La pandemia de covid todavía era una noticia loca cuando Juana Molina y el tecladista Odín Schwartz comenzaron el proceso de composición y grabación de este nuevo disco, leudado durante seis años. Por esos días el dúo preparaba una serie de conciertos con la confianza depositada en la improvisación y las numerosas posibilidades de un ejército de sintetizadores analógicos y secuenciadores encendidos al mismo tiempo en la casa de Juana.

“Tenía que justificar todo lo que me había comprado”, contaba la cantante en una nota en la FM porteña Futuröck. En 2022, con una preselección de aquellas grabaciones en la valija, la artista viajó al estudio Sonorámica, en Córdoba, y encontró la inspiración para encaminar nuevas canciones. Continuaría con la tarea en largas y extensas sesiones en su estudio casero en el conurbano de Buenos Aires, pero luego de dos años continuados de experimentos sentía que no tenía nada.

“Ya grabé un montón, pero bueno, pasaron cosas, tuve que interrumpir, y la idea es ponerme a trabajar en octubre, volver a volcarme a todo lo que hice y ver si me quedo con algo de eso. Yo creo que sí; por momentos me encuentro con cosas y me gustan”, contaba en julio de 2023 antes de uno de sus tradicionales shows en La Trastienda de Montevideo.

Para fines de ese año, su socio en el sello Sonamos, Mario Agustín de Jesús González, había contado 30 horas de grabaciones: “Eso generó entusiasmo, pero al mismo tiempo me paralizó tener que decidir qué rumbo tomar, porque había cosas muy dispares. Incluso fantaseamos con hacer un álbum triple, uno de ellos instrumental”, admitía la artista en un texto publicado en su página de Bandcamp.

Para lidiar con el desafío, el músico Emilio Haro –dueño de una sensibilidad cercana a la de Molina, plasmada en sus discos solistas– se sumó como productor artístico del proyecto. Así pasó otro año de trabajo. Emilio escuchó lo registrado y le pidió a Juana más voces, más bajos, más teclados y más guitarras. No siempre, algunas veces –ya que piensa que “lo mejor es enemigo de lo bueno”–, Juana dio el brazo a torcer y sumó nuevas capas a la mezcla.

Finalmente, del resumen del extenuante escrutinio salieron las diez canciones incluidas en Doga, dispuestas en cuatro lados en la edición del doble vinilo, lanzado en noviembre de 2025 al igual que su edición digital.

Viaje sonoro

El texto promocional asegura que el disco no decepcionará a los fans de todas las horas y que a la vez es una excelente puerta de entrada para los que recién llegan. En comparación con el premiado Halo (2017) o Wed21 (2013), Doga es menos accesible al oído indie pop. Sólo por momentos resurge la voz más conocida de la cantante.

En la mayoría del disco Juana permanece camuflada. Sus mutaciones no son una novedad y en cambio sorprenden algunas confesiones en primera persona de la voz narradora. “Hice daño, mucho daño y me arrepentí/ Tuve un corazón de piedra y no soy así”, canta en “La paradoja”, y teje una disputa entre hermanos en la inquietante y familiar “Intringulado”.

Con mayor claridad que otras veces, la artista deja entrever fragilidad y dolor en sus textos. Como siempre, no anda con medias tintas para definir sus simpatías y antipatías.

En ese sentido, el relato construido con recortes de sensaciones y vivencias entre muy antiguas y atemporales confluye en una huida manifiesta que se escucha a través de una bella y elaborada síntesis musical.

“¡Qué difícil es venir y aplaudir/ esta obra de teatro tan tonta! / Después saludar y decirles ¡qué bien!/ Prefiero irme ahora”, dice en la bailable “Indignan a un zorzal”, y en una escena afirma: “Imposible es salir al jardín/ Me lo impiden unas ramas muy largas/ que fueron creciendo y me tapan el sol/ Es hora de cortarlas”.

Atención-aclaración: ese es el viaje poético y narrativo de Juana entre perros, gatos, gente y ruidos molestos, amores, curaciones y “caravanas de mil hados”. Algunos ya lo conocemos, pero incluso a quien le resuena recomiendo prestarle especial atención. Por delante, y no casualmente, se ubica la trama de su música.

Más que nunca, aquí conviene hablar de un viaje sonoro y no de canciones, de una experiencia de estimulación intensiva que invita al oyente a construir su propio relato, o sólo una imagen o evocación que podría resultar reveladora, olvidada; como esas cuentas matemáticas cuyo resultado surge con claridad en el momento menos solemne de todos.

Como en el medio de una jungla, o sobre un ómnibus que va por 18 de Julio a las cinco de la tarde, la artista construye una realidad sonora de código abierto (a mí me sugirió un shopping de compras capaz de modificar su arquitectura como un transfórmer, me recordó la película Midnight Cowboy y el aroma de césped del estadio Centenario recién cortado), apoyada en variaciones y modulaciones de frecuencias sonoras, mantras y repeticiones que sugieren imágenes de máquinas y animales, mutaciones poco habituales de una nota musical, deformaciones de la voz y otros instrumentos.

En Doga, el combo tiene, más que nunca, la intención de engrandecer los paisajes antes que a los personajes, y juega a favor de la entretenida abstracción.

Al final de la escucha, las sensaciones de astucia y mareo derivan en una obra cohesiva, distinta de su producción anterior, aunque no recomendable, o muy recomendable, para mentes ansiosas, sobre todo porque la deriva del enredo se resuelve en formulaciones que se parecen a la armonía de las nubes en movimiento. De pronto todo se vuelve etéreo y amigable y parece que llegamos a algún lugar fiable, luego del caos del principio. El corte siguiente, “Siestas ahí”, vuelve a desconcertar cuando se abren las puertas de la música más convencional. Se volverán a cerrar en el wéstern electrónico “Indignan a un zorzal”, aunque nadie dejará de mirar hacia ambos lados con la curiosidad del peligro. “Voy corriendo y me hundo/ Un pie se queda trabado ahí/ Logro salir, me vuelvo a hundir/ Y sé que no estoy soñando”, quiere pensar.

Esta vez Juana se toma su tiempo para aparecer en escena. Paciencia. Si sirve de aliciente para los fieles, una canción anuncia que “Va rara”.

Doga, de Juana Molina. Sonamos, 2025. En plataformas.

Juana Molina en vivo este viernes a las 21.30 en Medio y Medio (Punta Ballena, Maldonado). Entradas a $ 1.970 en Redtickets.