Las primeras conversaciones (el espíritu de unión, como le llaman) fueron hace tres años y el proyecto avanzó, ya con el complejo Alfabeta cerrado, como tantas salas, durante la pandemia. “Fue una cosa medio loca pensarlo en ese momento”, señala Mariana Chango, gerenta de las salas Life Cinemas. “Pero teníamos súper claro lo que soñábamos para esta esquina, tomó forma y se buscó la manera de viabilizarlo”.

Al final de ese proceso, que colonizó los locales comerciales que inicialmente rodeaban al cine, sumando a las cinco salas una amplia librería y una cafetería con distintos espacios, y tras barajar una cantidad de nombres, acordaron llamarlo Cultural Alfabeta. Desde la semana pasada la esquina de Miguel Barreiro y Pedro Berro, con su estructura firme y vidriada, de pesadas puertas y circulación amable, con un patio que circunda el olivo de más de 25 años, es al mismo tiempo un clásico recuperado y la novelería del barrio. Abre de martes a domingo de 9.00 a 23.00; es decir que allí pasan cosas también fuera de la pantalla.

“Creo que todos habíamos disfrutado mucho de venir originariamente a estos cines; teníamos un recuerdo bueno, y nos copaba hacer algo diferente, algo nuevo, trabajar para Pocitos y tratar de aportarle un espacio donde la gente se pudiera encontrar. Y como nos gustan las mezclas, ya lo venimos aprendiendo, nos resultaba interesantísimo desarrollar un conjunto de propuestas. El control de la experiencia, generar políticas claras, permite avanzar en conjunto”, apunta el librero Alejandro Lagazeta, otro de los gestores involucrados. Más que hablar de números e inversión, prefieren manejarse como un colectivo y destacan la calidad y la pericia que pueden poner en juego entre todos. “Eso es una riqueza, también: no son empresas separadas. Hay un usuario, un cliente, que viene y recibe una unicidad. La librería tiene que saber del cine, el cine tiene que saber del café, el café, de la tienda, y todos tenemos que entender el barrio y para qué hicimos esto”.

Las salas ya tenían un perfil marcado, que privilegiaba cierto cine de autor, fuera europeo o latinoamericano, títulos premiados en festivales, y un público fiel a ese registro. “Apostamos a mantenerlo porque hace simbiosis con la oferta de la librería y creo que naturalmente se va a agregar un público distinto, que capaz que no consumía el cine que estábamos acostumbrados a ofrecer, y que nosotros también podremos hacer algunos ajustes de programación para ser un poquito más amplios”, indicó Chango, que confía en el “círculo virtuoso” que promueve la sinergia de propuestas.

Las terminales de entradas y los tickets electrónicos conviven con las boleterías atendidas por empleados. Sin embargo, Chango asegura que la venta previa online significa “un porcentaje enorme de la venta general” y que hasta el público más añoso “se reacostumbró. Igual alguno compra en mostrador porque le gusta conversar”.

“Estamos aprendiendo mucho de cómo se mezcla una librería con otras cosas”, agrega Lagazeta, que en ese sentido cuenta con el antecedente de Escaramuza. “Hubo muchos intentos en Uruguay, durante la década de 1990 y en 2010. Ahora se empezó a generar una cosa atractiva. Una vez escuché que a los libros hay que ponerlos donde viene la gente, y la gente viene adonde están los libros, también”. En el contexto del Alfabeta, admite que “no podés no tener una buena selección de libros de cine, es obligatorio, igual que de gastronomía. Eso se da por hecho, vengan a buscarlo, que está. Pero también, si el fin de semana viene un montón de gente, las ediciones nacionales, que de repente no tienen tanta circulación, van a estar. Elegimos equilibrios democráticos para la hora de exposición. No hay ningún arreglo con nadie específico, que tengas que mostrar su libro y no otro”, subraya. Por eso, cuenta que tratan de innovar para contemplar generaciones que consumen manga y cómic, no sólo teniendo ejemplares, sino libreros calificados para asesorar y desarrollar focos, además, para niños.

Cultural Alfabeta.

Cultural Alfabeta.

Foto: Ernesto Ryan

De aquí para allá

“Entendemos que muchos de los que vienen al cine y a la librería son potenciales clientes de la gastronomía, que traccionan gente, pero esto es un boliche de Pocitos, un poco más grande en metros cuadrados, donde curtir el barrio y compartir”, recalca el cocinero Alejandro Morales. La amplitud horaria viene con certezas y desafíos. Allí se puede comer desde temprano porque “por suerte cada vez la gente se junta más a desayunar, por trabajo o como programa, y después es algo que tenemos que descubrir: si este es un barrio donde se sale a almorzar o se viene de otros lugares. Está cantado que acá el almuerzo puede funcionar y lo más seguro es cuando arranca el cine: la merienda y algo para acompañar la tarde-noche”.

Morales dice que no quieren un menú impostado, sino con “el carácter montevideano de leer el mundo y ser local a la vez” y que esto se traduce en un sándwich caliente o medialunas de mañana, una tarta o una minuta al mediodía (que incluye pesca fresca de Punta Carretas). No lo considera un restaurante que ofrece cena, aunque desde las 19.00 tiene para servir, por ejemplo, hamburguesas y gramajo. “En esta época en que no sólo la información viaja mucho, los productores se meten a hacer cosas que antes no había. Ahora hay harina de centeno, entonces hacemos un pan enteramente de centeno; ahora hay zapallos de tres tipos, increíble, entonces hacemos una ensalada de zapallos de estación. Siempre pensamos nuestro menú en un vínculo estrecho con quienes producen y nuestra alacena está llena de eso”.

Ya que quien ingresa al Cultural puede tener más de un motivo, la comida aparece en dos formatos: la tienda y el servicio a la mesa: “Sabemos lo que podemos hacer bien y estamos viendo qué nos demandan. La velocidad en ese caso es importante porque también podés estar apurado dado que comienza la función, así que van pasando los días y empezamos a entender esa dinámica, a saber a qué hora empieza. Pero deliberadamente hicimos una tienda grande, con mucha capacidad de respuesta, con varias cajas, con mostrador amplio. Son los mismos alimentos: para llevar a tu casa, a la rambla o a la sala”.

Por decirlo en lenguaje de tráiler, “próximamente” incorporarán una línea de golosinas de chocolate, pensadas para acompañar con un café de especialidad viendo un estreno. “Va a haber chocolate en todas sus formas, tabletas, alguna trufa, más una cantidad de tortas y budines con chocolate que tenemos”, cuenta la pastelera Florencia Courrèges. La carta, pero sobre todo la vitrina, ostenta tortas (vasca, de naranja, de manzana), merengues, galletitas, incluso hay opciones para celíacos y pronto habrá para veganos. “Y vamos a estudiar otras para diabéticos, es una responsabilidad enorme”.

“Cuando nos juntamos, siempre estuvo presente la idea del café y la tostadora para que esto fuera una vuelta a los viejos almacenes donde se tostaba y se vendía el café”, dice a su turno el barista Álvaro Planzo, quien explica que, considerando el lugar, buscó acercar “cafés fáciles, de buena calidad, pero accesibles a todo paladar”. En estos días van a tener café de origen brasilero, “familiar en cuanto a notas de sabor y aroma”, otro de Etiopía, “como algo que viene del origen y que siempre funciona bien” más algún sudamericano, que están aún evaluando, que puede ser peruano o colombiano. “Queremos tener eficiencia y estabilidad en los cafés que salgan de acá, ya sean para tomar en tu casa como acá; tener esa dualidad”. La impronta se redondea, considera Planzo, ofreciendo una mezcla de la casa.

Si bien, por supuesto, hay una selección de vinos, cervezas y tragos, están cuidando especialmente, aparte del café, la gama de los jugos y opciones sin alcohol. Como remarca Morales, no quieren “grandes títulos que modifiquen el balance, pero hay oficio”. El menú, en consonancia con el resto, apuesta a la universalidad de edades y momentos.

Cómo es

La obra implicó la intervención arquitectónica de Alexis Anderson, que trabajó sobre la edificación preexistente, un conjunto de locales de diversas características, lo que generó complejidad y sorpresas en cuanto a la distribución final, palpable en vigas y diferencias de cielorrasos. Las columnas se unificaron con hierro oxidado y se plantearon escultóricamente, señalan los responsables. Los materiales elegidos recorren todo el espacio en distintas proporciones: calcáreos y cerámicas dibujadas y hechas para el lugar, hierro y maderas, en su mayoría macizas y estacionadas, trabajadas artesanalmente, igual que las lámparas en hierro. Dentro de la concepción integral, en la librería se detectan módulos pintados de verde, cajones insertos en una estructura negra, arcadas de álamo patinado en el mismo color.

El diseño de interiores estuvo a cargo de Inés San Martín, mientras que Dolores Capurro se ocupó del paisajismo. El verde aparece desde la fachada hasta los baños y el visitante se topa en distintos ambientes con una escultura mural, un homenaje a tres escritoras locales y fotografías antiguas de Pocitos. Ese mural, que representa al cosmos visto desde Uruguay, es un diseño de Inés San Martín realizado por Sebastián Barcelona con base en una idea de Alejandro Morales.

En otra pared, en la zona de cafetería, una galería que reúne cuadros, espejos y objetos rinde tributo a Armonía Somers, Marosa Di Giorgio y María Esther Gilio a través de mapas y extractos de sus obras (la investigación estuvo a cargo de Sol Kutner).

Entre interior y exterior de la cafetería hay sitio para unas 80 plazas. El personal extracinematográfico asciende a unos 40 trabajadores y saben que va a crecer.

En lo referido a las salas de cine, los ajustes son una constante: lo que es digital, como la cabina, se actualiza cada poco tiempo. Por otro lado, a las salas del piso de abajo se les hizo el entelado a nuevo, se cambiaron las pantallas por unas traídas desde Canadá y se renovó la iluminación de todas ellas.