Cerca de las 21.00 el personal de seguridad decidió bloquear repentinamente el acceso principal del Antel Arena. Sobre la vereda, mientras dos funcionarios apuraban la unión de las vallas metálicas, los brazos de otro indicaban las puertas habilitadas como si estuvieran en un barco a punto de hundirse.

“Esto es un desastre, los voy a quemar en las redes”, se anticipó una abuela ubicada en contra de su voluntad en las últimas butacas del sector Campo, muy lejos del escenario. Las discusiones al límite de la educación se multiplicaban por todos lados y generaban inquietud entre el resto del público. “Fue una decisión de la producción. Como no se calcularon bien las dimensiones del estadio, se retiró la numeración por asientos y el ingreso cambió a orden de llegada”, me confesó una acomodadora justo antes de que se apagaran las luces.

Dos semanas antes del evento originalmente previsto para el estadio Centenario, la producción había decidido trasladar el concierto al Antel Arena, motivada por la escasa venta de localidades. A punto de comenzar la función, y con el recinto al colmo de su capacidad, todo estaba listo para salir mal.

Lo hago por ti

Bryan Adams sorprendió desde el minuto cero y arrancó ganando, subido a una pequeña tarima dispuesta en el extremo opuesto al escenario principal. Solo acompañado de su guitarra criolla y una armónica en el cuello, encaró el comienzo de su show con una visceral versión de “Can't Stop This Thing We Started”. El personal de seguridad, algo desconcertado. quiso espantar a quienes se acercaban al cantante hasta que se vio superado por la situación.

En ese instante recordé el álbum Waking Up the Neighbours (1991), el que trae esa y otras buenas canciones de Adams y que siempre me pareció uno de esos regalos de Navidad que no pueden fallar, como un bolígrafo de buena calidad o un libro de entrevistas a Pepe Mujica. Después de solo tres temas, con “Straight from the Heart” (“Directo desde el corazón”) y “Let's Make a Night to Remember” (“Hagamos una noche para recordar”) y el público en el bolsillo, el siguiente gesto de conducción escénica del cantante consistió en señalar la otra punta de la arena: “Vamos todos para allá”, dijo, y lo seguimos.

Muchos de los desubicados de sus asientos corrieron hacia el ídolo e invadieron el sector vip. La seguridad impidió a las y los más fanáticos pegarse a la valla sobre el escenario y de forma bastante antipática abortó la plenitud de su sano disfrute con un control absurdo y un tanto inexplicable, excepto por la salvaguarda de ese sector privilegiado, en el contexto de un estadio completamente eufórico y de pie. Los funcionarios no dejaron de bajar pancartas e incomodaron repetidamente a aquellos que solo querían sacar una fotografía, mientras el canadiense calmaba las aguas con hits sin pausa y lograba opacar los focos de conflicto.

“Voy a tocar hasta que no me queden más canciones”

¿Qué clase de gente viene a un show de Bryan Adams? El tipo de personas que saca a relucir una remera de la Dave Matthews Band, parejas de todas las edades, veteranos que siguen comprando discos y una masa de fieles seguidores del artista que pueden cantar sus letras de memoria y que probablemente lo acompañaron en alguna de sus anteriores tres actuaciones en Uruguay.

Durante esta noche, Adams no tomó pausas para cambios de vestuario. Bromeó muchísimo y estuvo atento a cada reacción del público. Confirmó sus recuerdos de visitas pasadas con una foto de las playas montevideanas y lanzó: “Estoy tan contento de estar aquí que hoy voy a tocar hasta que no me queden más canciones”.

En 1984, en plena explosión de popularidad de su disco Reckless, un periodista de la cadena de televisión pública CBC hablaba de la confirmación del “chico rubio y desalineado” de la escena musical local y destacaba su persistencia y profesionalismo. Con su look de forastero recién llegado, su impronta actual, a los 66 años, dice que esas características de su personalidad siguen vigentes. Sus gestos teatrales, idénticos a los de Wembley en 1996, o los del videoclip de “This time” de 1983, le exigen un esfuerzo y un sudor que no se puede fingir.

Como resultado, ya sabe que puede obtener un contagioso disfrute y que la nobleza de sus composiciones de rock directo al corazón y la experta interpretación de una coreografía que nunca ha querido modificar siguen funcionando como una apoyatura imbatible.

Por su banda solo corre sangre canadiense. Lo acompañan los sólidos Gary Breit en teclados (el compañero más longevo), Pat Steward en batería y Luke Doucet (líder de la banda de rock indie Veal) en guitarra eléctrica. Por momentos, Adams toma el bajo y se luce en el soul de “A Little More Understanding”, incluida en su álbum Roll with the Punches, editado el año pasado.

Más temprano, es el turno de la canción que le da título a su disco más reciente. En el techo del Antel Arena sobrevuela un globo gigante con forma de puño plateado que completa una postal de rock de estadios alucinante. Entre las baladas supervendedoras resalta la versión de “Heaven”, y entre los clásicos ruteros de riffs épicos sobresalen “It's only love” y “18 'til I Die”.

Otro inflable, con forma de auto, vuela en “So Happy it Hurts”. En el segmento más relajado del concierto, Adams organiza un baile y arenga a los menos hábiles a acompañar el momento con el revoleo de sus camisetas. Toca el rockabilly “You Belong to Me” junto con “Twist and shouts” de los Beatles. Una cámara capta el festejo en todos los sectores del estadio y lo proyecta en la pantalla gigante ubicada detrás de los músicos, como en un partido de la NBA.

Casi desapercibida pasa su dedicatoria “para la gente de Palestina”, antes de que toque “Shine a Light” y pida a los presentes que enciendan las linternas de sus teléfonos.

Para los bises reserva “Summer of 69” y “Cuts Like a Knife” y se queda solo para una versión acústica de “All for Love”. Debajo del escenario y luego de una treintena de canciones el cantante camina entre el público y choca sus manos con las de sus fanáticos. Uno de ellos se va del lugar con discos autografiados por el músico. Otro, con un buzo de lana atado a los hombros, exclama al oído de su pareja: “¡Qué plata bien gastada!”.