Al director Sergio Luján, nacido en Buenos Aires en 1974 y radicado en Montevideo hace 25 años, las dictaduras del Río de la Plata, las cuestiones políticas en general, lo movilizan personal y artísticamente. Cuando Rossana Mutarelli fue a ver su versión de Madre Coraje, hace dos temporadas, le comentó que tenía un texto inédito que podía interesarle. Hablaba de Margaritas en el mar, ganadora del Premio Nacional de Literatura en 2012.

Luján empezaba ya a proyectar la realización y entonces el director de orquesta y director del teatro Solís, Martín Jorge, lo convocó para inaugurar el Mes de la Memoria en la sala Zavala Muniz. En 2017 habían unido fuerzas para hacer la ópera El cónsul, en la que participaba el colectivo Madres y Familiares de Uruguayos Detenidos Desaparecidos, que irrumpía con una réplica escénica de la Marcha del Silencio. “Justo venía preparado esta obra, así que cuajó todo”, dice Luján sobre esta coproducción con el teatro que entiende como “una inyección de fuerza al entrarle con otro lenguaje a la misma temática”.

Al adaptar la pieza, notó que “había pasado mucho tiempo en relación con la forma en que contaba la anécdota y que merecía una actualización, ya sea no solo de la jerga o el lenguaje coloquial que se utilizaba, que incluso en la época en que lo escribió todavía tenía algo de una dramaturgia un poco anterior, cuando había ecos de lo que había sido el plebiscito de 2009, el caso de Macarena Gelman, que es lo que la inspira”. Los retoques procuraron “hacer que el espectáculo llegue a un lugar más contemporáneo en relación con el lenguaje y la forma”.

Salvo esos ajustes, la esencia quedó. Para Luján, el núcleo era “que el tiempo que había transcurrido todavía lo volvía más grave en cuanto a la inacción, a la impunidad constante que se vive respecto del tema de la memoria, de la verdad y la justicia”. ¿Con qué cuidados se aborda un teatro de estas características? “En principio, con la conciencia absoluta de lo que el texto está tratando y también con el conocimiento de lo que implica la idea de la farsa en términos teatrales”, explica. “Lo que parece extraño es que un tema tan doloroso pueda ser tratado desde un humor patético, desde ese modo farsesco. Eso es lo que tiene de particular la farsa, que te provoca la risa de la situación cómica que la escena propone, pero que en la bajada de lo que estás viendo como espectador te resuena doblemente doloroso. La farsa no invierte la situación, la amplifica”.

“De hecho, es completamente novedoso, porque aquí todavía es muy solemne cómo se encaran estos temas desde el teatro”, continúa el director. “Distinto es en España, si pienso, por ejemplo, en algunos textos de Rodrigo García, o en Buenos Aires, con textos de Tato Pavlovsky como Potestad y Terrenal, de Mauricio Kartun, de la que me encanta una frase maravillosa después de que Caín asesina a su hermano Abel y el personaje de Dios, Tata, habla con el espectador y le dice: ‘Pero encima de genocida, es pelotudo’. Desde ese lugar farsesco, hablando en términos graciosos, está hablando de todos los genocidios producidos en ese suelo, de la última dictadura cívico-militar, de los pueblos originarios, de los pueblos afrodescendientes aniquilados en la guerra de Paraguay”.

Foto del artículo '“La farsa no invierte la situación, la amplifica”: la obra que abre el Mes de la Memoria en el Solís'

Foto: Santiago Bouzas, difusión Teatro Solís

Para reformular la tragedia bíblica de los dos hermanos, Kartún tomó la forma paradigmática de “la pareja tristísima y maravillosa del clown blanco y el payaso Augusto, el que oprime y el que sufre”, un esquema que en términos de gags se repite en Margaritas en el mar. “Se pasa por un montón de clichés propios del mundo del clown, que tanto Marcel Sawchik, que hace el aviador, como Fernando Amaral, que hace el payaso, conocen muy bien. Lo juegan y te reís y te duele muchísimo”, cuenta el montajista.

A Noelia Campo, en cambio, le tocaban roles que se van endureciendo: “Es maravilloso el trabajo que hace Noelia, porque es como una especie de matrioska, como una muñeca dentro de otra muñeca, desde donde van emergiendo distintos personajes. Su personaje raíz es la trapecista de ese circo, que custodia el aro de la verdad, que es como el instrumento de la justicia en ese lugar. Y va encarnando distintas mujeres que se relacionan con este dúo de payasos para guiarlos hacia la idea de verdad”.

Berta Pereira y Pollo Píriz ejecutan música en vivo. “Es un placer”, asegura el director, porque “eran las personas idóneas para la composición de esta música que va del circo a la tragedia”. Además generaron nuevas posibilidades con instrumentos no tradicionales: “Tocan con tapas de ollas (de una marca de acero que sale muy cara y que tiene un sonido muy prístino) o con una especie de bombo legüero que se golpea, pero que tiene una extensión de una rama con unas cuerdas que suena como un bajo bombo. Es una locura, son unos genios y no solamente en la composición, juegan y entran en la pista, bailan y actúan”.

El título, con las flores como símbolo de ausencias, alude a “lo que implica la idea de la margarita en nuestro estuario, en nuestros desaparecidos arrojados allí, de una orilla y de la otra. Tiene que ver con Chile, también: hay un grupo que tiene un tema sobre un poema de los desaparecidos arrojados al agua y se llama igual”, dice en referencia a “Margaritas en el mar”, que editó en 2011 el grupo González y los Asistentes con el poeta Raúl Zurita.

Mantener ese título fue la única condición que Mutarelli le puso al director: “Se relaciona con otras voluntades artísticas que implican el mismo destino. Se produce finalmente un diálogo entre todas las manifestaciones. Es como renovar la fuerza de la búsqueda y llegar distinto a generaciones más jóvenes, con otro lenguaje, que no implique ese lugar repetido de la lucha, sino de una manera más cercana”.

Margaritas en el mar. 9, 10, 16, 17, 23 y 24 de mayo a las 20.30 en la sala Zavala Muniz. Entradas $ 650 en Tickantel. 2x1 para la diaria.