el de una madre adoptiva”, contesta.
A pesar de que por razones de edad una de las niñas que creció junto a Deyssí egresó del amparo de INAU y ahora estudia Enfermería, ella sigue viviendo en su casa, porque “somos familia”, comenta.
“Nosotros criamos a los niños para que puedan irse cuando sean mayores de edad, para que sean independientes, para que logren desarrollarse, para que tengan alas para poder volar, pero la salida de nuestra casa no es obligatoria”, resume Deyssí, y recuerda que algunos de esos niños pudieron recomponer los vínculos con las familias biológicas y que finalmente regresaron con ellas.
Para Deyssí, la niñez “es la etapa más linda de la vida y es la base para que puedan salir buenas personas, porque ellos están absorbiendo todo”. “La niñez debe ser una etapa de alegría, de felicidad, donde existen responsabilidades y también se deben desarrollar buenos hábitos”, añade.
Daissy también mira alrededor y observa más violencia, más dificultades que hace algunos años, más niños con historias duras, y detecta algunas de las razones que explican ese fenómeno: “Cuando falla la familia, se rompen las bases”, asegura, convencida.
Por eso, la mujer insiste en algo que repite varias veces: “Hacen falta más personas dispuestas a cuidar, que se involucren, que consulten en los programas que tiene el INAU para cuidar a los niños que no tienen redes familiares, porque realmente se necesita para mejorar el mundo, para mejorar la sociedad en la que vivimos, porque se necesitan esos apoyos de familias con buenas bases para que los niños puedan salir adelante”, concluye.