Entre su mano izquierda y sus dientes desenrosca la tapa de un frasco de esmalte para uñas. Luego, con el pincel cargado de pastel naranja dibuja sobre una pequeña superficie blanca. La escena forma parte de la serie Autoperformances: acciones con una sola mano, la más reciente creación de la artista Adela Casacuberta (Ciudad de México, 1978), ganadora del primer lugar (adquisición) de la edición 52 del Premio Montevideo de Artes Visuales, cuya exposición puede visitarse en el Centro de Exposiciones Subte.
“Ocho retratos en video. En ellos realizo acciones (lavarse los dientes, abrir una canilla, prender la luz) para conservar mi autonomía. Ensayo y repito las acciones para evitar perder la posibilidad de hacerlas. Las capturo en video para poderlas reproducir a lo largo del tiempo, aunque no pueda conservarlas”, cuenta, en un texto que acompaña la obra, que luego se extiende en detalles sobre su esclerosis múltiple: “Siempre fui diestra, pero en los últimos años mi mano derecha perdió la destreza y la fuerza. Al mismo tiempo, mantuve el brazo quieto para evitar un dolor de hombro por una lesión. A mi cerebro se le olvidó cómo mover el brazo y la mano derecha. Ahora están siempre quietos. Me gusta insistir en la autonomía”, dice la artista, hija de padre uruguayo y madre mexicana.
Casacuberta vive en Montevideo desde 2001. Entre sus obras se destacan Mímesis y la ambiciosa y reciente Hongos rosados en los jardines del museo. Las escenas de Autoperformances fueron filmadas en su casa, en un apartamento de Cordón que comparte con su pareja y sus dos hijos, y en el que se siente especialmente a gusto. “El barrio es increíble. Todo está cerca”, apunta con gracia. “¿Necesito un repuesto para la licuadora? Cruzando la calle. ¿Una cerrajería? Abajo. ¿Y comida china? A la vuelta”, cuenta, y cambia de frente: “La otra vez aquí en la esquina apuñalaron a un muchacho. Traía una torta en la mano. Se ve que le pidieron algo de torta”.
El viejo panel de timbres mecánicos y la madera oscura y bien conservada del lambriz en las paredes de los pasillos del edificio aumentan la sorpresa: una hilera poco uniforme de flores gigantes de cerámica descansa en la entrada del hogar, reservada en gran medida para su taller, por el que se desplaza en una silla de ruedas motorizada. En las paredes, repisas con forma de casas sostienen piezas más pequeñas en una disposición parecida a la de un bazar.
“Exploro el deterioro de mi cuerpo y mis interacciones con el entorno a través de diferentes medios”, relata sobre el sustento teórico de su obra, y a sus obras en el suelo, corrige por Whatsapp, prefiere llamarlas esculturas de cerámica, para que cada quien le encuentre su forma. “Utilizo la metáfora del micelio para hablar de la función de las redes en la existencia de la vida. Hurgo en mis recuerdos e improntas afectivas. Pienso a través del color y de su acontecer en las obras”, subraya.
Para Autoperformances trabajaste con la noción de cyborg de Donna Haraway. Te referís a “un sujeto híbrido que fusiona lo orgánico con lo tecnológico, y que se redefine mediante su relación con medios externos”. ¿Creés que todos vamos a terminar siendo un poco cyborgs?
Ya somos. O sea, nunca como antes la gente y sus dispositivos electrónicos estuvieron tan estrechamente vinculados como ahora. Yo con esta silla soy una. Más allá del tema del desplazamiento, lo que me sucede es que yo tirada en mi cama soy como una ameba. Puedo levantar un brazo y un poco el cuello, nada más.
Para poder estar incorporada, trabajar, pensar, escribir, leer y otra cantidad de cosas, necesito esta silla. Si me siento en aquella silla [señala una de su living] no soy la misma, porque, por ejemplo, no tengo posabrazos. Los posabrazos me sirven para equilibrarme.
¿Cuál fue el punto de partida de Autoperformances?
Ya hace tiempo que vengo tratando de hablar de mi cuerpo en mis obras. Un día estaba prendiendo la luz del baño, que es una de las acciones que están retratadas en las performances, y dije: “Acá hay algo. Esa acción es muy única”. Entiendo que todo el mundo lo puede hacer, pero me refiero a la forma específica que yo encontré. Y decidí detenerme en ese momento.
Luego pensé que el video era la evidencia que me iba a permitir entender esos movimientos. Mi esposo y yo empezamos a tratar de registrar esos momentos con el celular, hasta que me di cuenta de que esos registros no iban a llegar a ningún lado, que no se entendía qué era lo que estaba proponiendo, ni qué era lo que estaba tratando de entender. Y entonces le pedí a mi hermano Pablo [Casacuberta], que es tan habilidoso con la narración en video, que me ayudara con la tarea. Hablé con él, describí bien las acciones que quería, y él las filmó y las editó maravillosamente.
¿Tenías experiencia o conocías algo del arte performático?
Nada. Salvo alguna charla del tema, sobre todo con mi esposo, que es con el que más intercambio ideas. Si bien estamos juntos todo el día, no tenemos tiempo de divagar acerca de nuestras prácticas artísticas. Él una vez me había dicho: “Pintá con las ruedas de la silla”, pero nunca lo llegamos a concretar. Así que esta es la primera vez que hago una obra de este tipo.
Si se compara Autoperformances con lo que venías haciendo antes, da la sensación de que pasaste de algo desbordado a otra cosa de mucha precisión.
No sé, porque yo no soy muy precisa. Por más que me esfuerce no logro la precisión. La única materia en mi vida que reprobé por burra fue Geometría, porque no podía lograr que dos líneas rectas me quedaran como se pedía. No soy nada precisa. Y mi obra tampoco es precisa, porque yo solo puedo mover esta mano, puedo hacer muy poca cosa. Entonces la hacen otros por mí.
Mi principal compañero de aventuras artísticas se llama Diego Hematoma, y con él, ya a esta altura, compartimos redes neuronales. O sea, voy a decir algo y él ya entendió qué quería. Todo fluye de forma muy natural, como una especie de simbiosis.
Algunos proyectos los he hecho con un equipo base de cuatro o cinco personas. Pero, por ejemplo, la instalación de hongos rosados del Museo Nacional de Artes Visuales fue hecha con muchísimos detalles. Por lo general yo doy unos parámetros de cómo deberían ser las formas, con unas reglas mínimas, pero después cada quien hace lo que quiere. Con eso, en base a unas decisiones mías, se arma la escultura final.
Ahí se ponen en juego la visión particular del artista y la pérdida del control. ¿Cómo juegan en vos esas dimensiones de la creación de tu obra?
Soy súper controladora en mi vida, pero al mismo tiempo estoy muy entregada a lo que puedan hacer por mí. Puedo pedir que hagan cien cosas por mí, pero bueno, eso no significa que todos van a acatar mis deseos.
En el fundamento de Autoperformances también hablás del filósofo Bruno Latour y el concepto de actor-red. ¿De qué se trata?
Él dice que los cuerpos somos un ensamblaje dinámico de actantes humanos y no humanos en constante interacción. O sea, no es mi cuerpo solo, sino mi cuerpo y lo que la silla pueda hacer por mí. Es como si los objetos tuvieran agencia propia.
La gente más centrada en el antropoceno te va a decir que no, que somos únicos e irrepetibles y brillantes. Pero deja tu teléfono y tu compu una semana y ponte a trabajar y dime qué parte tuya no depende de la tecnología. En mi caso, las dificultades con mi cuerpo son más exacerbadas o evidentes, pero todos nos adaptamos al entorno y a las circunstancias para poder funcionar.
¿Vos creés que el discurso detrás de tu obra es parte de tu obra?
A mí me gusta acompañar mis obras con un pequeño texto. Me gusta escribir, y me parece que ese texto tiene que ser sintético y comprensible fácilmente. No soy de textos largos. No tienes que leer cientos de páginas para entender de qué va una obra. Pero sí me gusta dejar claro dónde estaba mi cerebro en ese momento. Después tú haces con eso lo que puedas y sacarás tus propias conclusiones.
¿Seguís con ese vínculo intenso con los hongos? ¿O fue un momento de tu obra y quedó ahí?
En un momento me invitaron a participar en el Campo Art Fest, de Pueblo Garzón [lo hizo con su obra Desborde. Floraciones]. Me asignaron una tapera, o elegí una tapera. Y tenía ganas de conservar las evidencias de vida que había en el lugar, las manchas de humedad, y de traer nuevas formas de vida. Me habían dado ganas de sembrar y hacer crecer nuevas plantas afuera, pero eso me implicaba un proceso de muchos meses que no tenía. Y entonces pensé en hacer crecer hongos para una instalación que iba a montar ahí.
Las paredes tenían sus propias manchas de humedad. Y traté de conservarlas e integrarlas a un cuadro. A la vez, no quería que mi cuadro quedara permanente ahí. El lugar tenía mucha evidencia de los que habían hecho obra en años anteriores y me parecía irrespetuoso tapar todo con mi trabajo. Quería que mi cuadro desapareciera con el tiempo y no dejara rastros. Entonces desarrollé témperas con infusiones, con colorantes de comida. Y también quería traer una vida nueva, digamos. Por eso pensé en los hongos.
A mi amiga Cecilia Morales, cuya obra es sembrar hongos en sus propias esculturas, le pedí si se animaba a sembrar hongos en mis esculturas. Y así fue. Hubo muchos voluntarios al mismo tiempo que me ayudaron con la escultura. Cuando se me ocurrió esa obra, estaba leyendo un libro de un divulgador inglés, muy rockstar y muy famoso.
En otros de los videos de Autoperformances se te ve dibujando con unos marcadores gigantes.
Son increíbles. Ahora que podés pedir cosas de todo el mundo, existen unos marcadores que vienen vacíos y con varios gruesos de punta, llenos con tinta china. O sea, podés armar lo que se te ocurra, o pedir lo que necesitás y te lo hacen a medida.
¿Cómo es tu vínculo con el dibujo en esta etapa de tu vida?
El dibujo me gusta más ahora. Porque no hay dudas de que el resultado no depende de mí necesariamente. No es esa frustración con el dibujo, de que no me quedó parecido, no me quedó tan gestual, lo que sea, que sea tu objetivo que te planteás. Entonces, como ya sé que no depende de mí, sino de la fuerza que pueda poner en la punta, y de los movimientos involuntarios que haga mi brazo, estoy completamente entregada al azar. Hay un poco, muy poco, que yo pueda controlar. Y entonces es mucho más divertida la aventura, porque estoy experimentando.
52ª Premio Montevideo de Artes Visuales en el Subte, en Montevideo.
Foto: Pablo Vignali
Las obras en exposición en el Subte
El Premio Montevideo de Artes Visuales, continuación del viejo al Salón Municipal de Arte, es una iniciativa de la Intendencia de Montevideo con la que se busca impulsar a artistas emergentes y consagrados, la circulación de lenguajes contemporáneos y el diálogo crítico entre arte, sociedad y futuro.
El jurado de esta 52º edición, integrado por Julissa Dura, Vladimir Muhvich y Liliana Farber, seleccionó 23 obras entre más de 250 postulaciones recibidas y otorgó los siguientes reconocimientos:
- 1º Premio Adquisición: Autoperformances (acciones con una sola mano), de Adela Casacuberta
-2º Premio Adquisición: Las cosas están ahí para amarlas, de Gonzalo Delgado
3º Premio Adquisición: UNKRNS: RENTAR O REVENTAR, de Sebastián Lambert y Diego Morera
4º Premio: COLAPSO Y ESCAPE, de Natalia Torterolo
También hubo menciones especiales para A viva voz, de Mayra da Silva y Fernanda Piñeirúa, y Debajo de las palabras, la playa, de Aníbal Conde y Magdalena Leite.
Las obras elegidas, informan desde la organización, dialogan a través de cuatro ejes conceptuales: subjetividad y transformación: cómo cambian nuestras formas de sentir, pensar y vincularnos; inestabilidades del poder: tensiones, desigualdades, resistencias y nuevas formas de organización social; transitar lo incierto: el desafío de habitar un tiempo cambiante atravesado por la fragilidad, el riesgo y la imaginación, y sistemas, estructuras y control: abordajes desde diversos lenguajes –instalación, fotografía, performance, dibujo, video, escultura y arte digital– que interrogan las formas de organización contemporánea.
La exposición, con curaduría de Eugenia González y un recorrido documental por los 50 años del programa, también incluye obras de Agus Abellán, Javier Abreu, Federico Arnaud, Fernando Foglino y Niklaus Strobel, Michael Bahr, Casa de Balneario, Juan Pablo Conte, Silvina Cortés Lasalle, Luciana Damiani, Florencia Dansilio y Agustina Rodríguez Tabacco, Luisho Díaz, Florencia Martínez Aysa, Ian Matusevicius, Mauricio Rodríguez Guridi, Mariza Regia, Diego Velazco, Fernando Velázquez y Thomas Villalba Silva.
Volviendo a tu discurso: parte de ese fundamento da cuenta de tu deterioro físico. ¿Cómo y cuándo decidiste empezar a incluir ese relato tan personal?
Fue una decisión que se venía gestando. Yo hablo mucho con mi esposo, que es mi principal interlocutor. Y ya me venía diciendo: “Tienes que hablar de tu cuerpo en las obras”. Fue de a poco. Es como que no te quieres demostrar imperfecto.
Pero una vez, cuando yo empezaba a estar en silla de ruedas, un periodista me estaba haciendo una nota y me decía: “Bueno, hablemos de tu enfermedad”. Y yo le dije: “No, yo no hablo de mi enfermedad. Es algo de mi vida privada y no lo voy a discutir contigo”. Y él me decía: “¿A ti te parece que los demás no se dan cuenta de que estás en silla de ruedas?”. Y no, yo pensaba que todos hacían la negación junto conmigo de que estaba sucediendo esto. Entonces, bueno, el camino del deterioro es largo. Es mejor encontrar la gracia de las singularidades, aceptarlas y reconciliarse con eso.
En ese sentido, ¿qué fue lo primero que probaste?
Creo que empecé con el dibujo, tratando de hacer autorretratos. Medio con el ojo que me funciona más que el otro, y con la única mano que puedo mover, que además es la izquierda. Siempre fui diestra.
Hablamos de tu obra y de su teoría. ¿Hay otra Adela que use su tiempo en otras cosas más mundanas?
Me gusta pasar tiempo con mis hijos. Pero para mí hacer arte también es una forma de escape y de evasión. Si uno les pone demasiada atención al interior o a las sensaciones físicas, y esto pasa con la esclerosis y con otros padecimientos que están centrados en situaciones que no puedes evitar, es muy fácil deprimirse profundamente. Y luego, salir de ese agujero es muy difícil y lleva mucho esfuerzo y tratamientos. Entonces, una vez que estoy afuera, puedo estar todo un día con arte para no caer ahí. Imaginate: uno se despierta, abre los ojos y dice: “Otra vez, seguimos igual, y seguirás igual”. Entonces digo: “Me re deprimiría, pero tengo que entregar el texto de un proyecto que me pidieron para esta tarde”, y en eso me divierto todo el día. Llega la noche, se termina el día, me duermo, se acabó. Y así lo voy pateando para adelante.
52° Premio Montevideo de las Artes. Hasta el sábado 6 de junio en el Centro de Exposiciones Subte (Plaza Juan Pedro Fabini s/n), de lunes a sábado de 12.00 a 19.00.