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Cotidiana Vida Saludable
FUAH. · Foto: Juan Manuel Ramos, difusión

FUAH.

Foto: Juan Manuel Ramos, difusión

A la conquista del equilibrio: el Festival Uruguayo Arequita Highline celebrará su tercera edición

El encuentro autogestionado volverá a reunir en las sierras cintas en altura, talleres, campamento, juegos y una comunidad que continúa ampliándose.

Desde abajo, un highline puede parecer apenas una línea dibujada entre dos paredes de piedra. Para quien se sube, en cambio, esos metros de cinta, de apenas unos centímetros de ancho, se convierten en la única base de sustentación en el vacío. La cinta no ofrece la estabilidad del suelo: oscila y devuelve cada gesto como un espejo de los movimientos y las emociones de quien está sobre ella.

Del 31 de octubre al 2 de noviembre, el entorno del cerro Arequita volverá a llenarse de cintas, carpas, talleres, juegos, fogones y practicantes procedentes de distintas comunidades y países para la tercera edición del FUAH, el Festival Uruguayo Arequita Highline. A lo largo de las tres jornadas se instalarán líneas de diferentes longitudes, junto con espacios de iniciación, talleres y actividades recreativas y formativas. El encuentro es autogestionado por la comunidad local, a la que pertenezco, y, en esta edición, su organización está a cargo de integrantes de la Asociación de Slackline Uruguay (ASU), en proceso de formalización. Para algunas personas será la oportunidad de volver a caminar en altura; para otras, una primera experiencia de equilibrio sobre las líneas.

El nombre del festival reúne una sigla y una referencia reconocible dentro de la cultura popular latinoamericana. FUAH significa Festival Uruguayo Arequita Highline, pero remite también al grito del “¡fua!”, popularizado en 2011 a partir de un video protagonizado por Julio César Segura. En aquel video, que pronto se volvió viral, el mexicano describía el fua como la posibilidad de sacar el carácter, la fuerza y el poder del estómago cuando parece que ya no se puede más: dar el extra, “lo que se proyecta al universo”.

La elección contiene un gesto humorístico, pero no es completamente arbitraria; recurrir a una fuerza extra encuentra una resonancia evidente en el highline: decidirse a intentar otra parada, resistir de pie, avanzar sin caer, respirar con calma, atravesar el miedo, recuperar el equilibrio o insistir ante una línea con la que todavía no se consigue conectar.

Hacer equilibrio en una cinta alta y buscar que sea “como en el parque” implica imbuirse de la experiencia y transitar un camino propio para integrar miedos instintivos –algunos racionales y otros irracionales– y afrontar los desafíos que van surgiendo. Uno de los trabajos principales consiste en lograr que el miedo a la altura disminuya lo suficiente como para volver a aquello que nos convoca: jugar, equilibrarnos, desafiarnos, divertirnos y sentir la expansividad y la dicha de habilitar, mediante una estructura montable y desmontable, un espacio aéreo que, por unas horas, compartimos únicamente con las aves.

Una práctica que se mueve

El slackline es una práctica corporal de equilibrio realizada sobre una cinta plana y dinámica, tensada entre dos puntos. Su historia está emparentada con la escalada: surgió como actividad complementaria a comienzos de la década de 1980, entre escaladores del valle de Yosemite, en Estados Unidos, que durante sus jornadas de descanso se entretenían haciendo equilibrio sobre cadenas y luego comenzaron a utilizar cintas de escalada. Desde allí se extendió lentamente hacia otros países y, con el tiempo, dejó de ser una actividad auxiliar de la comunidad escaladora para convertirse en una práctica autónoma, con múltiples disciplinas, competencias, encuentros, usos recreativos y formas artísticas.

A diferencia del funambulismo, no se camina sobre un cable metálico ni suele utilizarse una barra de estabilización: la elasticidad y el movimiento de la cinta forman parte central de la experiencia. Esa característica abrió un repertorio muy amplio. Existen líneas bajas y cortas para iniciarse; longlines, que aumentan la distancia; tricklines, destinadas a saltos y trucos dinámicos, prácticas de yogaslack y contact, centradas en posturas, transiciones y equilibrios compartidos; waterlines, sobre el agua, y, en altura, midlines y highlines, además de combinaciones híbridas como el watermid. Sobre ellas pueden realizarse caminatas hacia adelante, hacia atrás o de manera lateral, giros, equilibrios estáticos, secuencias fluidas y movimientos acrobáticos. Entrar en un estado de flow o de concentración sostenida puede convertirse en una experiencia inmersiva y, para muchas personas, incluso adictiva: la práctica modifica la percepción del espacio, del tiempo y del propio cuerpo.

En las modalidades de altura, el montaje seguro requiere conocimientos específicos sobre nudos, anclajes, materiales, tensiones y maniobras de rescate. Quien ingresa a la línea permanece conectado mediante un arnés y una cuerda dinámica de seguridad –el leash–, vinculada al sistema mediante una o más anillas. El montaje incluye una línea principal y un sistema de respaldo o backup, y el equipo se revisa de manera colectiva.

El highline suele ser presentado como un deporte extremo, asociado a la adrenalina, el abismo y la expansión del paisaje. Y, aunque en cierta medida lo es, su práctica también exige calma, concentración, conocimiento técnico, regulación del miedo y confianza: en el equipo, en quienes instalaron la línea y en las propias capacidades. El equilibrio que allí se produce surge de una comunión entre el cuerpo, la cinta, la tensión, los anclajes, la roca y el aire. Un highline, además, no solo sostiene, también une. Tendido entre dos puntos, convierte una distancia en recorrido y el vacío en un lugar de paso. Traza en el aire una senda que antes no existía. Es una suerte de puente efímero: une sin rellenar el vacío ni construir un suelo fijo. No busca ocupar de forma permanente el paisaje, sino habilitar por un tiempo otra manera de habitarlo y recorrerlo.

El desarrollo reciente del slackline muestra hasta qué punto aquella práctica nacida cerca de la escalada se diversificó. Durante algunos años, sus expresiones más visibles fueron las cintas bajas en parques y las competencias de contact y trickline. Esas modalidades continúan existiendo, pero actualmente se observa un fuerte crecimiento del midline y del highline. Dentro de este último se consolidaron formatos competitivos como el freestyle, basado en secuencias y movimientos acrobáticos, y el speedline, en el que se busca recorrer la cinta en el menor tiempo posible.

Llevar estas modalidades a eventos competitivos también impulsó el crecimiento y dio visibilidad a la práctica. Sin embargo, no todo ese desarrollo está orientado estrictamente a la competencia. Dentro de las comunidades también se organizan grandes “misiones”: proyectos para abrir nuevos sectores o montar líneas largas de 500 u 800 metros y a veces de uno o dos kilómetros. Estas iniciativas requieren estudiar el terreno, reunir una gran cantidad de equipamiento, observar el clima, resolver accesos, transporte y permisos, distribuir responsabilidades y prever posibles rescates.

Al mismo tiempo, el midline comenzó a ganar lugar en espectáculos callejeros y circenses. También crecieron las experiencias de tándem, en las que dos personas caminan o realizan movimientos juntas sobre una misma cinta. Entre el parque, la roca, el agua, la competencia, las grandes travesías y la escena artística, el slackline continúa inventando formas diferentes de equilibrio, encuentro y desplazamiento.

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Foto: Juan Manuel Ramos, difusión

La cuna del highline en Uruguay

El recorrido que hizo posible organizar el FUAH empezó mucho antes de que el festival tuviera nombre, fechas y programación. Seguirlo exige volver a las cintas instaladas en parques y playas, a los equipos compartidos, los viajes, los aprendizajes y los primeros intentos de llevar el equilibrio a la altura. También permite comprender cómo el cerro Arequita llegó a convertirse en un lugar de encuentro.

Una investigación realizada en el Instituto Superior de Educación Física reconstruye algunos momentos de la historia del slackline en Uruguay. Según este trabajo y otros intercambios recogidos a lo largo de los años, pueden encontrarse experiencias de cintas de parque y longline al menos desde 2012. Hacia 2014, la llegada de practicantes provenientes de otros países permitió ampliar los conocimientos y los materiales disponibles. La playa La Balconada, en La Paloma, y posteriormente el parque Rodó de Montevideo funcionaron como lugares de encuentro donde un grupo todavía reducido compartía equipos, movimientos e información técnica.

Durante 2015 comenzó a crecer el interés. En ese proceso se destaca el recorrido de Vladimir Momberger, ingeniero ambiental brasileño y practicante de slackline y highline que durante varios años participó en encuentros y festivales de otros países. Esos viajes le permitieron conocer diferentes sistemas de montaje y conseguir equipamiento. Su llegada a Uruguay tuvo algo de contingente, pero no fue por puro azar que haya podido reconocer en Arequita un terreno fértil para el desarrollo de la práctica.

Pero no habría alcanzado con su mirada individual: esa posibilidad cobró materialidad gracias a la motivación y el trabajo compartido con amigos brasileños y uruguayos que rápidamente se involucraron en el proyecto. En marzo y abril de 2016, el grupo abrió en el sector Cañadón las tres primeras vías de highline del país: “Súper Tranqui”, “Permitido Soñar” y “Dulce de Leche”. De ese modo, el Arequita comenzó a adquirir una cartografía propia para quienes lo caminaban en altura: las vías pasaron a ser reconocidas no solo por su longitud o dificultad, sino también por sus nombres, sus historias y la memoria compartida.

El cerro Arequita se transformó así en un punto clave para la existencia y la evolución del highline en Uruguay. Sus paredes rocosas permitieron abrir diferentes vías y sostener encuentros y festivales en los que comenzaron a circular conocimientos sobre montaje, seguridad, acceso a las líneas y cuidado del entorno. Allí, además, las personas podían profundizar su práctica mediante un contacto más frecuente con las cintas en altura, una experiencia muy difícil de recrear en otros espacios. Los midlines, generalmente instalados entre árboles a una altura intermedia, permiten aproximarse a parte de esa experiencia, aunque no llegan a reproducir todas las condiciones de un highline.

En marzo de 2017 se organizó la primera edición del Stay High. Se abrieron cuatro vías más y los encuentros posteriores se convirtieron también en ocasiones para proyectar, instalar y recorrer nuevas líneas. Ese festival alcanzó seis ediciones.

Con esa historia como trasfondo, la primera edición del FUAH fue en 2024. Este año regresará al camping Arequita y al cerro para celebrar su tercera edición. Su organización, el montaje de las líneas, la preparación del predio y el desarrollo de las actividades dependen del trabajo voluntario de practicantes y personas cercanas a la comunidad de Slackline Uruguay. Ese carácter colectivo no se limita a la organización del evento, también forma parte de la práctica. Cada caminata depende de muchas otras personas.

En paralelo a la realización del festival, la comunidad trabaja actualmente en la conformación de la Asociación de Slackline Uruguay. Su horizonte también supone reconocer, producir, intercambiar, conectar y transmitir los saberes que se construyen en torno al slackline. Entre ellos se incluyen formas de enseñar el equilibrio y las posturas, de montar y revisar los sistemas, de transmitir criterios de seguridad y de comprender el cuerpo, el miedo y los procesos de introspección y regulación del sistema nervioso.

Esa construcción abre preguntas como qué entendemos por paisaje, cómo nos posicionamos ante eso que llamamos naturaleza y qué formas de presencia humana consideramos legítimas en ella. En esta dimensión pedagógica y político-educativa, el highline no es solamente un deporte; es también una forma de atención, presencia y pertenencia, una manera de situarnos y relacionarnos con el entorno. Para algunas personas, esa relación adquiere incluso una dimensión espiritual.

Esta discusión cobró especial relevancia desde la incorporación del cerro Arequita y su entorno al Sistema Nacional de Áreas Protegidas como Parque Nacional Arequita en 2024. El cuidado del entorno no está en discusión; lo que está en juego es que la conservación no reduzca toda presencia humana a una perturbación, sino que también reconozca formas corporales, educativas y recreativas de relacionarse con la naturaleza. Para la comunidad, las nuevas condiciones de acceso y autorización han puesto en tensión la continuidad de la práctica regular en el principal –y prácticamente único– sector natural de highline del país. La ASU busca participar en ese diálogo y defender la posibilidad de una práctica cuya infraestructura se monta y se desmonta, que posee saberes técnicos y protocolos de cuidado, y que puede desarrollarse de manera compatible con la protección del territorio.