Alejandro Carbajal nació en 1963 y es el hijo mayor de El Sabalero, el que aparece en “La sencillita” con su hermana Susana y con la Pequeña –su madre– paseando el perro en el barrio Villa Pancha, rumbeando pa’ la Colonia a tres arroyos de distancia. Es decir, desde siempre y sin quererlo es parte del imaginario colectivo de este país.

Nació en Juan Lacaze, pero una constante en su vida ha sido el movimiento: de Villa Pancha a Montevideo; luego del divorcio de sus padres, de nuevo a la localidad coloniense; y con 16 recién cumplidos, junto con su hermana, su madre y la pareja de esta última, emigró a Ámsterdam, donde también había desembarcado un tiempo antes su padre, detrás del amor y en pleno exilio europeo. Hacía más de una década que no se veían, pero el reencuentro fue transitorio porque un par de años después el cantor se fue a México y desde ahí retornó a Uruguay tras la reapertura democrática.

En Holanda, arropado por la diáspora latinoamericana, Alejandro fue convirtiendo el hobby de la música en una profesión. En una de sus primeras bandas junto con otros hijos de exiliados abrazó el bajo porque nadie lo quería tocar y se fue aquerenciado a las cuatro cuerdas. Como músico de sesión pasó por la música brasileña, el funk, el jazz y lo que se presentara. Como solista debutó en 1991 con el disco Ni dioses ni maestros, que incluye “Chamarrita de los pobres”, una de las primeras composiciones de José Carbajal.

Volvió a Uruguay en los 90, formó una familia y editó su segundo disco, Ha tocado vivir. En 2008, tras la muerte de Susana, retornó a la capital holandesa. “Nos fuimos porque mi hermana dejó una niña chica, mi madre estaba sola con ella y dijimos: bueno, hay que ir para ayudar un poco”, dice. A partir de entonces, como también acostumbraba el autor de “A mi gente”, mantiene la base de operaciones a orillas del río Amstel, pero recala cada vez que puede en el estuario del Plata.

Desde fin del año pasado se encuentra por estos lares preparando el concierto Carbajal canta a Carbajal, que sucederá este jueves 26 de febrero en la sala Zitarrosa. Por primera vez va a repasar a modo de tributo la obra de su progenitor, fallecido en 2011, y también presentará algunas composiciones propias incluidas en su próximo álbum, Barro y cielo, a editarse en el primer semestre de este año.

“Viví las mismas cosas que vivió mi viejo cuando chico. Por ejemplo, ‘Los panaderos’ habla de un campito baldío que había atrás de la casa, donde ellos iban a correr los panaderos, jugar al fútbol y todo lo demás. Yo corrí en el mismo campito. Él cuenta que ahí iban los gitanos y los circos; bueno, yo iba a ver a los gitanos y los circos porque seguían viniendo. Fui a la misma escuela. Hay un paralelismo muy grande entre la vida de él y la mía”, reflexiona sobre lo que significa calzarse este repertorio tan acuñado en la memoria popular.

Para tamaña empresa convocó a parte de los históricos escuderos de José Carbajal: los hermanos Palito y Eduardo Elissalde en guitarra y batería, el percusionista José Bazán, Fernando Goicochea en los teclados y, detrás de las perillas, el sonidista Daniel Blanco. Jorge Nasser, Víctor Amaral, Catherine Vergnes, Julio Cobelli y Gerardo Hernández engalanan la lista de invitados, además de José Carbajal El Sabalero, que tal vez, con la picardía que lo caracteriza, aparezca para narrar alguna de sus historias. Será lindo vivirlo pa poderlo contar.

Por ahí decías que hacer este recital es más desafiante ahora que en otro momento. ¿Por qué?

Porque antes era mucho más natural, era medio inconsciente la cosa. Vivía la vida porque estaba vivo. Cuando uno se pone más grande empieza a hacerse preguntas, a ver las cosas más objetivamente; a la distancia, analizás un poco más. Me han preguntado muchas veces cómo fue que elegí las canciones para este espectáculo. En realidad, no las elegí. Tuve sí alguna premisa que seguí de forma más consciente: quiero hacer algunas canciones de mi viejo que no son conocidas, porque al ser de los primeros discos la gente ya las perdió, como “Cachimba” o “Retornando”.

Te vi tocar “Chamarrita de los pobres” en alguna entrevista.

La grabé hace añares. Es más, mi viejo empezó a tocarla de nuevo porque yo la grabé. En 2007, cuando fui de gira con él a Estados Unidos y Canadá como bajista se la mostré. Me miró así [desconfiado]. Además, la hice medio entre chamarrita y reggae, tiene un keyboard en el medio que la hace medio bailable también. Y la empezó a cantar de nuevo, la armaron con el grupo y la empezó a tocar.

¿Cómo era girar con El Sabalero?

Fue muy divertido, primero, porque la banda era muy divertida. El Boca Ferreira, los dos Elissalde, el Burro Goicochea, toda esa gente increíble. Yo creo que soy un poco mayor que ellos, pero estamos ahí. La banda se quedaba casi siempre por un lado y mi viejo por otro, venía cuando teníamos que tocar, pero en algún momento me tocó quedarme con él en algún lugar y ahí tuvimos algunas conversaciones, cosa que no hacíamos tan fácilmente porque cada uno estaba en lo suyo o porque muchas veces no coincidíamos en los lugares; por ahí yo estaba en Holanda y él estaba acá, o en México o en otro lado.

Tuviste la oportunidad de compartir las tablas, su hábitat natural. Jaime Roos lo define como un tigre en el escenario.

Totalmente, se comía a la gente. Una vez tocamos en Miami en un encuentro multitudinario, no me acuerdo si era una fecha patria nuestra o algo pasaba, pero era una cosa importante. Estaba repleto de uruguayos, había banderas por todos lados, había una comparsa, y ahí el tipo era como si estuviera acá, y lo mismo, la gente estaba extasiada con él. Te dejaba mucha libertad para tocar; si bien la música de él es muy medida, no es muy estridente. Por ejemplo, en algunos momentos había que hacer un solo y yo empezaba muy medido, se daba vuelta y me miraba onda “dale con todo, sacate los guantes”. Claro, yo venía de tocar funky, hacía slap y ese tipo de cosas. Eso era muy bonito, porque no te sentías para nada cooptado en lo que respecta al toque tuyo.

En tus discos grabaste varias canciones de tu padre, pero también de otros autores, como Marcos Velásquez o Ramón Ayala. ¿Qué te motiva para hacer una versión?

En todos mis discos grabo canciones que a mí me gusta cantar; nunca hice concesiones en ese sentido, salvo una vez. Cuando edité mi tercer disco [Camino en el tiempo, 2012] con el sello argentino Registros de Cultura de La Plata, me pidieron que grabara “Chiquillada”. Siempre me había negado, no quería tener nada que ver con “Chiquillada”. Claro, era el caballito de batalla de mi viejo, lo vengo escuchando desde que era chiquito. Como yo era el hijo y tocaba un poquito la guitarra, en cada reunión me pedían que cantara “Chiquillada”… Pero bueno, empecé a redescubrirla. Ahora la canto totalmente de otra forma y la interiorizo mucho más porque ahora me siento medio parte de eso, como el público. Vos tocás “Chiquillada” y todo el mundo la empieza a cantar; la sabe el tipo de 80 años como el gurí, porque además la cantan en la escuela, todo el mundo la sabe y la disfruta.

Vos le pusiste tu bagaje.

Le cambié un poco la cuestión armónica.

En general, en tus versiones trabajás mucho las armonías.

Las llevo a mi campo, mi formación musical es otra. También las podría cantar como las canta él, pero también creo que no tengo por qué hacer covers. Tengo mi propia personalidad, mi propio gusto y me gusta volcarlo en eso también, en todo lo que hago.

Nunca te colocaste en el lugar del heredero artístico, por decirlo de alguna manera.

Nunca me interesó usar deliberadamente nada de lo que fue la carrera de mi viejo. Canto las canciones y grabé las canciones de mi viejo que grabé porque a mí me gustan, no porque hubieran sido una llave para abrirme el mercado. Siempre me gustaron esas canciones. Además de que creo que me caen bien a mi forma, me siento cómodo. Como antes no me sentía cómodo con “Chiquillada”, ahora sí me siento cómodo porque le encontré la vuelta. Muchas veces es necesario un tiempo de masticar la cosa. Estoy contento ahora porque sumé una parte que siempre estuvo ahí, pero que a veces un poco me resistía a que estuviera tan cerca.

¿Por qué?

No sé, soy el hijo, las relaciones padre e hijo no siempre son las mejores. Ojo, nunca tuve muchos problemas, es más, mi viejo para mí, cuando yo era chico, era algo inalcanzable, porque además no vivíamos juntos y la gente me lo traía a cada momento. Siempre fui el hijo del Sabalero, desde que era así hasta hoy, eso no me lo voy a sacar nunca, y menos en Uruguay.

¿Te pesa eso?

Me pesó en un principio, ya no. Por eso te digo, como que esa parte ya es mía, ya estoy cómodo con eso, no hay problemática ahí, está aceptado.

Más allá de que moldeaste tu propio estilo, en toda tu discografía mantenés el legado de la chamarra. ¿Qué encontrás ahí?

Me gusta mucho porque soy bajista y me gusta la música bailable, la que te hace mover y la chamarrita tiene esa cosa del norte que se baila. Está muy emparentada con el baión, el chotis del sur del Brasil; me gusta mucho eso, me formé con la música brasileña, la tengo adentro, canto temas brasileños todo el tiempo, aprendo mucho porque armónicamente la música brasileña es increíble. Además de que las chamarritas estuvieron desde el principio con papá, entonces claro, es parte de nosotros, parte del ADN musical y del ADN mismo. Te dicen “tocate algo” y lo primero que hacés es tocar una chamarrita.

En general, las canciones del Sabalero son muy simples desde el punto de vista musical. ¿Cuál te parece que es la magia para que hayan trascendido?

Es la simpleza en todo, en general. Mi viejo con cuatro o cinco acordes ha hecho casi toda su carrera y le ha quemado la cabeza a todo el mundo. Me parece que es algo que reconocés al primer momento que lo escuchás y ya estás adentro y eso no le pasa a todo el mundo.

Hay tal vez una idea de que era un bohemio, de que no le importaba nada, pero era una persona que se formaba mucho y trabajaba mucho.

Dedicadísimo. Dentro de ese perfil autodidacta que tenía, laburaba muchísimo en todo, desde los textos a las melodías, no dejaba nada al azar. Yo lo vi laburar: el tipo estaba en su mundo, no lo sacabas de ahí. Mi viejo en la casa siempre fue un tipo bastante taciturno.

Siempre me llamó la atención que a nivel popular no encontrás comentarios negativos del Sabalero. ¿Por qué te parece que pasa eso?

Creo que es por las canciones, más allá de la vida que llevó. Porque el tipo habla de vos, de mí, siempre decía que hacía las canciones para nosotros, y ese es un poco el secreto: todo el mundo se siente medio identificado. “Cuando éramos muchachitos corríamos panaderos”. ¿Quiénes corrían? Nosotros. Además, mi viejo ha sido muy buen amigo. Tal vez no tan buen pariente como amigo [risas]. El tipo siempre con sus amigos ha sido de primera, lo cuenta el Flaco Castro, que lo conocía bastante bien, que lo ama: metió 27 personas dentro de la casa una semana entera, hasta les planchaba los trajes para que fueran a cantar. Un tipo dedicado a sus amigos. Tiene muchísimos amigos en todos los países. Mi viejo era muy liso, así como vos lo veías, así era. No te vendió nunca una imagen falsa. Viste ahora en la parodia que hicieron los Caballeros, la gente termina llorando. Todo el mundo se paró a cantar “Chiquillada” en el Teatro de Verano. Los había visto en un ensayo y ahí fue cuando me tocó más, porque era la primera vez que lo veía y porque pasaron por partes que yo también había vivido. Me desarmó. Increíble la actuación de Aldo [Martínez]. En el teatro estaba un poquito más lejos y era como ver a mi viejo caminando, la misma ropa, la postura medio encorvado con la guitarra.

¿Su posicionamiento político puede tener algo que ver? Era una especie de rara avis en el movimiento de canto popular. No quedó identificado con un partido.

También, pero eso sí le trajo algunas críticas. Por ahí puede haber alguna cosita de gente que no lo quiera mucho, mismo de la izquierda, porque de la derecha obviamente, pero en la izquierda tuvo alguna cosita ahí. Porque claro, era anarco y la izquierda uruguaya no toda es anarca. Con Zitarrosa tenían sus queveres.

Pero ahí al final ganaba la amistad.

Claro. Él contó siempre que Zitarrosa le dio una mano increíble en México cuando fueron, siendo que Zitarrosa era una tremenda figura ahí. Creo que cuando estás en un grupo de elegidos, porque para mí ellos en una época fueron los elegidos, se arma como una hermandad, se cuidan entre ellos, mismo se grababan las canciones.

Fueron aprendiendo juntos también. Imagino que ninguno estaba muy preparado para lo que sucedió.

Ni para lo que se venía. Armando el show estaba viendo una entrevista, le preguntan si quería ser famoso y dice: “Y bueno, todos los gurises quieren ser famosos, yo también, me ponía frente al espejo” –yo también hacía lo mismo–, “hacía poses y cosas, pero nunca en la medida en que después sucedieron las cosas”. Es decir, vos querías, pero no te lo creías. Al final con él sucedió. Pero otra cosa que siempre me llamó la atención es que sus mayores creaciones, las más significativas, fueron cuando él tenía 18 o 19 años. No lo puedo creer, yo a esa edad andaba bobeando.

¿Te pasó algún secreto?

Él no era mucho de meterse en mis cosas, en mi música, pero sí hubo momentos en que me dio algún tip, yo estaba haciendo alguna letra, se la mostré y me dijo: “Bueno, acá podés meter esto o lo otro”. Sugería, pero no se metía dentro de la cocina, porque la cocina era yo y él respetaba mucho eso. Te puedo decir que todo lo que me dijo, todo, no solamente sobre la música, sino también sobre la forma de actuar en una carrera artística, el tipo sacaba la ficha enseguida y lo que decía era cierto. Mi relación con las instituciones: “No esperes tal cosa”. Él siempre hizo todo él, siempre se manejó él. A veces tuvo representante, pero después terminó haciendo sus propias gestiones. Se iba para Holanda y allá armaba todo, venía y sucedía todo.

¿Lo extrañás?

Sí, porque siento que hoy podríamos compartir más cosas. No creo que hayamos perdido el tiempo, porque cada uno vivió lo que tenía que vivir, pero sí creo que si hoy estuviera vivo hubiéramos compartido mucho más.

Carbajal canta a Carbajal. Jueves 26 de febrero a las 20.00. En la sala Zitarrosa. Entradas desde $ 500 en Tickantel.