El director y guionista español Cesc Gay se caracteriza por un estilo íntimo y cercano que pone foco en los vínculos humanos. Se mueve con comodidad entre la comedia y el drama, con diálogos naturales y sensibles en torno al amor, la familia y las crisis afectivas. Su forma de contar se sostiene en lo mínimo (un gesto, un silencio, una charla) y desde ese lugar logra hablar de lo más profundo: cómo amamos y cómo atravesamos nuestras propias contradicciones.
Ahora regresa con la hermosa dramedia 53 domingos, una historia que sigue a tres hermanos que se reúnen para tomar la difícil decisión sobre qué hacer con su octogenario padre, cuyo deterioro cognitivo empieza a ser evidente e insostenible. ¿Lo llevan a un residencial para la tercera edad? ¿Se va a vivir con alguno de ellos? Lo que empieza como una conversación práctica y casi un trámite se termina convirtiendo en una reunión atravesada por tensiones, reproches y deudas emocionales pendientes.
Presentada con grandes críticas en el 72º Festival Internacional de Cine de San Sebastián, la película es una adaptación de la obra homónima del mismo Gay y cuenta con un gran elenco español: Javier Cámara (El olvido que seremos) en el rol de Julián, un actor desempleado y dueño de la casa donde se organiza la reunión; Javier Gutiérrez (Campeones) como Víctor, el hermano mayor pedante y exitoso en lo económico; Alexandra Jiménez (Bajo terapia) como Carolina, la esposa de Julián y mediadora del grupo, y la enorme Carmen Machi (Ocho apellidos vascos) como Natalia, una profesora universitaria que siente sobre ella todo el peso de la responsabilidad familiar. Un actor venido a menos, un empresario arrogante y una mujer que carga con un peso emocional desmedido: una mezcla tan dispar como disfuncional.
La trama es una lectura ácida y lúcida sobre los vínculos y las infinitas crisis que desatan, el paso del tiempo y la vejez, las responsabilidades familiares, los rencores, lo no dicho y lo que brota cuando finalmente se dice, las familias elegidas más allá de la sangre, la romantización de las relaciones entre hermanos, la falta de comunicación y los traumas pasados. En un contexto de historias livianas que tienden a diluir matices y a recostarse cada vez más en la acción, Cesc Gay elige ir en una dirección contraria: apoyarse en los diálogos para sostener una rica y potente historia. Con un tono que oscila entre el drama y el humor incómodo, cada charla entre hermanos es un dardo filoso de crítica, humor, pasada de facturas y celos. Los roles socialmente designados dan cuenta de forma sutil del peso de los moldes familiares: la hermana mujer es la obsesiva que se hace cargo de lo que no le corresponde, el hermano mayor es el pedante que cree saberlo todo, el hermano menor es el bohemio y algo resentido que siempre se sintió invisibilizado.
Sin embargo, nadie es del todo inocente ni completamente culpable; todos son encantadores y odiosos a la vez, y esa ambigüedad moral potencia la trama, en apariencia sencilla pero que crea una constante sensación de que algo está por explotar. Con inteligencia, el director elige una ambientación sobria, de aire casi teatral, que amplifica aún más la sensación de encierro emocional: los espacios son reducidos y la cámara se mueve cerca de los actores, intensificando la incomodidad y llevándonos casi a formar parte de esa tensa reunión.
Queda en evidencia que lo central no es tanto la decisión en sí misma, sino la manera en que cada personaje atraviesa la situación. 53 domingos es un relato íntimo y sincero sobre las dinámicas humanas y una radiografía honesta y poco complaciente de los vínculos familiares que nos patea paradigmas sobre la responsabilidad, el afecto y las decisiones que dejan huella y nos marcan.
53 domingos. 78 minutos. En Netflix.