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Cultura Arte
Muestra fotográfica sobre tecnología China en el Espacio Modelo.
Foto: Ernesto Ryan

Muestra fotográfica sobre tecnología China en el Espacio Modelo. Foto: Ernesto Ryan

Antipoéticas de la inteligencia artificial

Reflexiones en torno a las artes visuales y la tecnología.

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¿Verdad?

Veinticuatro siglos han transcurrido desde que Platón manifestara su aprehensión al potencial manipulador que poseían las imágenes miméticas de la pintura, a las que consideraba poco menos que un espejo que se coloca frente a la realidad para multiplicarla de forma engañosa, alejándonos de la verdad en varios grados (en tanto posterior al objeto y a la idea) y creadora de fantasmas, engaños y mentiras. Nos resulta difícil entender hoy, observando las réplicas romanas de esas pinturas griegas, el poder de manipulación de la verdad al que se refiere el filósofo. Si bien se había logrado un avance significativo hacia una representación más verosímil, con el modelado de la forma, el claroscuro, el color y la insinuación de perspectiva, lejos está de generarnos la confusión a la que se refiere Platón.

Sin embargo, pareciera haber intuido lo que siglos después el semiólogo francés Roland Barthes denominaría el “efecto de realidad” para aludir a la identificación absoluta del signo con la realidad en la imagen fotográfica. En ese fenómeno tiene lugar un desdibujamiento de la frontera entre realidad y representación; “la carencia misma de significado en provecho del mero referente”, dice en Un mensaje sin código.

Quino parece apuntar a este asunto en una tira en la que repite seis veces la misma imagen de un soldado en una especie de intercambio con una mujer, junto a una niña con su muñeca, en un contexto de ruinas, pero cambia en cada instancia lo que sería la leyenda de la imagen (identificamos entonces que se trata de imágenes periodísticas). El cambio del pie de foto (que cumple con lo que Barthes define como función de anclaje lingüístico que necesita la fotografía) genera un cambio en la interpretación, señalándonos el peligro de creer ciegamente en lo que la imagen de prensa nos presenta como objetivo y cómo toda imagen fotográfica, a pesar de su cualidad de ser testigo en bruto, “un vestigio, un rastro directo de lo real” (como afirma Susan Sontag en Sobre la fotografía), es sensible a la manipulación, quebrando su supuesta neutralidad.

¿Simulacros?

Al igual que Platón, somos testigos de un nuevo salto en el uso de la tecnología para crear imágenes con un grado de verosimilitud que lo escandalizaría. Se actualizan las mismas interrogantes que se planteaba acerca de la relación de la imagen con el referente y, de forma más amplia y compleja, con la verdad. ¿Cómo podemos confiar en la información de las imágenes que se nos muestran, cuando pueden crearse hasta audiovisuales con la apariencia de documental?

Como consecuencia del uso extendido de inteligencia artificial (IA), nos topamos, por ejemplo, con imágenes fantasmagóricas de Montevideo. Caminatas por una antigua 18 de Julio, por el extinto Hotel de los Pocitos, por la histórica calle Sarandí. El grado de representación mimética es asombroso, aunque a veces –cada vez menos– surge un detalle inverosímil (una mano con seis dedos, una desaparición abrupta) que aún nos devuelve al carácter ficticio de esas imágenes. Sobreviene una mezcla de fascinación mágica por dar vida a lo inanimado y de terror por el vacío de la mentira. ¿Será parecido al sentimiento de quienes observaron las primeras proyecciones en movimiento del tren llegando a la estación el 28 de diciembre de 1895? ¿Cómo podemos asegurarnos de que lo que se nos muestra es un documento y no una creación con fines ideológicos? ¿No se potencia aún más la latencia manipuladora de la imagen?

En todo caso, esto no empezó en el siglo XXI. Abundan los ejemplos históricos: Stalin y Mao eliminaron a sus enemigos de varias fotografías (y a otros los eliminaron del todo) mediante trucajes artesanales y precarios, y, sin embargo, efectivos. El fotógrafo ecuatoriano José Domingo Lazos borró, a principios del siglo XX, las figuras indígenas para quitarlas de sus postales. ¿Nos encontramos en una época dorada para la manipulación icónica gracias al refinamiento de las herramientas? ¿Cómo se garantizan los límites éticos en el uso y abuso de estas representaciones?

Hay una cierta inocencia al creer que el uso de esta tecnología permanecerá dentro de los límites de la ficción sin que se derrame a interpretaciones de la realidad, a un simulacro de verdad. El “efecto de realidad” al que aludía Barthes puede ser potenciado a escalas difíciles de imaginar y más aún de discernir. Y hay más: la disolución del carácter de “ser testimonio” o testigo de lo que fue una vez y no volverá a ser. “La imagen quizás distorsiona, pero siempre queda la suposición de que existe, o existió, algo semejante a lo que está en la imagen”, decía Sontag. Al volverse cáscara de verdad sin historia, se deserotiza la fotografía: ya no es una huella, solo un holograma.

¿Sustitución?

Hay aun otro aspecto de la creación de imágenes con IA que conviene atender y problematizar, relacionado no ya con la fotografía sino con el arte. Mucho se ha hablado e intentado atemorizar sobre la sustitución del artista por la IA en la producción creativa. Flota una ilusión de que finalmente la tecnología ha logrado lo que hasta ahora no le era posible: imitar la “plasticidad” de las obras, el estilo particular de cada pintor. Hasta ahora parecía el límite imposible; el “aura” de la que hablaba Walter Benjamin aseguraba que el arte fuera el bastión de lo humano por excelencia, la barricada en la que la presencia creadora tomaba cuerpo en la sutileza del trabajo plástico.

Cabe preguntarse: ¿qué supone este “logro” de la IA? ¿Podemos decir que la pintura y el dibujo se vuelven obsoletos por su capacidad de crear imágenes supuestamente “artísticas” a la velocidad de la luz? ¿Implica verdaderamente una “democratización” de la producción artística? ¿La voracidad tecnológica ha ganado entonces la batalla y se ha apoderado de todos los aspectos de la vida humana? ¿Estamos ante un totalitarismo de la tecnología?

Ante todo, conviene no saltearse los aspectos más sutiles que aportan valor artístico. Quienes sostienen que la creación con IA es capaz de surtir a las creaciones humanas ignoran lo poético que queda encarnado en la presión del lápiz, el temblor de una pincelada, la distorsión de la forma y las proporciones, la búsqueda de combinación de colores en las mezclas. Son factores relacionados con el carácter del artista: una pincelada de Carlos Federico Sáez más ondulante y matérica asociada a su juventud, una sensibilidad al uso del color de los planistas asociada a una época de bonanza y felicidad, la deformación estilizada de los cuerpos del Greco como metáfora de la ascensión espiritual.

La presencia del artista, su “acción” de pintar o dibujar, queda atrapada en el gesto plástico irrepetible. También lo que Francis Bacon denominaba “el accidente”, lo inesperado que surgía en el trabajo con la materia y que sugería algo más. La imagen de IA carece de lo accidentado significativo; es un signo sin significado que anula un sentido más allá de lo concreto, una denotación-denotación, la despoetización de la experiencia estética. La ausencia de punctum, ese desgarro incierto que produce la imagen, definido por Barthes en La cámara lúcida. Nos queda el asombro del acto de magia tecnológico sin la huella metafísica del hombre.

Fue sencillo comprobarlo en 2025 durante la voraz y vertiginosa producción masiva de caricaturas producidas con IA. Todas tenían el mismo estilo, los mismos colores y la misma adulación a sus referentes. ¿No era un valor constitutivo de la caricatura su potencial de crítica, que desafiaba el poder, como la problemática representación de Cristina Fernández de Kirchner por Sábat? Lo que vimos recientemente fue una ola de retratos muy favorecedores, con el narcisismo de la imagen idealizada, que no hicieron más que aburrir con la autocomplacencia que se observaba en el contenido y en el estilo pictórico desprovisto de lo humano, exhibido en la vitrina de las redes.

Claridad absoluta de la imagen, denotación a niveles extremos, deserotización del mundo. Y más aún: la IA no solamente le arrebata la poesía a la representación, sino también su poder crítico. Esto banaliza el concepto de imagen y la potencia que en ella podemos encontrar como herramienta de problematización de la realidad, con una neutralización de la rebeldía y cierta anestesia visual.

¿Atajo?

Por último, ¿no hay algo que se pierde en la rapidez de la ejecución? La creación de una imagen artística se define fundamentalmente en su proceso de elaboración, que da lugar a que los accidentes ocurran y sugiere caminos posibles hasta entonces no imaginados, así como implica tiempo de maduración de las ideas, reflexiones sobre las decisiones tomadas y los rumbos a tomar. Este proceso heurístico desaparece en la inmediatez de la creación con IA, que resuelve en un parpadeo lo que requiere tiempo de gestación.

¿Es la inmediatez una virtud? La gestación permanece oculta en estas creaciones, lo que plantea desafíos acerca del concepto de autoría de la obra como en las ya casi olvidadas fotos al estilo Studio Ghibli que vimos hace unos meses. ¿Puede hablarse de autoría cuando no se controla el proceso? Al crear a la manera “humana”, no solo se transforma la obra, sino el propio creador, que estimula sus resortes mentales, supera obstáculos y crece intelectualmente, potenciándose hacia nuevos desafíos. Ocurre la construcción del artista en la construcción de su obra.

En cambio, la creación con IA sugiere que el artista solo reproduce mecánicamente: si todos tenemos acceso a la tecnología, todos seremos artistas sin tener que atravesar las dificultades de la tarea; no hace falta más que un clic. Lo que se pone en cuestión, entonces, es la definición misma de artista.

Velocidad, falta de rebeldía y del “yo estuve allí” de la imagen fotográfica, deserotización de la obra y de la autoría. ¿Qué aporte trae la IA para la experiencia estética o documental?, ¿a quién beneficia esta supuesta sustitución de quien crea? Y más atemorizante aún, ¿qué tal si estas imágenes banales son las que mejor representan a una sociedad que ha vaciado su existencia de significado, de poesía, de verdad?