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_Gioia mia_.

Gioia mia.

El hueco entre niños y viejos: Gioia mia: un verano en Sicilia

La película de Margherita Spampinato y su visión del diálogo intergeneracional.

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No existe un cine tan obsesionado con las infancias como el de Italia. Por fuera de sus peculiaridades culturales (entre las que se puede señalar una tradición de crianza que se da de una forma más bien comunal –sobre todo en el sur del país–, lo que hace a los menores más partícipes de historias que en otros lados solo correrían por cuenta de los adultos), en lo estrictamente vinculado al cine, el niño, sobre todo a partir del neorrealismo, se convirtió en una de las imágenes-metáforas claves del che vuoi nacional de la posguerra.

El infante podía ser tanto la efigie de una inocencia arrebatada por el fascismo como un canal de intensidades morales (Enzo Staiola cuando llora al ver a su padre ser casi linchado en Ladrones de bicicletas) o una tabula rasa en la que se imprime el mal (el rostro imperturbable del niño germano cooptado por los resabios del nazismo en Alemania, año cero), pero también tomaba la forma de una nueva Italia reconstruida entre los escombros de los bombardeos y el hambre. Más que entre adultos y ancianos (como ocurrió con mucha intensidad en el cine japonés), el cine italiano estuvo muy pendiente de la relación entre niños y viejos, casi salteándose una generación, como si en lo traumático solo hubiese tradición y futuro, pero una gran dificultad para pensar el presente.

Más allá de las deudas que quedaron tras el horror de la guerra, la presencia de jóvenes y adolescentes no es exclusiva del neorrealismo. En lo que va del siglo XXI ha aparecido un importante número de películas que abordan este grupo etario: desde la tempranísima infancia con La pivellina (Rainer Frimmel, Tizza Covi, 2009) al rango más cercano a la adolescencia con Corpo celeste (Alice Rohrwacher, 2013), A ciambra (Jonas Carpignano, 2017) y Pirañas (Claudio Giovanezzi, 2019).

La falta de puente generacional entre infancia y vejez es crucial en la estructura de Gioia mia, una película en la que solo hay viejas y niños, pero nadie entre medio. Esa falta de tejido conectivo se da entre una Italia antigua y una Italia nueva, pero también en la siempre tirante relación entre norte y sur.

Nico (no dice de qué ciudad es, pero posiblemente sea de Milán o de otra parte de ese norte más elegante y rico) es metido en un avión por sus padres y enviado a Sicilia, a la casa de una tía abuela. Las razones son laborales (todavía es verano y sus progenitores, al retomar actividad, no tienen con quién dejarlo), pero pende sobre el pibe el duelo por una babysitter que renunció a sus funciones para casarse en el extranjero.

Marco Fiore interpreta a la perfección ese papel de púber un poco demasiado dramático y serio para su propio bien, un alma en pena cuya precocidad diluye la parte más banal de sus caprichos. Como contraparte está Gela (Aurora Quattrocci), una señora de rostro apergaminado que es la condensación de todo lo italiano vieja escuela: dueña de una casa atiborrada de santos y figuras crísticas, cocinera de platos sicilianísimos, hábil jugadora de cartas, ocasional consultora de tarot, perpetua confidente de los chusmeríos del complejo en donde vive.

La directora, Margherita Spampinato, elige en la fotografía una paleta alternante similar a la que usa Paolo Sorrentino en Fue la mano de Dios (2021): interiores marcados por amarillos, negros y ocres caravaggianos donde el sol entra por las ventanas como una melaza en contraposición a exteriores a los que solo les basta un hueco para que el azur furioso del mar rasgue la mortaja con olor a cirio y naftalina. Así, los colores y los espacios parecen hablar de una dualidad que debe enfrentar Nico: el claroscuro de los fantasmas del pasado y el sol abierto y despampanante de la vida por vivir.

Un poco por miedo, un poco por tozudez, Nico elige quedarse dentro, recluyéndose en el living de la casa de Gela, hasta que una chica de su edad comienza a empujarlo para que salga de su caparazón (hay, seguramente a conciencia, de parte de la directora, cierto parecido entre la chica y la versión cuasi onírica de la babysitter que aparece al comienzo del film, señalándose quizás que es una nueva versión –más ajustada, más atinada– del mismo objeto amoroso).

Detrás del formato clásico de coming of age, hay también un interés en hacer que el autodescubrimiento de Nico vaya acompañado por el desciframiento de algunos secretos familiares. Estos secretos están íntimamente ligados a la noción de lo fantasmal, que se asocia tanto a fenómenos auditivos incomprensibles, que tienen anonadadas a las personas del complejo, como a un escenario en que la presencia de santos y demás potencia el ambiente de suspensión temporal. Sin embargo, es difícil precisar si la película encuentra una explicación demasiado rápida a estos sonidos, pero en lo concreto el misterio se va diluyendo en favor del desarrollo (más natural, más lineal) de Nico. Entre los ecos de su denso pasado familiar hay un niño fallecido al nacer y un vínculo tapado por Gela a partir de unas fotografías descubiertas en una caja, pero estos descubrimientos nunca llegan a ampliar sus puntos de fuga o carga metafórica (no tiene la fuerza del descubrimiento con base en fotografías de, pongámosle, 45 Years, de Andrew Haigh, 2015).

Aprendizaje flechado

En películas en las que el centro de la acción es el vínculo entre un niño y un viejo suele esperarse que la transformación se dará en un ida y vuelta generacional: el niño adquiere un aprendizaje valioso de los mayores y el viejo adquiere del joven una nueva energía para destrabar aspectos que lo mantenían aislado o entumecido. En Gioia mia, sin embargo, todo el aprendizaje es unidireccional: el gran arco de descubrimiento es casi exclusivamente de Nico, quien aprende los primeros rudimentos de ser un hombre y a apreciar cosas más directas y auténticas que estar todo el día enchufado al celular. No es necesariamente un defecto, pero sin dudas la película está envuelta en un aire mucho más conservador de lo que (creo) es consciente: un mocoso que aprende lo que es vivir y amar al ponerse en contacto con las raíces de una antigua Italia. Lo bueno de los viejos valores, la antigua sabiduría de que “para hacer bien el amor hay que venir al sur”.

Gioia mia es, sin dudas, entrañable, pero durante todo el metraje pensé a quién podría destinarse un film así, porque es definitivamente una película complaciente con el mundo de los viejos, pero, a su vez, el exceso de subrayado de algunas de sus escenas (bordeando las moralejas episódicas) parece más propio de un cine de formato infantil. No es un tema de tono o de imaginería, sino de estructura: cada escena tiene una finalidad bastante específica y uno puede anticipar lo que sucederá unos minutos antes.

A su vez, los conflictos o los eventos son resueltos casi de forma genérica: por ejemplo, en el primer encuentro fallido con los niños del complejo, a Nico inmediatamente le vendan los ojos, lo hacen jugar a la gallinita ciega y se le termina arrojando un balde de agua para que parezca que se meó encima. No es que todo eso resulte demasiado (la maldad de los niños en la vida real puede no tener límites), pero la velocidad con que se concatena todo –y la cámara en mano que filma de forma exageradamente dramática el juego– tiene un rol expeditivo, poco sutil.

Las necesarias desavenencias entre Nico y su enamorada sufren del mismo tono genérico y estructural. Uno sabe que en las películas las historias de amor a los tres cuartos del metraje sufren un revés, pero en esta se siente particularmente formulaico.

Si todo esto parece ser una crítica al film, es porque lo es. Muchos de estos momentos se sienten como cuando uno hace un tratamiento de guion y tiene la escaleta de tono y acciones, pero todavía no llegó a desarrollar los diálogos y escenas. No es que las cosas pasan porque sí, pero muchos de los hilos que las desencadenan están reducidos a su máximo común divisor.

Aun con todo eso, la cobertura del film es suficientemente bella como para hacerlo funcionar. Lo fascinante de Gioia mia es la combinación entre interiores y exteriores, en la que se logra una continuidad entre la perpetua juventud del mar y la cruda pero vital vejez de todas las señoras que regentean el complejo. Son placeres más documentales que ficcionales, más visuales que narrativos: las arrugas y las manchas de humedad cuentan mejores historias que las que intenta narrar la directora.

Gioia mia: un verano en Sicilia. 90 minutos. En Life Cultural Alfabeta y Cinemateca.