Un grupo de artistas, a la usanza de los cómicos de la legua medievales, viaja en su carromato por distintos pueblos contando historias, haciendo malabares y danzas. En cuanto la escena comienza, con las típicas rutinas de payasos, el clima en la sala cambia, algo del sentido del juego nos invade, nos sentimos conmovidos por estos entrañables personajes que representan lo más puro de la humanidad. Entonces comienza la historia. Un acontecimiento que quiebra el clima, un impacto que parece no tener mucho que ver con el perfil de clowns, pero que será el disparador para el trayecto de la obra. De pronto sucede un apocalipsis: el mundo tal y como los personajes lo conocían ha desaparecido, o al menos eso creen ellos. Cuatro payasos han quedado solos y su mayor tragedia no es el fin del mundo, sino la falta de un público para el cual existir como artistas.

El conflicto de la existencia en relación a un otro externo que les define la realidad los hace entrar en pánico. ¿Quiénes son sin un público? El caos externo se repite en ese cuestionamiento de existir según un único parámetro y habitar la realidad desde la comodidad de lo que se conoce. Es entonces que surge un nuevo personaje: alguien externo, con aire de poder, con estrategias mágicas. Un personaje que juega con la creencia y la ilusión de los payasos, inventándoles un mundo de certezas y seguridad para conquistar su confianza y, tal vez, su alma. Por momentos parece el personaje “desconocido” del cuento “Rodríguez”, de Francisco Espínola, ese ser que es capaz de todas las artimañas seductoras que le permite su poder para conquistar el alma del gaucho.

El personaje que surge en esta obra tiene esa línea. Seduce, se instala en un lugar de certeza, se muestra inteligente y capaz de proteger a los habitantes de ese mundo derrumbado. Les ofrece todo lo que necesitan para sentirse seguros, hasta que caen en sus redes. O al menos dos de ellos caen. La contrapartida a esas dádivas es otra realidad posible, pero que implica un riesgo; el miedo los atraviesa ante la posibilidad de emprender una travesía transformadora que les permitirá encontrar, por ellos mismos, un lugar verdadero.

La tensión entre la ilusión planteada por el personaje extraño, poderoso, de sonrisa generosa y pródigo en regalos –casi un político, se diría– y el simple payaso pequeñito que está convencido de que existe un camino y de que hay recursos disponibles define una gesta humana: la del valor de atravesar todos los miedos para llegar a nuestro lugar frente a las tentaciones que aparecen en el camino y nos ofrecen ilusiones sostenidas en engaños.

Navegar es preciso, dice la canción, así que el carromato debe convertirse en barco para dejar atrás los espejitos de colores y salir en busca de tierra firme, de un nuevo horizonte.

Los cuatro actores construyen sus personajes con un fino hilado, según su lugar en la historia. Todos armonizan perfectamente en escena. Entienden muy bien el ritmo del clown y saben cómo contar una historia que nos interpela como humanos, pero desde la dulzura y el humor. Claro, la dirección de Mario Aguerre es indispensable para que no haya fisuras en toda la estructura de la pieza.

Si quieren dejarse abrazar por una historia que no es ni lineal ni simple, pero que está contada desde la belleza del clown, no dejen de ir a ver Pan o circo.

Pan o circo. De Marcel Sawchik y Gerónimo Pizzanelli. Dirigida por Mario Aguerre. Con Rossana Tocoli, Verónica San Vicente, Martín Bonilla Balao y José Ferraro. Teatro Victoria. Viernes y sábados a las 21.00; domingos a las 19.00.