Todo comenzó con un sueño.
“Apenas hubo apagado la luz en el dormitorio, empezó el alboroto en toda la granja. Durante el día se corrió la voz de que el Viejo Mayor, el cerdo premiado, había tenido un sueño extraño la noche anterior y deseaba comunicárselo a los demás animales. Habían acordado reunirse todos en el granero principal, para que el señor Jones no pudiera molestarlos”.
Así comienza el segundo párrafo de Animal Farm –título original–, de George Orwell, publicado el 17 de agosto de 1945 en Reino Unido y que se convirtió en una de las obras importantes del siglo XX.
Entre ladridos, mugidos y relinchos, tres perros, dos caballos, dos yeguas, cerdos, gallinas, palomas, ovejas, vacas, una cabra blanca, el burro, un grupo de patitos se acomodaron en el granero para escuchar a Willingdon Beauty –porque cada animal tenía su nombre–. Sólo faltaba uno: el cuervo amaestrado, el preferido del patrón.
Publicada por primera vez en castellano en 1948 por la editorial argentina Guillermo Kraft Ltda., con el título Rebelión en la granja, la fábula tiene vigencia y volver a sus páginas permite una vez más la reflexión. En el semanario Marcha del 4 de febrero de 1949, el crítico literario Emir Rodríguez Monegal escribió: “Los meses, los años, no han desvanecido el sabor de esta historieta. Su intención satírica parece cada día más actual, más ejemplar”.
El Viejo Mayor aclaró la voz y habló. Primero hizo referencia con comentarios y preguntas acerca de la vida pobre y cruel que llevaban todos los animales allí reunidos, y dijo cosas como “Todo está explicado en una sola palabra: el hombre. El hombre es el único enemigo real que tenemos. Hagamos desaparecer al hombre de la escena y la causa motivadora de nuestra hambre y exceso de trabajo será abolida para siempre”. Luego contó el sueño que había tenido, en el que recordaba una canción que su madre cantaba cuando él era lechoncito, que se llamaba “Bestias de Inglaterra” y luego se convertiría en el himno de los animales de la granja. Comenzó a cantarla con su voz ronca y, poco después, se le unieron con excitación todos los animales presentes. Tres noches después, el Viejo Mayor murió mientras dormía. Ya había sembrado la semilla que germinaría más adelante.
George Orwell, hijo de un funcionario colonial inglés, vivió entre 1903 y 1950. Nació en India y en su juventud trabajó en la Policía Imperial de Birmania. Padeció siempre los excesos del imperialismo británico. Luego vivió en Francia y en Inglaterra, dedicado al periodismo. Llegó a España en 1936 para cumplir funciones como corresponsal en la guerra civil, aunque enseguida se alistó en el ejército de la República para luchar contra el fascismo. Fue un hombre de ideas socialistas, aunque nunca se identificó con ningún grupo ni partido. En Rebelión en la granja, Orwell refleja su crítica y oposición al régimen estalinista, pero también a cualquier régimen totalitario, sea de izquierda o de derecha.
Tiempo después de aquella reunión, los animales lograron rebelarse y expulsar al señor Jones y a su esposa de la granja. Comenzaron a organizarse para llevar una vida mejor, de igualdad, de derechos y obligaciones, de prosperidad. Fijaron siete mandamientos que serían la guía a seguir, los que con el correr del tiempo se fueron modificando. Las cosas no salieron bien, y terminaron en un régimen en el que predominaba el terror.
En ese mismo número de Marcha, Rodríguez Monegal escribió: “A medida que la dictadura se fortalece, los mandamientos sufren modificaciones, y al final, todos los mandamientos pasan a reducirse a uno solo, genial en su simplicidad: todos los animales son iguales, pero algunos animales son más iguales que otros. Orwell no perdona ningún rasgo significativo, y sin perder de vista la ficción –su libro jamás condesciende con el panfleto– releva, implacable, todas las contradicciones, todas las mentiras, toda la científica esclavitud del régimen que condena”.
Novela, fábula, historieta; da igual. George Orwell eligió la forma de contar una historia y enviar el mensaje que deseaba. Todos los extremos son malos, parece decir, y nos advierte, y nos invita a estar atentos, también 80 años después. La avidez por el poder, la corrupción, la mentira pueden llegar por el lado que uno menos imagina. Atención.
El mundo cambió, pero no tanto.