Hey Ladies, integrada por cinco mujeres, regresa a los escenarios con sus canciones dulces y rabiosas para lo que, en principio, será un único show el miércoles en La Cretina. El contraste —voces suaves, letras ingenuas, guitarras que empujan la canción hasta desarmarla— sigue siendo parte fundamental de su identidad.
El reencuentro, tras una década y media de silencio, se dio a partir de la vuelta al país de su bajista y corista, Luciana Giovinazzo, que llevó a que María Laura Prigue (voz y letras), Cristina Toth (guitarra, coros y letras), Sofía Beretta (guitarra y coros) y Anita Miranda (batería y coros) volvieran a sus instrumentos y sus canciones. Al primer ensayo, en una sala improvisada en el living de la casa de Prigue en Paso de la Arena, llegaron con nervios, después de tanto tiempo sin tocar juntas. Algunas no habían vuelto a agarrar un instrumento, otras estaban en un momento distinto de su vida, ya con hijos, pero cuando arrancaron el primer tema, salió entero, sin cortes. Se miraron. La chispa seguía ahí.
Hey Ladies apareció a mediados de los 2000, en una escena independiente efervescente y con una identidad muy marcada. Un show homenaje a los Ramones —que salió especialmente bien— fue el puntapié inicial. En 2010 editaron su único disco, Señora, con el sello independiente Feel de Agua (hoy disponible en plataformas). Después vino la pausa. Y ahora, se animaron a volver, también motivadas por otras mujeres y experiencias como haber visto hace no mucho a unas L7 transpirando sobre el escenario ya sesentonas.
Quienes aman a Pixies, The Breeders o Sonic Youth encontrarán en los temas de Hey Ladies ecos de ese sonido noventero, con la alternancia entre agresividad y sutileza: guitarras que pasan de lo contenido a lo áspero y rompen la canción desde adentro. Un perfil que apuntaló a bandas posteriores que suenan muy cercanas, como las argentinas de Las Ligas Menores.
Sus letras construyen un universo particular: escenas abiertas, imágenes raras —un parque acuático carcomido por el mar o flores fucsias que flotan en el cielo— y lo cotidiano filtrado por una mirada despreocupada. Hay temas que hablan desde la experiencia femenina: desde no encajar como la “típica muñequita” pero igual querer una oportunidad con alguien, hasta volver de una fiesta con un hombre que en el camino se revela un “banana” y desear volver a bailar con tus amigas. Todo con una actitud poco solemne, humorística, pero con momentos muy bellos.
Otra escena posible
En la memoria de Prigue, también gestora cultural, la escena de hace 15 años aparece con otra lógica: más cercana, más improvisada, más accesible. Había otros lugares para tocar, menos estructura e intermediarios. Sin redes sociales, las propias bandas salían a pegar afiches, repartían flyers en otros toques, y los conciertos circulaban casi de forma natural. “No necesitabas estar remando una fecha tuya. La gente se enteraba e iba”, recuerda.
Compartían escenario con bandas como Amelia, Solar o Carmen Sandiego, que hoy despiertan nostalgia y también deseo de haberlas visto en vivo por otras generaciones. Prigue recuerda que también había menos exigencias técnicas y económicas. Hoy, dice, una banda a poco de empezar ya tiene manager, sonidista, técnico de luces. Antes, muchas veces, el sonido lo hacía un amigo o quedaba seteado y se arrojaban a tocar. Ese cambio convive con una mejora en lo sonoro. “Hay una preocupación y una exigencia”, reconoce. Pero esa profesionalización también elevó los costos y redujo las posibilidades de tocar con frecuencia.
A eso se suma la falta de espacios. Señala que lugares como la Sociedad Urbana Villa Dolores funcionan para ciertos públicos, pero que hay pocos escalones intermedios entre salas chicas y espacios grandes como la Sala del Museo. “Hay pocos lugares donde tocar, entonces todo ese equipo, todos esos costos fijos de tu show, después no tenés mucho espacio donde desarrollarlo”, dice.
También cambió el clima. Antes lo recuerda como “más callejero, más anárquico”, con shows espontáneos, menos regulados, aunque con desventajas como horarios caóticos: los recitales podían empezar a las dos de la mañana. Hoy, en cambio, percibe más orden, pero también más rigidez. “Querés hacer algo y es impresionante la cantidad de trámites, permisos, costos fijos; está difícil. No estoy muy optimista respecto de lo que sucede en este momento”.
A nivel musical, Prigue destaca la diversidad actual: desde el postpunk de Naoko hasta el sonido más crudo de Flor Sakeo o la psicodelia de Los Nuevos Creyentes. Sin embargo, entiende que el problema está en la circulación. “Lo que está faltando son oportunidades para las bandas de ser mostradas, para que la gente las conozca”, señala. Y agrega que muchas veces el público veinteañero interesado en el rock termina conectando con las mismas bandas de hace treinta años, en parte por la oferta disponible.
En ese contexto, acceder a nuevas propuestas requiere una búsqueda activa, mientras programas argentinos llenan estadios aquí. “Eso me parece grave”, apunta.
El regreso también implica reencontrarse con una forma de tocar. “Nosotras nos tentamos, arrancamos el tema y volvemos a empezarlo”, dice Prigue. Una dinámica que sigue presente.
Aunque ensayan mucho para llegar ajustadas, hay algo que no quieren perder: cierta espontaneidad. “Hay una frialdad en lo que sucede hoy con la que no conectamos”, dice, y recuerda cómo lo resumió un técnico hace algunos días al buscar cómo ubicarlas en el escenario: “´Veo que ustedes se miran y se sonríen´. Bueno, es eso”.
Hey Ladies. Miércoles 29 de abril en La Cretina (Soriano 1236). Entradas $ 500 en Redtickets.