La hipótesis del encuentro de dos personajes que representan realidades antagónicas en un mismo espacio es frecuente en las experiencias escénicas. Mario Benedetti, en Pedro y el capitán, reúne a un torturador y su víctima y desarrolla posibles diálogos que van mostrando las características de los personajes. Marcel Sawchik, en El último estertor, reúne a un verdugo y su víctima antes de la ejecución. Para Rescatame, Gustavo Bouzas hace convivir a un “ñeri” y un empresario, ambos víctimas de un secuestro, en un sótano húmedo.
En este caso, Leonardo Martínez Russo reúne a una soldado de un ejército ocupante y una miembro de la resistencia, luego de un atentado. La particularidad de Un cuento de otro planeta es que el autor decide ubicar a sus personajes fuera de coordenadas “terrestres”, lo que libera al equipo para desarrollar la historia hacia situaciones que quizá no serían plausibles de otra forma.
Solo en un pasaje del espectáculo se dan pistas de una situación concreta, cuando Saya, la rehén irgu, le dice a Alexandra, del ejército ocupante yazí, que el conflicto que viven no es una guerra, en tanto su pueblo ha sufrido “42.000 personas asesinadas en un año, 115 por día, cinco por hora. 17.000 son niños, 10.000 son mujeres, 130 son periodistas, 1.000 son personal médico. 100.000 desaparecidos entre los escombros. Dos millones de desplazados nunca volverán a casa. Ya no hay casa”. No es difícil entender que los números se corresponden a la ocupación que el ejército israelí realiza en la Franja de Gaza.
El autor lo aclara. “La obra surge a fines de 2024, y sí, esos números son sacados de un informe en su momento sobre Gaza. Y si bien trasciende la coyuntura, la obra parte del dolor de ver esa ocupación y de la preocupación y la reflexión en sucesivas charlas tanto con Flor como con Lua y con otros colegas sobre este eterno bucle entre opresores y oprimidos que la humanidad parece repetir”, dice en referencia al elenco compuesto por Florencia Salvetto (que representa a Alexandra) y Luana Bovino (Saya). “La idea de que sea Un cuento de otro planeta, irónicamente, es que de alguna forma distancie el asunto para poder pensarlo mejor”, explica.
Las protagonistas son mujeres, lo que permite “intersectar” algunas opresiones. “Tenía la idea de hacer una obra juntando a Lua y Flor, y, como siempre, durante los procesos las personas, los cuerpos del elenco ‘hacen’ también a la obra. Entonces pensamos explorar cómo es ese vínculo extremo de la guerra entre dos mujeres”. Las actrices no se conocían antes de este espectáculo, lo que sumó bastante porque, continua el director, “las actrices se iban conociendo en el proceso, así como los personajes se van conociendo en las circunstancias de la obra”.
En el desarrollo de la obra los personajes brindan “informes” de su situación, además de entablar un diálogo entre ellos. “Es un juego con el tiempo que hace la obra, que también permite relatar y contar los hechos, y por lo tanto pensarlos. Y reflexionan al borde de filosofar, de alguna forma, y de poetizar el drama que están viviendo. Eso posibilita que reflexionen en torno al odio, a la justicia, a la libertad, a la religión y su alcance. Y a la renuncia de las propias ideas o de la propia fe, como una hendija de esperanza. Creo que esa posibilidad nos la da la idea de que sea un cuento ‘en otro planeta’. Si estuviera situado en forma más documental, sería muy difícil poder distanciarnos y poetizar y reflexionar. Del propio invento del título surge esa posibilidad de reflexión. Más que buscada es encontrada esa forma de escritura en algunos pasajes”.
El antagonismo de los personajes se sustenta en gran medida en dos sistemas de creencias también antagónicos. Martínez señala: “Nos pareció fundamental delinear bien cómo eran las cosmovisiones. El eterno (yazí) es más patriarcal. Y tiene una forma de hablar en la que el tiempo futuro es lo fundamental y la concreción en el presente. Y Gaia (irgu) es matriarcal, es de lo circular, y el tiempo histórico tiene más en cuenta el pasado, lo tradicional. Eso se nota en los idiolectos de los personajes, algo que trabajamos concienzudamente”.
Los personajes se modifican brindando una “hendija de esperanza”, como diría el autor. La hermosa versión final de “Nocturna”, de Daniel Viglietti, parece tener que ver con una toma de conciencia de los personajes de que su destino está en sus manos, no en las estrellas (“Yo descubrí que los planetas/ no son culpables de las restas/ que la matanza de mi tiempo/ no es culpa de esos elementos/ yo comprendí que no son tretas/ que sean obras de planetas/ no”).
La propuesta se gestó y estrenó, en gran medida, en ciudades del litoral, donde vive el autor (en Montevideo ha trabajado muchos años con la compañía El Almacén). Gran parte del proceso de ensayos transcurrió en Fray Bentos (“agradezco a la sala del teatro Sin Fogón”, comenta Martínez) y el estreno fue en Imaginateatro, en Paysandú.
“Otro agradecimiento para esa barra litoraleña. A veces es tan grande la dificultad o los costos para conseguir sala en Montevideo que dijimos ‘si acá la conseguimos sin costos y con mucha amabilidad de colegas y amigos, vamos a empezar estrenando acá, tranquilos, y después vamos allá’. Nos encanta estar en Montevideo, pero tiene esa característica de que hay que ganarse los espacios de otra forma, más rígida. Así que empezamos por Imagina, hicimos dos funciones, y después en Sin Fogón hicimos otras tres. Y llegamos a la sala Cero de El Galpón con cinco funciones arriba. Ahora estamos procurando, una vez termine la función del 25 de junio, acceder a alguna otra sala de Montevideo y hacer alguna otra en el litoral y en Maldonado. Estamos tirando líneas”.
Un cuento de otro planeta. Jueves 25 a las 20.30 en la sala Cero de El Galpón.
