Todos tenemos ese amigo que nos recomienda películas que nunca vemos. Él lo sabe, yo lo sé. Y lo sé porque para otro amigo yo soy el primer amigo, el que recomienda. Uno escucha (o lee, dependiendo de cómo le comuniquen la recomendación) y suma a las “mi lista” de la plataforma correspondiente, si es que se encuentra en alguna, porque también recomiendan cosas que se encuentran en aguas profundas.

Tanto he traicionado a mi “ese amigo” que, cuando encontré en HBO Max una película colombiana de la que me había escrito pocas horas antes, lo tomé como una señal divina. Una pequeña retribución ante tantos comentarios ignorados. Así llegué a Un poeta, film dirigido por Simón Mesa Soto que cuenta al mismo tiempo una historia muy local y una muy latinoamericana.

Su protagonista es Óscar, un poeta que la pegó allá por 1992. Ganó un premio, publicó dos libros y todavía le quedan ejemplares de ambos. Revive glorias pasadas en una casa de poetas rodeada de gente que perfectamente podría ser de acá a la vuelta, hasta que escuchás el acento.

Al comienzo, Óscar se nos presenta como un Ignatius Reilly cafetero, que vive con su madre sin aportar a la canasta familiar y con largos proyectos que cambiarían al mundo si algún día los terminara, como el protagonista de La conjura de los necios. Pero el pobre Óscar ni siquiera se tiene en alta estima, como puede atestiguarse desde el lenguaje corporal que Ubeimar Ríos le imprime en cada segundo que aparece en pantalla, muchos de ellos con el personaje en estado de ebriedad. Y en lugar de Boecio, su modelo a seguir es el poeta José Asunción Silva, quien se suicidó en 1896 a los 30 años.

Como Reilly, el personaje de John Kennedy Toole que protagoniza La conjura de los necios, Óscar finalmente busca un empleo, en su caso para ayudar a su hija, con la que tiene muy poco contacto. Comienza a enseñar poesía en un liceo y ahí conoce a Yurlady, una joven promesa que parece escribir con una facilidad que ya le es ajena, si es que alguna vez Óscar la tuvo. De inmediato se erige como su mentor, en un plan que necesita del compromiso de la joven, que prefiere estar haciendo cualquier otra cosa en lugar de ir a una escuela de poesía.

Lo que sigue son los pasos de un plan poco ambicioso, que puede ser la última oportunidad de Óscar para arañar la gloria, aunque sea a través de otra persona, y de paso ser el buen padre que nunca fue. Pero para ello es necesario que todos los actores involucrados se manejen como una pieza de relojería. Eso incluye a los capos de la casa de poetas, el repugnante poeta que sí la pegó, las autoridades del liceo y la numerosa familia de Yurlady, que accede al plan de Óscar ante la promesa de un premio en metálico.

Las dos horas de Un poeta se pasan volando entre momentos de vergüenza ajena y otros hilarantes, aunque igual de vergonzosos. La presentación del concurso de poesía, con su fauna variopinta, será el desencadenante de un tercer acto en el que solamente querremos abrazar a Óscar y decirle que todo va a estar bien, por más que sepamos que es mentira. Como cuando le decimos a un amigo: “Te juro que voy a ver esa película que me recomendaste”.

Un poeta. 120 minutos. En HBO Max.