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Cultura Miradas
Foto principal del artículo 'Un mundo mejor' · Ilustración: Ramiro Alonso

Ilustración: Ramiro Alonso

Un mundo mejor

“La representación de la naturaleza ya no está en los objetos cotidianos. Solo hay líneas rectas y superficies planas”

Antes, todo lo dibujaban. Las puertas, las manijas para abrir las puertas, sus dinteles tallados. Adentro y afuera, todo lo garabateaban. Alfombras y cortinas, teteras y tazas, platos y lámparas, azucareros floreados. Cada línea, cada color seleccionado, cada borde veteado parecía estar allí desde siempre, fuera de toda voluntad humana. De pie en el living de tu casa, podías jactarte de vivir entre flores, en un mundo natural en miniatura, pequeño como un juguete, ideal para tus ansias... y enseguida ¿ansias de qué?, te preguntabas.

Podías sentarte en la poltrona verde, cerca de la ventana, y pensarlo. Podías pensarlo durante horas. Buscar la respuesta en los árboles, del otro lado. O en un libro, allí, sobre tu falda. Entrever la respuesta en los amplios muy amplios cortinados, repletos de verdes firuletes. Jugar con esa idea, otra, manipular las ideas como se manipula un objeto, sopesarlas de mano en mano. ¿Qué importancia tenía?, ¿qué importancia podía tener mientras existiese ese mundo vegetal dentro y fuera de la casa?

Ahora no está la naturaleza en los objetos cotidianos. Solo hay líneas rectas y superficies planas. En los platos, los vasos, los cubiertos, en el frasco o la botella que quizá –solo quizá– podrá ser usada más tarde para alojar una planta (pero de ese tema ya hemos hablado antes). Todo tiene ese aspecto liso, lisito y llano, como si hubiese sido producido por un ser sin alma ni arte. Y si te dejás llevar, hasta tus pensamientos se convierten en insulsas líneas rectas, ideas obtusas que se mueven de acá para allá, sin gracia, llevándote hacia ninguna parte.

Ahora si vas en un ómnibus, si sos esa cosa blanda y solitaria, respirando un poco, recostada contra la ventanilla, podés mirar los árboles de Bulevar Artigas y notar esa particularidad: las verdes copas se dividen sutilmente en dos, las altas y las bajas, y las altas están quietas y serias, y las de abajo se mueven, risueñas. Sí, son como niñas que juegan entre las faldas de sus madres. O cualquier imagen así, tierna, estereotipada. Las faldas amplias.

El desdén por los árboles. Qué cosa rara.

Veo todavía la felicidad de aquel personaje, Hirayama, su sonrisa sincera al levantar la cabeza y constatar que los árboles existen, todavía. Sus copas allí arriba, moviéndose apenas. Y enseguida, claro, esa propensión suya a fotografiarlos; a conservarlos. Para muestra, basta un botón, decía alguien. Que gran parte de la emoción de una película –Días perfectos, en este caso, del gran cineasta alemán Wim Wenders– se concentre allí, arriba, en el aire alto, en esa constatación vulgar, ordinaria (qué bellos los árboles), debe tener que ver, y mucho, con todo esto de lo que hablo.

El hombre mira, sonríe y fotografía las ramas, su follaje suave y ondulante, oscura silueta contra un cielo claro. Guarda esas fotografías en cajas. Guarda, a su vez, las cajas en un armario. Pero ¿vuelve a sacar las cajas para abrirlas, para mirar las imágenes idénticas, casi idénticas, más tarde? ¿O no lo hace? ¿O es solo esa necesidad imperiosa de conservarlas? Nos queda la duda. Y quizás no sea eso lo importante. Hirayama tiene una sensibilidad especial, él parece ser la excepción a la regla. Por eso lo queremos, por eso lo soportamos durante más de dos horas haciendo eso que es nada, vivir día tras día, como todos los seres humanos.

Ahora vas en un ómnibus recorriendo el ancho bulevar y sos, una vez más, esa cosa blanda y solitaria, recostada contra la ventanilla, imaginando todavía otra realidad, divagándote como se divagaría un tallo que crece tibio y tranquilo sobre la tierra húmeda; dibujando firuletes mentales, uno tras otro; dejando que las ideas, los sentimientos y las emociones circulen, crezcan o mueran, se llenen de ímpetu o se desvanezcan de golpe, y, al igual que todos los Hirayamas habidos y por haber, soñás con otro mundo, otra vez, otra vez, y otra vez; un mundo mejor.