Cada tanto me siento obligado a recomendarles Diamantes en bruto (Uncut Games), la película de 2019 dirigida por los hermanos Josh y Benny Safdie que está disponible en Netflix. Allí no solamente Adam Sandler hizo el mejor papel de su carrera, sino que los Safdie nos regalaron una experiencia: la de seguir al joyero ludópata Howard Ratner (Sandler) en una carrera contra el tiempo y el dinero. Una carrera en la que como espectador podés ver pasar los créditos de cierre con más ansiedad en el pecho que muchos de sus protagonistas.

Los Safdie se separaron amigablemente en 2024 y, a diferencia de Ethan y Joel Coen (salvando las distancias, etcétera), sus desempeños por separado parecen estar a la altura de su producción anterior. Benny y Nathan Fielder cocrearon la incomodísima serie La maldición (The Curse), que protagonizaron junto a Emma Stone. Además, Benny ganó el León de Plata en Venecia por La máquina: The Smashing Machine (2025), que prometo ver en algún momento.

Josh, que en 2008 ya había dirigido (sin pena ni gloria) The Pleasure of Being Robbed, cerró 2025 con otra película muy bien recibida por la crítica, aunque en nuestro país el estreno comercial recién llegaría en enero. Se trata de Marty Supremo (Marty Supreme), otra historia con un protagonista encerrado en su propia estafa piramidal, con objetivos que se vuelven cada vez más difíciles y una ansiedad que chorrea por la pantalla, aunque a un nivel menor que lo que ocurría en Diamantes en bruto.

Marty Mauser, nuestro protagonista homónimo, también vive como si su existencia fuera una gran apuesta, aunque prefiere las situaciones en las que mantenga un mínimo de control. Así que mientras tiene una ascendente carrera en el mundo del tenis de mesa profesional (del ping-pong, bah) aprovecha ese talento para quedarse con el dinero de jugadores amateurs con la tradicional estafa de hacerse pasar por un tontuelo inocente y empezar a jugar bien después de que aparezca la plata fuerte.

Para cuando terminamos de entender el funcionamiento de la mente Suprema, Josh ya nos había convencido de que estaríamos frente a un espectáculo de esos que te ofrecen un poquito más. La primera escena del guion coescrito por Safdie y Ronald Bronstein (tercer guionista de Diamantes en bruto) nos presenta a un vendedor de zapatos de 1952 que tiene sexo con una chica en el depósito, y lo siguiente que vemos es a un montón de espermatozoides de él intentando fecundar el óvulo de ella.

Esa escena no solamente tiene música completamente anacrónica (el tema “Forever Young”, de Alphaville, se lanzó en 1984), sino que recuerda a la película Mira quién habla (1989), en la que Bruce Willis ponía su voz a los pensamientos del bebé que tenían John Travolta y Kirstie Allie. Que las dos referencias sean ochenteras parece una casualidad; lo que se establece es el espíritu lúdico con el que Josh encara el trabajo. Y para eso cuenta con un aliado de lujo, que parece divertirse tanto dentro como fuera de la pantalla.

Es una de las frases más hechas del cine, pero cuesta imaginar a Marty Supremo protagonizada por un actor que no fuera Timothée Chalamet. Algunos podrán tenerlo en la categoría “Pedro Pascal” de intérpretes que están hasta en la sopa, pero la realidad es que en los últimos años nos ha dejado actuaciones que demuestran su capacidad en un espectro bien amplio que va desde Paul Atreides hasta Willy Wonka. Tú no, Bob Dylan.

Marty Mauser es un ladronzuelo confianzudo y adorable, de esos que las señoras recuerdan con cariño incluso después de haber sido estafadas (volveremos sobre este punto). Y es que la película se encarga de intercalar sus luces, como su pasta de vendedor de zapatos o de jugador de ping-pong, con los aspectos más oscuros de su personalidad. O si no, pregúntenle a Rachel, la portadora del óvulo (una correcta Odessa A’zion).

Si bien por momentos parece coquetear con algunos vicios de la biopic, como la sucesión demasiado ordenada de momentos dramáticos, sabe cuándo pegar sus volantazos. Y esto, entre otras cosas, se debe a que Mauser está solamente inspirado en Marty Reisman, capo del tenis de mesa y de las estafas deportivas, fallecido en 2012 a los 82 años. Ojo, que hemos tenido historias deportivas tan encorsetadas que costaba creer que no estuvieran basadas en hechos reales. Y te estoy mirando a ti, Gambito de dama.

Por ejemplo, a Marty ya lo conocemos en plena gloria deportiva, aunque eso no repercuta necesariamente en lo económico. Eso explica su trabajo en la zapatería, que incluirá uno de varios cabos aparentemente sueltos que regresarán más adelante (hay 150 minutos para poder hacerlo) a complicarle la existencia. Y si bien en algunas de esas “macanas” hay terceras personas que podrían haberse portado mejor con él, no hay dudas de que el Supremo es bien responsable de sus actos y sus consiguientes resultados.

En una primera competencia internacional decide abandonar el dormitorio compartido de los jugadores e instalarse en un hotel de lujo, donde conocerá a Kay Stone (Gwyneth Paltrow), una actriz que ya dejó atrás el mejor momento de su carrera, al igual que el de su matrimonio, y que un día ve cómo un joven se cruza en su camino. Hay algo con el tema de Mandrake Wolf y que ella venga de Hollywood, pero llevo 20 minutos y no termino de cerrar la idea. El papel de Paltrow le calza a la perfección, y no me extrañaría su reconocimiento ahora que se viene la temporada de galardones (con las actuaciones de reparto suelo tener un ojo clínico).

La charla telefónica que tiene Marty con Stone, en la que logra recuperar su atención cada vez que ella está por interrumpir la comunicación, demuestra la maestría de Chalamet para quedarse con un rol que necesita hacernos creer en cada escena que todo va a estar bien (para él) y que el plan terminará ejecutándose a la perfección. Incluso cuando las tramas y subtramas que se van mezclando como tentáculos empiezan a apretar el cuello del protagonista, lenta pero inexorablemente.

Como mencioné, esta es una película de dos horas y media que, si bien no se sufren, por momentos se sienten. Por suerte, la fotografía de Darius Khondji (Delicatessen, Seven, Medianoche en París, la propia Diamantes en bruto) embellece todos los escenarios cincuenteros, desde el apartamento de la madre de Marty (una poco utilizada Fran Drescher) hasta las presentaciones de los Harlem Globetrotters o un teatro abierto de Japón. Los colores parecen virados un pelín al marrón, sin que se sienta tan artificial como el México amarillento de películas y series.

Donde se extraña el esfuerzo extra que está presente en un montón de aspectos del film es en los partidos de ping-pong. No es que uno estuviera esperando algo similar a Challengers, con su edición trepidante y sus cámaras voladoras (también tenía unos sintetizadores para el recuerdo), pero esta filmación no se eleva más allá de lo correcto, en el sentido de que mantiene la tensión y permite entender lo que está sucediendo. Ni más ni menos.

Suceden muchísimas cosas y, más allá de los movimientos del protagonista por el tablero de su vida, son los dos intereses románticos (o sexoafectivos, para no exagerar) quienes van marcando el ritmo de la acción. Gracias a la actriz logra codearse con integrantes de la alta sociedad (un supremo Kevin O’Leary), que conocen bien el juego de los engaños y el aprovechamiento o no hubieran llegado al lugar en el que están. El regreso de Rachel a la historia estará relacionado con un engaño que cada vez sale peor (con un aterrador Abel Ferrara) y que precipita el descenso a las oscuridades de Marty, aunque el guion sea más esperanzador que el de la 20 veces citada Diamantes en bruto. Que a esta altura del texto ya deberían estar buscando en Netflix.

En estos últimos años se han popularizado, gracias a las redes sociales, simpáticos personajes que venden la idea de tener una vida de lujo sin el menor esfuerzo, aunque para conocer su secreto deberás conseguir a tres amigos que paguen su curso, y todo así. En un sistema creado para la explotación es fácil entender por qué algunas personas optan por estos caminos “económicamente creativos”, pese a que luego son mostrados como ejemplo por los mismísimos explotadores.

Marty no es solamente un camandulero encantador; también tiene un talento natural para seguir una pelotita blanca (¡no dije nada de la subtrama de las pelotitas naranjas!), y ambas partes de su personalidad están en choque constante. Quizás si hubiera nacido en un mejor barrio de Nueva York el éxito deportivo sería más cercano, o se hubiera convertido en un inversionista anónimo de esos que terminan desmantelando empresas para obtener un par de centavos más de ganancia a fin de año.

La realidad de Safdie y Bronstein lo presenta como un sobreviviente, con un carisma inversamente proporcional a sus pruritos, que Chalamet hace creíble y por momentos querible. Dicen que la prensa de la película la está encarando con el mismo agrande que el de su personaje, y después de haberlo visto uno tiene que decirle “Dale, Timothée, hacé lo que se te cante”.

Mientras tanto, en un año (2025) en que no me he topado con películas que me sacudieran lo suficiente, Marty Supremo queda sin dudas entre lo más destacado. Aunque le falte tantito para llegar a ser Diamantes en bruto, que seguramente volveré a ver en cualquier momento.

Marty Supremo, de Josh Safdie. 150 minutos. En cines.