Este 10 de enero se cumplieron 15 años de la muerte de María Elena Walsh, escritora y música argentina de huella indeleble, cuyo legado inmenso forma parte de la vida de varias generaciones que la han escuchado y sigue siendo influencia nutricia de quienes hacen música para niñas y niños. Aunque su obra excede ampliamente la categoría “infantil y juvenil”, que ahora nos resulta tan natural, la inmensidad de su aporte a este campo vuelve difícil mover el foco hacia otras facetas de su trabajo y tuvo como efecto indeseado que, no obstante la gran aceptación popular, demorara en ser valorada y tomada en cuenta por la academia como objeto de análisis. En María Elena Walsh o el desafío de la limitación, Ilse Luraschi y Kay Sibbald comentarían al respecto: “Esta posición de la crítica responde, sin duda, al concepto de que la literatura infantil tiene un status inferior o que constituye un paso hacia la literatura, lo que refuerza en el género la imagen que la sociedad tiene del mismo. […] María Elena Walsh nunca deja de ser poeta, como nunca deja de ser poeta y argentina, y mantendrá siempre una perspectiva humanista del mundo, sólo que más de una vez (¡tal como aconsejaba Ezra Pound!) ha sabido entrar a la poesía por la puerta de servicio”.

La apropiación amorosa que han hecho de su obra lectores y escuchas, por su parte, fue inmediata y consecuente. Ineludible, memoria entrañable para quienes fueron niñas y niños en el Río de la Plata en las décadas de 1960, 1970 e incluso de 1980, sobre todo en discos como Canciones para mirar, Canciones para mí, En el país de Nomeacuerdo, dejó canciones que son verdaderos clásicos y que siguen sonando en aquellas viejas grabaciones, pero también en versiones de diversos artistas. Su literatura, prohibida durante la dictadura y descatalogada por un buen tiempo, ha sido reeditada en los últimos años por la editorial Alfaguara, por lo que, afortunadamente, hay unos cuantos títulos en plaza de los que pueden disfrutar las nuevas generaciones y que siguen tan vigentes como el primer día.

¿Qué hizo singular la obra de María Elena Walsh? “Su innovación más profunda fue haber sacado de los textos para niños la impronta del didactismo, para instalarlos, rotundamente, en el territorio del juego y del lenguaje, o del juego del lenguaje”, sostiene Elena Stapich en “El idioma secreto de la infancia”. En un ambiente de la literatura infantil dominado por el didactismo y la moraleja, la literatura de María Elena Walsh fue un soplo de aire fresco y una revolución. En el prólogo de Versos para cebollitas –antología en la que recopila versos tradicionales, anónimos, a los que agrega otro tanto de autores reconocidos–, jugando con las palabras antología y antojo, hace toda una declaración de principios al respecto: “Muchos antojólogos eligieron versos aburridos y feos con el pretexto de que eran instructivos. Versos pavotes con el pretexto de que enseñaban a portarse bien. Versos tristes, porque a algunos grandes no les gusta que los niños se rían. […] Esta antojolía no es así. Está hecha para que ustedes se diviertan, la canten y la garabateen. […] No tiene versos escolares porque este libro es recreo”.

De padre irlandés y madre de ascendencia andaluza, criada en un hogar en el que la música y la literatura formaban parte del cotidiano, conjugó el legado paterno que le había llegado a través de las nursery rhymes, el nonsense de Lewis Carroll y los limericks de Edward Lear con la tradición hispana y el folclore latinoamericano. En Textura del disparate, Alicia Origgi, una de las principales estudiosas de su obra, resume de esta manera sus características: “El juego poético de Walsh sorprende por su mezcla de registros lingüísticos, hay una polifonía en toda su obra que abarca los más diversos campos de la cultura. Utiliza el juego, el humor y la sátira con ternura como medios de cuestionamiento liberador; es inconformista en su temática, en los géneros que cultiva y en su forma de expresarse”. La escritura de María Elena instaura una categoría que se volverá definitoria en su poética: el disparate, y juega con los recursos de la poesía para poner el lenguaje al servicio del juego, de la apertura semántica infinita, del humor, de ejercer una mirada asombrada y activa del mundo para transformarlo a su antojo.

María Elena Walsh y Leda Valladares, en Tucumán, 1956.

María Elena Walsh y Leda Valladares, en Tucumán, 1956.

Foto: Diario La Gaceta de Tucumán

Principio tienen las cosas

Lucidez y libertad son dos características esenciales tanto de la obra de María Elena Walsh como de las decisiones que marcaron su trayectoria. Precoz en lograr cierto reconocimiento en el ámbito de la poesía, sus decisiones estéticas sortearon la comodidad de las sendas seguras y no tuvieron otro faro que las propias convicciones y una confianza firme en su intuición. Escritora desde niña, comenzó a publicar a los 15 años en la revista El Hogar y cuando tenía 17 obtuvo un importante premio municipal por su libro de poesía Otoño imperdonable, aunque fue relegada al segundo lugar, con el argumento de que era demasiado joven: “Me dijeron que merecía el primero pero me daban el segundo porque era muy joven. ¡Perdí el maratón, y no por correr despacio sino por tener las piernas cortas!”, comentaría más tarde en Chaucha y Palito. No obstante, esa distinción le valió la atención de gigantes a quienes admiraba, entre ellos, Juan Ramón Jiménez, Jorge Luis Borges y Pablo Neruda.

Una jovencísima María Elena tuvo una estadía en Nueva York por invitación de Juan Ramón Jiménez, que allí vivía su exilio y daba clases. Tras un regreso poco estimulante a Buenos Aires, se fue junto a la folclorista tucumana Leda Valladares a París, adonde el dúo llevó el folclore argentino, en una temporada de crecimiento personal y artístico, hasta que encontró su límite: “¿Cuándo empiezan a cantar en francés”, les preguntó una importante productora parisina, y el musicólogo estadounidense Alan Lomax las desestimuló al no demostrar mucho entusiasmo por lo que hacían, según relata Sergio Pujol en su biografía Como la cigarra.

El llamado de la escena

María Elena descubrió y confirmó en esa extensa estadía en París, además de su interés por el folclore latinoamericano, su vocación por la interpretación y la composición. Al regresar una vez más a Argentina, dio un viraje a su carrera para dedicarse a la composición de canciones para niños y niñas y a la puesta en escena de espectáculos basados en su música. Esta etapa es la más extensa y también la más conocida de su carrera, aquella en la que obtiene el reconocimiento del gran público. La mismísima Victoria Ocampo le dedicó un artículo en la revista Sur cuando María Elena presentó su primer espectáculo para niños, Doña Disparate y Bambuco, en el teatro San Martín: “Tus canciones para mirar bañan esa atmósfera poética latente en todas partes. La traducen como si fuera fácil traducir. Como si fuera fácil… Y así, por influjo personal, hipnotizas a los niños que escuchan, fascinados, lo que no pueden entender del todo, apreciar del todo, lo que a veces no les divierte del todo. Es una hazaña. No la realiza, con esos medios, sino un poeta que lo es de veras”.

A partir de 1960 con la publicación del libro de poemas Tutú Marambá y de 1962 con el disco Canciones para mirar, se abrió un largo período en el que se sucedieron títulos fundamentales en su carrera, entre los que se destacan la obra de teatro Doña Disparate y Bambuco, canciones que quedarían para siempre en el repertorio infantil como “Manuelita la tortuga”, “El reino del revés”, “La familia Polillal”, “El twist del Mono Liso” y un larguísimo etcétera –larguísimo de verdad: es imposible nombrar la décima parte sin poner en riesgo la extensión de la nota–, además de títulos fundamentales en cualquier biblioteca, como Dailan Kifki, Cuentopos de Gulubú y Zoo loco. Es la etapa de esplendor de su poética del disparate, de su juego con el lenguaje y de la creación de un universo narrativo en el que realidad y fantasía se construyen juntas.

“María Elena Walsh se dirige a la inteligencia del niño cuando lo desafía con sus disparates y sus despliegues de fantasía, a su sentido del humor, a su sensibilidad, que le permite identificarse con los personajes y compadecerse de ellos. Pero, fundamentalmente, se dirige a unos lectores que están dispuestos a jugar, lo que significa, en principio, moverse de su lugar, del lugar que les ha sido asignado por los otros, y escapar, estar en otro lado, en el lugar menos pensado”, resume Stapich. Detrás de esa ilusoria sencillez hay un trabajo formal y una postura lingüística, estilística, poética e ideológica firme. Además de subvertir la realidad, María Elena toma el lenguaje como objeto y opera de una manera revolucionaria en su tiempo: opta por el español del Río de la Plata como sustrato, se vale de anacronismos y neologismos para generar extrañamiento. Las palabras, en su lengua, son plásticas, admiten combinaciones, cambios, se agrandan y se achican; no son entidades estáticas que portan un significado, sino que se ofrecen como materia poética a la mano de esas niñas y niños a los que les canta y escribe, porque sus recursos son cercanos a ellos.

Tras una década y media de canciones y escenarios, en 1978 anunció que dejaría de componer y de cantar. Una vez más, la sorpresa ante un giro inesperado, impulsado por la más rotunda honestidad y por la reflexión sobre su hacer artístico: “Cuando ya no tengo ganas de hacer algo –a mí me parece indecente hacer algo sin ganas– sé que terminó esa etapa”, explicó entonces, según cita Pujol. Aunque dejó un vacío, la decisión de retirarse entrañaba un extremo cuidado de su obra y lo que dejaba no era silencio, sino un corpus magnífico que podía seguirse escuchando en sus discos y leyéndose en sus libros.

El retiro de los escenarios trajo nuevas facetas de esta mujer inquieta. Comenzó a publicar crónicas periodísticas sobre temas diversos relacionados con la vida cultural, y el feminismo se transformó en un punto de vista y una preocupación cada vez más recurrente: en el rescate de escritoras como Victoria Ocampo y Doris Lessing, en la preocupación por la educación sexista en las escuelas y un largo etcétera; el libro El feminismo, que publicó Alfaguara en 2024, recopila algunos de estos escritos en los que María Elena cuestionaba los roles de género y se plantaba contra la violencia machista. Al respecto su compatriota María Teresa Andruetto, cuando se cumplieron diez años de la muerte de María Elena, declaró para una nota de Clarín: “Hay un antes y después en relación a la literatura-escuela, literatura-infancia y literatura-juegos. Pero ella es muchas otras cosas: la cuestión de género y el feminismo son cosas que han estado muy fuertes en su obra en una época en la que todo eso no estaba en agenda. Ha sido una pionera”.

María Elena Walsh en la ventana de su casa natal, 1947.

María Elena Walsh en la ventana de su casa natal, 1947.

Foto: Grete Stern

Censura y después

A partir del golpe de Estado del 24 de marzo de 1976, la censura comenzó a hacer muy difícil diseñar un repertorio. Las restricciones eran muchas y cercaban el espíritu irreverente que restallaban las letras de María Elena, que no saldría indemne de la vista atenta del censor: en 1979 su tango “Gilito de Barrio Norte” apareció en la lista de canciones prohibidas. El 16 de agosto de ese año, en el suplemento Cultura y Nación de Clarín –el diario de mayor tiraje de Argentina, de estrechos y oscuros vínculos con la dictadura–, salió su artículo “Desventuras en el País Jardín de Infantes”, en el que hacía foco en la censura. “Todos tenemos el lápiz roto y una descomunal goma de borrar ya incrustada en el cerebro. Pataleamos y lloramos hasta formar un inmenso río de mocos que va a dar a la mar de lágrimas y sangre que supimos conseguir en esta castigadora tierra”, finalizaba. Su publicación tuvo una repercusión enorme. Por un lado, desató la furia gubernamental y toda la obra de María Elena fue prohibida y sus libros eliminados de las mesas de las librerías. Por otro, el texto, que tuvo un efecto catártico y esperanzador en los lectores, se multiplicó en fotocopias que se compartían tanto en Argentina como en el exilio, multiplicando y expandiendo su contenido.

Ya en la primavera alfonsinista, en el verano de 1984, Canal 11 la convocó, junto a la cantante Susana Rinaldi y la productora María Herminia Avellaneda, a conducir el periodístico La cigarra, que salía todas las tardes, con la consigna “del otro lado de la noticia”, que evidenciaba una mirada alternativa; en uno de los escasos fragmentos que se pueden encontrar en internet, se ve a una jovial María Elena con una remera con el logo de la revista Humor, que suelta, provocadora, a la cámara: “Acá estamos, haciéndole propaganda a una revista machista, porque estamos por la unidad nacional”; en un guiño de reciprocidad, la emblemática revista les dedicó una tapa en la que titulaba: “La cigarra no es una, son tres”. La experiencia duró pocos meses –lo levantaron al iniciarse el otoño–, una existencia corta y polémica en la que se destaca la elección de los ejes desde los que se analizaba la sociedad: “la ecología, el medioambiente, la problemática de los pueblos originarios, el feminismo, la política sindical”, tal como enumera Pujol. “Los mismos que nos propusieron hacer La cigarra fueron los que nos sacaron porque les dimos miedo”, comentó Rinaldi, en 2011, en un homenaje a María Elena en el canal Encuentro, y destacó: “La primera vez que fueron a la televisión las Madres de Plaza de Mayo, la señora [Estela] de Carlotto estaba muy agradecida con María Elena, porque fue María Elena la que la llevó”.

Uno de sus últimos proyectos relacionados con literatura infantil, en la primera mitad de la década de 1980, fue la enciclopedia Veo veo, junto con Beatriz Ferro. De frecuencia semanal, esta empresa titánica ofrecía un fascículo y dos libros que, tal como se proponía, formarían en siete tomos las colecciones Mi primera enciclopedia y Mi primera biblioteca, conformadas por la friolera de 210 volúmenes narrativos divididos en series. Tal como destaca la especialista española en literatura infantil y juvenil Ana Garralón, de este proyecto se destaca que María Elena, además de volcarse nuevamente a la literatura de tradición folclórica, tradujo textos de escritores prácticamente desconocidos en Argentina en aquel momento, como David McKee, Allan Ahlberg, Robert Desnos, Yvan Pommaux o René Escudié, lo que constituyó un invalorable aporte en un país que, recién recuperada la democracia, necesitaba apertura a lo que ocurría en el mundo.

Con una obra extensa, diversa y de gran calidad, María Elena Walsh se inscribe como un nombre fundamental en las letras argentinas. No escribió sólo para los más chicos, también hizo música para adultos, y para muestra bastan las hermosas “Como la cigarra” y “Serenata para la tierra de uno”. Quizá la clave de su vuelco hacia las canciones para la infancia se resuma en lo que le dijo alguna vez a la poeta Diana Bellessi: “La poesía es un juego peligroso y solitario. Las canciones atraen compañía. Cuando me fui a Europa y me gané la vida cantando y explorando la poesía popular de aquí y allá, también recuperé el hábito de la infancia y me puse a escribir desde ella”.