Presidente del Centro Internacional para el Estudio de la Democracia y la Paz Social (Ciedepas), Alejandro Nató, abogado y profesor titular de la Universidad de Buenos Aires (UBA), llegó a Montevideo a pocos días de su participación en el Tercer Congreso Internacional de Mecanismos Alternativos de Solución de Controversias, que tuvo lugar en Guadalajara, y conversó con la diaria tanto sobre las actividades que motivaron su visita a Montevideo como sobre los desafíos a los que se enfrenta la mediación comunitaria en tiempos en que se está viendo “un incremento muy fuerte de las violencias” y “una tendencia a coexistir más que a convivir”.
¿Cómo surge esta visita a Montevideo?
Vine varias veces. La primera vez fue a capacitar y a tener un taller con Mundo Afro, hace como 20 años, y después empecé a venir con la Defensoría. Desde su creación hasta ahora hemos trabajado juntos, siempre con una óptica sobre el diálogo, la mediación, la construcción de consenso dentro del campo de lo social, lo urbano y lo territorial. Hemos hecho capacitaciones en la Intendencia de Montevideo, a inspectores, a la Policía, a actores sociales. Fuimos a todos los municipios, trabajé con el Ministerio de Desarrollo Social, escogimos conflictos emblemáticos en diferentes lugares de la ciudad y los abordamos. También trabajé en un diplomado en el Claeh para actores sociales, también con la Universidad Católica.
Estoy contento con esta visita en particular porque los concejales necesitaban este insumo de la gestión constructiva de conflictos, de la mediación comunitaria, para poder trabajar con mayores recursos una vez que asumieran.
Fue muy rico el encuentro entre un sector y otro, así como el intercambio, las vivencias, la experiencia de algunos y la poca experiencia de otros y la expectativa de qué insumos iban a conseguir dentro en este taller. Su cometido era dotarlos de recursos para intervenir de manera temprana en los conflictos, en la etapa de latencia, cuando dan la primera sintomatología, porque eso es muy importante para los actores que están en el territorio.
Luego tuvimos un encuentro, en la sede de la Junta Departamental, con diferentes miembros del Círculo de Mediación del Uruguay y algunos estudiantes del campo de la gestión de conflictos. Fue muy rico tanto para ver lo que sería una buena práctica como para abordar el rol de la Defensoría con los conflictos sociales, urbanos, sobre todo los conflictos públicos, los macroconflictos de la ciudad.
También estuviste en un intercambio con la Universidad de la República.
Estuvimos en Apex, un programa de extensión de la Universidad que funciona en el Cerro, en un frigorífico reciclado. Estuvimos pensando proyecciones y posibilidades de llevar adelante prácticas mediadoras en conjunto entre la Defensoría y la Universidad y, al mismo tiempo, buscar formas de intervención temprana en la relación intrauniversitaria y con la potencialidad del campo de la mediación para que también se trabaje con lo comunitario, en los barrios.
Estuvimos conversando sobre lo que conozco de otros lugares. En algunas universidades hay cátedras del conflicto, en las que hay doctorandos que hacen tesis que permiten conocer mucho más determinado tipo de análisis profundo desde lo cuantitativo y lo cualitativo de la situación conflictiva. Esto se hace en la Universidad Nacional del Centro de la Provincia de Buenos Aires en la carrera de Antropología.
En varias universidades tenemos centros de mediación comunitaria para el vínculo de la Universidad con el barrio; tenemos centros de mediación intrauniversitaria en los que se capacita al personal docente, al administrativo y también a los centros de estudiantes.
La mediación se está insertando como un instrumento de acción política, pero también como un instrumento de buena práctica dentro de la lógica de las relaciones de convivencia y los conflictos interpersonales. Eso hace que podamos permear todos estos campos.
Hoy visualizábamos dentro de la Universidad ese importante rol que tiene el vínculo interinstitucional, porque la Defensoría capacita a mucha gente y puede darle esos insumos y la Universidad también puede salir a capacitar a personas en el territorio.
Yo, por ejemplo, trabajé con el periodista ecuatoriano José López Vigil sobre cómo darles mediación a los radialistas comunitarios cuando ellos mismos se metían en los conflictos en la comunidad; esto tiene una potencialidad enorme. Se puede trabajar también para el tema de la discriminación dentro del medio.
Viví en Bolivia y trabajé con el tejido asociativo de periodistas: no te hacés una idea, si ponés a dialogar al dueño del medio con un trabajador, todas las cosas que salen para ir dirimiendo conflictos.
Venías de Guadalajara, México, donde diste una conferencia magistral en la que abordabas los desafíos de la mediación en el contexto actual. ¿Cómo ha cambiado el abordaje?
La mediación fue concebida para que el sistema judicial se descomprimiera, pero a medida que pasó el tiempo, concomitantemente, tomó otro espesor: se convirtió en un instrumento de acción política, de acción social, de acción comunitaria, que permite coser fragmentos, recuperar memoria, cambiar relaciones, historias, y que va mucho más allá de lograr un acuerdo. Si hay acuerdo, mejor, pero si no lo hay, todo lo cualitativo que acontece alrededor puede evitar que acontezca un mal mayor. Muchas veces, si abordás a tiempo un microconflicto evitás un macroconflicto.
Lo que estuvimos viendo en México ahora, sobre todo, fue la caracterización de algunas causas estructurales que dan vida a los conflictos, como la fragmentación social urbana, la polarización en la política que después se traslada a lo social, la cultura del maltrato en los vínculos interrelacionales o el individualismo de la etapa [actual], en la que hay una tendencia a coexistir más que a convivir.
Esa tendencia está cruzada también por lo que implican las autoexigencias de las personas, el listón alto que muchas veces te pone el sistema para poder consumir, para poder estar. Todo esto hace que se generen implosiones sociales, con angustia y depresión. En vez de echarle la culpa al sistema, se la echan a sí mismos.
Pero, por el otro lado, lo que está pasando es que hay mucha desconfianza y lo más importante para nuestro campo es trabajar construyendo confianza. Un puente es una obra de ingeniería. Nosotros hacemos puentes de diálogo, de relación, pero la gente tiene que querer cruzarlos y para eso tenemos que hacer muchos túneles de comprensión ¿Qué son esos túneles? Lugares donde la gente se considere, logre el respeto, el reconocer al otro, lo escuche. Y eso hay que predisponerlo.
Lo que estuvimos conversando son las causas estructurales que dan vida a los conflictos y que muchas veces, como son multicausales, no se tienen en cuenta. Se mira solo el conflicto, pero todo eso viene de otro lado: sobre todo de las violencias y las desigualdades.
En México, en particular, tenemos un incremento muy fuerte de las violencias, que en algunos casos se está naturalizando.
Es lo que estamos charlando también en estos cursos en los que venimos a intercambiar miradas. Fue muy rico lo que pasó con los actores sociales aquí en Montevideo, sobre todo porque fue posible integrar visiones interdisciplinarias: de la psicología, de la antropología, del derecho, del trabajo social.
También vinieron actores que tienen que ver con el trabajo con las personas en situación de calle, que dieron su mirada. Y conversamos sobre la salud mental y cómo puede impactar en lo social.
En esa conferencia decías, por ejemplo, que no se puede ver las violencias de otro modo que no sean encadenadas.
Sí, este término viene de alguien que estudia las violencias, Javier Auyero, pero creo que podemos decir que las violencias hoy afloran juntas y son visibles, y se naturalizan. Antes se veían como algo estructural, algo cultural que daba vida a la violencia. Hoy lo estructural y lo cultural están, pero afloran muchas violencias juntas, y si tapamos el sol con un dedo no las vemos.
Afloran entre líneas, son de proximidad, son densas, son solapadas y, al mismo tiempo, también son muy ostensibles. Tenés muchos tipos de violencia. A veces la violencia psicológica ni se nota, pero está en muchos lugares.
Lo más lindo que tenemos es que somos diversos y podemos convivir. Pero también hay un grado de violencia. Y lo que estamos notando mucho es que la violencia se manifiesta también de la mano de la desigualdad, en el sentido de que antes la macrodesigualdad estaba muy visible, pero hoy las microdesigualdades también son tangibles. La microdesigualdad es en función de cómo te sentís, de cómo te tratan, de qué lugar te dan, de si hay reconocimiento o no; yo me siento discriminado por algo y ese algo existe.
Aparece con la xenofobia, el racismo y, sobre todo, la aporofobia, es decir, la bronca a los pobres. La mayor cantidad de conflictos que tenemos en los barrios puede traducirse en “sacame al otro encima”, “no quiero convivir con el otro”. Entonces, esto de los unos y los otros es muy complejo, pero requiere un abordaje en el que todos comprendan que tenemos que seguir viviendo juntos. ¿Cómo generamos esos puentes de integración? Comprendiendo que la vida es también con el otro.
¿Cómo ves el tema de la violencia en el entorno digital?
Hay una polarización que es la del antagonista permanente: tener un otro al que despreciar. Las redes maximizan todo esto.
Hay una cultura del odio que se está fomentando en algunos lugares. El maltrato público se expresa también en las redes, porque es público lo que pasa. Las redes maximizan ese grado de posicionamiento y después solapan, porque dentro de las redes hay personas que no existen, hay bots, noticias falsas, construidas. El algoritmo te da lo que vos pedís, y ese vínculo entre lo que buscás y lo que pedís generalmente está cruzado por noticias falsas, por posicionamientos muy exacerbados, y eso no ayuda a la convivencia.
Cuando trabajamos los conflictos, los concebimos con cuatro patas; una es el tratamiento del conflicto, pero después están la educación para la paz, el fortalecimiento de actores y la prevención.
Cuando pensamos la mediación pensamos primero en las tres patas. En ellas está también contrarrestar de modo fáctico las formas de los mensajes de exclusión, de bronca, que se pasan por las redes, los insultos, los maltratos.
Por eso trabajamos con los actores comunitarios, para poder tener una incidencia y contrarrestar de algún modo mucha basura que está circulando hoy en las redes, que lo que hacen es generar más enfrentamientos. Nos tenemos que preguntar cómo hacemos para contrarrestar esto, porque es cada vez mayor la tendencia a la coexistencia.
Les pedís a quienes capacitás que sean polinizadores. ¿Cómo explicarías ese concepto?
Una cosa es lo que hacen los mediadores, que es tomar la raíz del conflicto, donde están la cultura, la identidad, y trabajar todo un árbol de punta a punta; otra cosa es una persona que estando allí tiene la posibilidad de hacer algo con el conflicto. Por ahí, tocando la hojita del árbol solo no hace toda la mediación, pero si llegó a tiempo hizo algo, intervino, es un tercero que hizo algo y evitó que el conflicto llegara a mayores.
Los conflictos hacen que se llegue a matar, y a veces cualquier tipo de ayuda llega tarde. Estamos tratando de buscar tocadores de hojita: esos que puedan llegar a hacer algo desde la integralidad, sabiendo que la mediación existe, que hay mediadores formados que tienen la capacidad de intervenir en todo el conflicto.
Por eso hablo de la polinización: tratemos de llevar esto a muchos campos, donde muchas personas puedan hacer cosas antes de que el conflicto escale a un momento en el que, más que a un mediador, hay que llamar a Bomberos, porque está todo quemado y llegaste tarde.
Estoy tratando de fomentar, por un lado, que esto pregne en las generaciones jóvenes, porque creo que trabajar con la cultura de la paz es algo que nos merecemos como sociedad, y, por otro lado, en que podamos incidir en la cultura, en lo político, en lo social, para que dejemos de lado las formas agresivas de ser y tengamos otro tipo de trato entre nosotros.
