En 2022, El Gavilán organizó un recital para homenajear a Los Tontos, la banda más popular del rock uruguayo de la posdictadura, disuelta en 1988. Para eso, convenció a buena parte de los cantantes icónicos del rock uruguayo de aquella época de que se encargaran de las voces -Gabriel Peluffo, Tabaré Rivero, Alejandra Wolff, Jorge Nasser, Mandrake–, así como a figuras más recientes y de otros palos musicales. En 2024, redobló la apuesta y consiguió que los dos sobrevivientes de la agrupación, el baterista y compositor Trevor Podargo (Leonardo Baroncini) y el guitarrista Calvin (Fernando) Rodríguez, volvieran al país para dar un único espectáculo junto a él, con el nombre de Los Tontos 2.0. Lo que ocurre entre ambos conciertos es la línea principal de Afilo mi gillette, el documental de Juan Meza e Ignacio Jaunsolo.
Obviamente, ese relato está centrado en El Gavilán, que debe preparar el segundo recital junto a músicos mayores que –se remarca una y otra vez– admira profundamente. Los nervios llegan a afectar la salud del guitarrista y eso provee al documental de un pico dramático, aunque tal vez el exceso de declaraciones de El Gavilán actúe en la dirección opuesta.
La otra línea, la que bucea en la historia de Los Tontos, demora veinte minutos largos en asomar y está sostenida sobre todo por testimonios. Además de Podargo y Rodríguez, hay apariciones de la escritora Rosana Malaneschii -autora de una novela-ensayo en la que, como en este documental, vincula a las letras Los Tontos con la iconografía montevideana–, de Gustavo Parodi (guitarrista y compositor de Los Estómagos y Buitres), Riki Musso (ex Cuarteto de Nos) y Miguel Olivencia, antiguo manager de Los Tontos y empresario musical (es, entre otras cosas, el creador de los premios Graffiti).
Parodi y Musso aportan una visión externa pero cercana: Los Estómagos y el Cuarteto de Nos fueron protagonistas, junto a Tontos, Traidores y otras bandas del compilado Graffiti (1985), del renacer del rock uruguayo a mediados de la década de 1980, que fue el correlato sonoro de la recuperación democrática. Parodi, entre otras cosas, pinta el ambiente en que se conocieron los futuros Tontos, el circuito de boliches y espacios en los que se ideaban y desechaban decenas de posibles bandas. Además, como “sano rival”, da cuenta de la enorme popularidad que obtuvieron Los Tontos con “El himno de los conductores imprudentes” (o “la canción del puré”, como le decía la gente) y con casi todos los temas de su primer disco, editado en 1986, y nos coloca en la perspectiva de una época en la que la radio era el medio fundamental para cimentar una carrera en la música.
Riki Musso contrabandea, con su usual capa de humor y extrañeza, una mirada crítica tanto de los mecanismos comerciales que posibilitaron el ascenso de Los Tontos (“la maquinita estaba armada”, dice) como de algunos elementos que caracterizaron la música de la banda, y en especial llama la atención sobre la forma de cantar de los vocalistas de aquel rock uruguayo, en las que detecta acertadamente una influencia del rock español, tendiente a lo declamativo. Con delicadeza habla de los cantantes en general, pero se refiere particularmente al estilo de Renzo Teflón (Renzo Guridi), bajista y compositor de Los Tontos.
Renzo Teflón, fallecido en 2018, es el gran ausente de esta historia, pero, como el agujero negro en el centro de cada galaxia, es la fuerza que nucleaba a la banda y la que sigue nucleando su memoria. Como el documental privilegia los registros propios y descarta casi por completo material impreso y archivos de audio, el carisma de Renzo Teflón solo es perceptible a través de la valiosa recuperación de apariciones televisivas de Los Tontos –que llegaron a tener su propio programa en Canal 4– y de algunos recitales de la época.
El testimonio de Miguel Olivencia también es invaluable, porque permite calibrar la velocidad y la magnitud del éxito de la banda, así como de algunos factores que precipitaron su final. Lo que da a entender sobre los conflictos por derechos de autor –para el segundo disco Teflón había compuesto la mayoría de los temas– y sobre su propio cansancio como gestor, así como de la disolución del grupo en el mismo momento en que conseguían un contrato internacional, resulta un inmenso aporte a la historia de la música popular en el Uruguay.
Si Olivencia ilumina los factores internos que condujeron al fin de Los Tontos, Parodi da algunas pistas sobre los externos, que se manifestaron en el rechazo que una pequeña parte de la audiencia les manifestó en el Montevideo Rock II. Con palabras sentidas, el ex Estómagos cuestiona la decisión de la banda de abortar su actuación ante la avalancha de objetos que llegaban al escenario. Es curioso: hoy casi todo aquel rock nacional parece virado al punk, y en ese contexto Los Tontos, aun con su energía y su “humor de denuncia” (entre otros estilos de humor), pasaban por una banda pop para algunos puristas.
Sin embargo, la de Afilo mi gillette no es una historia sombría de ascenso y caída de un grupo de artistas muy populares, sino el seguimiento amable de un recital que llegó a buen puerto. Las palabras, y sobre todo la disposición de Podargo y Rodríguez –que volvieron al país para promocionar el documental y siguen compartiendo cuentos graciosísimos–, la forma en que miran a su pasado con cariño y alegría, compensan toda insinuación amarga y le hacen el mejor regalo a la perseverancia de El Gavilán. Lo que lograron Los Tontos seguirá dando que hablar.
Afilo mi gillette. 90 minutos. 23 y 25 de abril a las 21.00 en la Sala B del Sodre.