La violinista toca parada en una silla. Alguien filma su sombra estilizada en la pared mientras a su alrededor el resto de los músicos guardan los instrumentos. Se terminó el ensayo en esa pensión amplia y artística de la Ciudad Vieja donde desde hace años trabaja Ernesto Tabárez y en las semanas de agosto alojó varias veces a una orquesta que pasa partituras de arreglos nuevos de las canciones de Eté y Los Problems bajo la dirección de Nacho Algorta. Alguien filma las sombras porque, además de la música, se está cocinando la producción de un espectáculo ambicioso: un show pensado y creado desde la niebla pandémica que se estrenará el 11 de setiembre en el auditorio del Sodre bajo un halo de cierto misterio. Pero más allá del concepto –incertidumbre afuera, incertidumbre adentro–, este concierto nació a partir de algo bien concreto: el cuerpo y su relación con el espacio.

En un año en que la música en vivo –cuando hubo– se escuchó desde asientos con distancia social y el pogo aguantado en las rodillas, Tábarez, que acababa de grabar Mudar, un concierto en la Sala del Museo en el que la banda presentó a sus nuevos integrantes, se dio cuenta de que el tema, además de musical, era físico. Quienes fueron al espectáculo estuvieron todo el tiempo a punto de levantarse de las sillas. Pero no se podía. Tampoco tenía sentido hacer muchas fechas tranquilas, desnaturalizando el espíritu de una banda que ya lleva 16 años y cuatro discos con shows de pura potencia y distorsión, multiplicando su público. ¿Cuál es el tamaño cuando todo se trata de aforos? Las opciones para Eté y Los Problems eran el Teatro de Verano o el Sodre. Pero la idea de hacer un primer Teatro de Verano con capacidad limitada era como amputar un sueño. Así que se descartó. Entonces el Sodre. Pero otra vez venía lo de la represión del movimiento. Ahí Tabárez se dio cuenta de que tenía que hacer otra cosa. “Música para escuchar sentados”, sintetiza. “Un show donde haya mucho para escuchar. Donde lo que suceda en el cuerpo sea diferente, que sea más sutil y haya que prestar atención”.

A partir de esta premisa y con la certeza de que quería algo más que sumar un par de violines, guitarras suaves y banquetas para una versión cool desenchufada a lo MTV, pensó en Algorta, joven compositor, arreglador y director de orquesta a quien había conocido brevemente por su participación en el disco Otras canciones en vivo en Latinoamérica, de No Te Va Gustar. “Lo llamé en febrero y hablamos sin parar una hora y media. A los diez minutos de terminar la reunión, nos seguíamos mandando mensajes. Fue como una gran primera cita”, dice Tabárez con su elocuencia habitual. Y, como suele ocurrir con los buenos flechazos, fue mutuo.

Algorta –que además de su trabajo en orquestas ha colaborado con músicos como Hugo Fattoruso y Julieta Rada– no viene del palo del rock y no había escuchado mucho a Eté y Los Problems, pero quedó prendado. “Primero me sorprendió la poesía. Eso me agarró desprevenido. No imaginé que dentro del formato rock iba a haber tanto contenido. Una letra compleja, que tenías que escucharla varias veces. Y después me impactó que ese proceso también estaba en lo musical. Eso fue muy interesante porque es tierra fértil para hacer arreglos orquestales. Todas las canciones sugieren muchos caminos. Y una orquesta hace eso, expande”, explica Algorta.

Cuando en esas primeras reuniones Tabárez le explicó lo que quería –y no quería– hacer, Algorta lo captó enseguida y se lo tradujo en una fórmula imposible y por eso irresistible: “Vamos a hacer rock del siglo XIX”.

La oscuridad, con los ojos abiertos

“Nadie nos dijo que iba a ser fácil”, aúlla Tabárez hacia el final de “Fundación'', el tema que abre Hambre, el último disco de la banda que hizo de la dificultad, justamente, su marca identitaria. Y como si fuera un leitmotiv inevitable, este espectáculo también se convirtió en una odisea. El impulso de las sesiones veraniegas con Algorta fue puesto a prueba cuando la pandemia se desmadró y el gobierno decidió suspender la cultura. No sólo quedaban en el aire el proyecto y la producción, sino que las muertes diarias y la parálisis del encierro empezaron a hacer mella: “Esa época fue mucho más opresiva que la del año pasado. Este marzo yo estaba muerto. Llegué a preocuparme. Porque no encontraba qué hacer, era como sentir que me estaba marchitando, me dedicaba a cuidar a mi hija y ya. No podíamos ensayar con Los Problems, que, además de mi trabajo, es mi contacto social de varios días a la semana. Eso me desconectaba de la música también. Sentía una letanía, un desasosiego. Lo único que mantuvo vivo este proyecto fue el entusiasmo que teníamos con Nacho”, cuenta Tabárez.

Cuando pensaba que todo se desvanecía, encontró otro cómplice: Danilo Astori se hizo cargo de la producción y con ese apoyo Tabárez contactó al argentino Patricio Tejedor, un diseñador escénico e iluminador que ha trabajado con Juana Molina y Nathy Peluso, entre otras, y con quien Tabárez hizo muy buenas migas en sus giras a Buenos Aires. Con la puesta de Tejedor se profundizó aún más lo conceptual, adquirió más capas esa idea de caminar entre las sombras de la caverna sin tener muy claro qué hay del otro lado. “Atravesar la oscuridad con los ojos abiertos”, sugiere Virginia Woolf a lo largo de su novela Al faro: entregarse a lo desconocido pero con conciencia. Tabárez dice que sí, que es eso mismo.

Andrés Coutinho, Martín Iglesias, Bárbara Jorcin, Ignacio Algorta, Ernesto Tabárez e Iván Krisman, de  ET y los problems.

Andrés Coutinho, Martín Iglesias, Bárbara Jorcin, Ignacio Algorta, Ernesto Tabárez e Iván Krisman, de ET y los problems.

Foto: Ernesto Ryan

“La puesta de Patricio es realmente una película. Es como una aventura onírico-orquestal. Van a ser 17 canciones. Están todos los discos. Es la primera vez que hago esto con otra persona”, cuenta Tabárez mientras muestra el render que le mandó Tejedor con la canción de apertura. Allí unas personitas simulan a Eté y Los Problems y otras personitas simulan a la orquesta sinfónica y se entiende perfectamente por qué decidieron llamar a este espectáculo Eté y Los Problems. Orquesta en las sombras, un concierto concebido en la nebulosa donde lo orquestal no es un aditivo sino el lugar mismo desde donde surge la propuesta. Pero así como no se trata de un show desenchufado con cuerdas, tampoco se trata de rock sinfónico. Es el resultado de una conversación musical entre dos compositores que vienen de distintos campos de exploración pero con muchas cosas en común. Algorta explica: “Hacer estos arreglos fue como seguir los juegos de ingenio que propuso la banda inicialmente, llevarlos un paso más allá. Si bien el rock siempre tiene crudeza y espontaneidad, hay algo muy intelectual en las composiciones de Eté y Los Problems; tienen una base de ingeniería muy sólida en lo arreglístico y además se nutren de todos los géneros y eso permite experimentar mucho más”.

Pasar la antorcha

Una de las primeras cosas que hizo Algorta fue reunir a los músicos que conforman la orquesta: “Enseguida pensé en ellos, porque son excelentes y porque muchos tienen experiencia en la música popular”. La orquesta en las sombras está conformada por Betina Chávez (violín), Leticia Gambaro (viola), Adrián Borgarelli (chelo), Andrés Pigatto (contrabajo), Alejandro Piccone (trompeta), Carlos Coli Quijano (saxo) y Maximiliano Nathan, invitado que acaba de ser galardonado como el mejor vibrafonista de jazz del mundo. Algorta, por su parte, tocará el piano en algunas canciones.

Para Los Problems este proyecto también fue una aventura. Los primeros ensayos fueron separados de la orquesta y se trató de revisitar las canciones de siempre pero con la resignificación orquestal: “Es importante hacer lugar. Nosotros estamos acostumbrados a laburar con distorsión, llenar todos los espacios. Y bajar la ansiedad es un desafío”, dice el baterista, Andrés Coutinho. “Una orquesta alarga, estira, y nosotros aceleramos. Entonces hubo que cambiar eso”, agrega el guitarrista, Martín Iglesias. “Las canciones que empezamos a tocar cambiaron casi todas. Hubo que aprender las melodías de nuevo, nota por nota. Todas las partes tienen un cierre diferente. Es más intelectual la ejecución”, dice el bajista, Iván Krisman. “Entre otras cosas, es un tema de tempo. Acá es todo muy preciso, no hay lugar para la improvisación que te da el rock, o incluso para cierto error. Hay que hacer que suene”, explica la tecladista, compositora y cantante Bárbara Jorcín, que se unió a la banda el año pasado y viene de la música contemporánea y el jazz.

A Algorta le entusiasma este proyecto híbrido porque, insiste, la separación entre la música “culta” y la música popular es un invento creado para excluir. Y además porque reconoce en los discos de Eté y Los Problems un trabajo conceptual muy fuerte, casi de música programática, en el que hay una narración. “Las orquestas en su origen estaban formadas por músicos que se reunían a tocar y ya. Venían de distintos pueblos y era una experiencia. Con el paso de los siglos, y las pretensiones burguesas, la cosa se privatizó cada vez más y generó esos protocolos ridículos como no poder aplaudir entre movimientos y muchas burocracias que poco tienen que ver con la música”.

A Tabárez, cuyas canciones ya cargan con un nivel de intensidad considerable, le preocupaba que el concierto terminara siendo demasiado solemne o incluso oscuro. Algorta le contestó: “Busquemos tres o cuatro momentos de alegría”. “Las canciones de Eté y Los Problems son muy profundas pero también tienen momentos más livianos. Entonces está bueno rescatar todo lo fácil de asimilar, porque la épica se absorbe mucho mejor cuando tenés momentos de alegría. Como en una conversación: no podés hablar siempre de temas serios. Tenés que trabajar el dinamismo de los sentimientos que se ponen en juego cuando estás haciendo música”, dice Algorta. Esta preocupación musical compartida los terminó de hermanar: ambos sienten lo musical como algo que los trasciende.

“Lo de la solemnidad creo que me viene porque siento algo sagrado con la música. No me pasa en otras áreas de mi vida. Cuando subo al escenario, para mí es como entrar a un templo: no vengo a divertir. Desde que tengo 20 años y toco con Los Problems me saco la plata del bolsillo porque no se sube con plata a un lugar sagrado. Así me ha ido con la plata en los camarinos… Ser músico es pertenecer a una estirpe que viene a alimentar un fuego desde el principio de los tiempos. Y mi trabajo, más allá de mí, consiste en mantener vivo ese fuego. Yo pongo mi palito y, cuando me vaya, le voy a dar la antorcha a quien la agarre”.