Se trata de entender el pasado no como algo cerrado y por lo tanto prescriptivo, sino como algo que ayuda a entender el presente y a proyectar posibles futuros.
“Sacudirse el pasado de encima y tomarlo en las manos”, de Victoria Pérez Royo

En 2005 apareció Youtube y de pronto pudimos acceder a muchas danzas, como nunca antes en la historia. La democratización de esos contenidos influyó directamente en la producción tanto de obra como de reflexión en torno a la danza. Ya desde finales del siglo XX se vislumbraba un creciente interés por la historia de la propia disciplina notablemente con la obra 20 minutos para el siglo XX (1999), en la que T Sehgal interpreta desnudo y en orden cronológico el nacimiento y la historia de la danza moderna a través de sus obras más icónicas. Según el curador J Hoffman, la obra representa algo así como un “museo de la danza” y plantea la pregunta, que ha sido uno de los problemas fundamentales de la historia de la disciplina: ¿dónde se guarda la danza? ¿Dónde resguardamos y cuidamos todo este conocimiento de siglos y culturas diversas?

Si bien la respuesta parece obvia para las artes objetuales, no lo es tanto para las llamadas artes vivas, es decir, las que dependen de una persona para ser ejecutadas.

El deseo de archivo

Con esa pregunta como motor, muchos artistas se han puesto a aventurar respuestas desde la práctica creativa misma, así como muchos teóricos han reflexionado, y siguen haciéndolo, sobre la materialidad de la danza, sobre sus efectos concretos en quienes la practican y quienes la ven, sobre el cuerpo como un archivo vivo, etcétera, en pos de hacer visible un conocimiento que sigue devaluado en nuestro sistema centrado en el logos y en los objetos.

Tras el famoso “mal de archivo” del que habló Jacques Derrida, el siglo XXI trae lo que Hal Foster ha denominado “impulso archivístico”, que surge de la necesidad de hacer “visible alguna información histórica perdida o desplazada”. En el caso de la danza, y según André Lepecki, lo que mueve a los artistas es un “deseo de archivo”. Se trata, por un lado, de una necesidad de dialogar con la historia como materia creativa, y por otro de una voluntad de rescatar y cuidar, pero también de reordenar estos materiales, de reconfigurar la Historia, con mayúscula, en el entendido de que fue escrita por los vencedores y de que, como todo discurso de poder, presenta una visión única y avasallante de los hechos.

Habría tres capas simultáneas en este deseo de archivo: la necesidad de hacer visible una información histórica perdida o desplazada, la voluntad de reordenar, de subvertir la historia como dispositivo de poder, y las posibilidades de hacer de un archivo una obra viva.

Por primera vez en la historia, entonces, toda la danza estaría al alcance de un solo clic. ¿Toda?

La danza nacional

Masa se define como “un proyecto de recuperación, digitalización, publicación y creación de (an)archivo de materiales de danza contemporánea uruguaya de los años 1980 a 2000 que hasta ahora no estaban disponibles online”. Así, desde el nombre “Masa”, se alude a algo material, a algo que tiene un peso y un volumen, algo que es maleable, que tiene la posibilidad de leudar, que de alguna manera está vivo. Allí, Carolina Guerra nos invita a pensar en la danza y en la historia de la danza como algo denso, con una materialidad amorfa pero consistente y viva. Advierte, citando a Daniel T Marquina: “Si un archivo se construye desde una esfera de poder, este anarchivo pretende articular nuevas narrativas desde la posibilidad de construir relatos horizontales y orgánicos”.

Tomando la historia con las manos –mejor dicho, poniendo las manos en la masa–, Guerra se adentra en el mundo de la archivista profesional, de la artista metahistoriadora, buscando rescatar imágenes que quedaron guardadas en carpetas, en VHS o cintas Betacam, para no sólo cuidarlas y protegerlas, sino, y sobre todo, para ponerlas a disposición de la comunidad y del público para que pueda reconocerlas, reconocerse y disfrutar de la obra de uno de los grupos de danza más importantes de nuestro país como lo es Contradanza.

Mientras escribía lo anterior, me vino la frase “una de las bandas más importantes”: ocurre que, de alguna manera, Contradanza fue una “banda de danza” en el sentido rockero de la década de 1980: irreverente, desafiante, con sentido del humor, además de rigurosa y arriesgada. Es danza posdictadura, una danza de mujeres que bailaban la libertad de verdad, la de poder danzar lo que quisieran después de años de censura y restricciones.

Contradanza es la conjunción de una serie de artistas que conformaron un grupo de investigación, creación y formación de danza contemporánea que estuvo activo entre 1986 y 2000 en Montevideo. El colectivo fue creado por Malena Brenes, Mariana Di Paula y Florencia Varela hacia fines de 1986. Entre 1987 y 1998 se fueron sumando Carolina Besuievsky, Verónica Steffen, Andrea Arobba y Florencia Martinelli, bajo la dirección artística de Flor Varela, que en épocas lejanas a Youtube dialogaba de igual a igual con las preocupaciones de la danza contemporánea mundial, expresando y construyendo estéticas muy propias y muy locales. Así incursionó tanto en el minimalismo y el formalismo coreográfico como en el expresionismo más vinculado a lo dramático teatral, como en la videodanza.

Contradanza ofrecía también una formación integral que además de la técnica se preocupaba por la expresión creativa, en un contexto en el que todavía no se entendía la coreografía como una especialidad en sí misma. Como bien dice Guerra, “e​stas danzas de los años 80 fueron inevitablemente permeadas por la realidad sociopolítica local, y por eso hablar de que en Uruguay la danza contemporánea es solamente una importación de la del norte global nos resulta, cuando menos, injusto”.

Ir con el tiempo

Esta búsqueda de las particularidades locales es la que lleva a Guerra a recorrer gran parte de su trayectoria en torno a la reflexión sobre el archivo y las historias de nuestra danza, en las que se destaca la publicación, junto a Lucía Naser y Vera Garat, de El libro de la danza uruguaya (Hum, 2015), que se presenta como una coreografía colectiva realizada a través de un llamado abierto. La obra se inspiró en un movimiento del underground de la danza, en el Libro de la historia de la danza sueca y las famosas biblias plateadas que el colectivo Inpex lanzó en 2009 como un acto “coreográficosubversivo” dentro del ImpulsTanz en Viena, donde Carolina Guerra estaba como becaria dance.

En ese contexto de pensamiento crítico, que incluye a artistas del Sur global como el colectivo La Liga Tensa, se avivó la pregunta por nuestra historia y por el poder que implica contarla, por la responsabilidad de visibilizar lo que quedó afuera y por la urgencia del rescate de materiales valiosos. Guerra supo escuchar e ir con su tiempo, y Masa responde a su época haciéndole justicia de manera amorosa a Contradanza, grupo pionero del que aprendimos que ser contemporáneo, más allá de modas o tendencias, es saber escuchar e ir con el tiempo, es saber ser sensible a las luchas y tareas que tocan en cada momento y en cada contexto histórico.

Masa se puede consultar en amasandoarchivos.com.uy.