Son casi las tres de la mañana. Para tarde es temprano y para temprano es tarde, así que entre valijas a medio armar he dispuesto armar un mate, el mejor de todo el Mundial.

Tal vez sea por la temperatura del agua, esta vez no calentada en microondas sino hervida en un tachito, o por la gracia de la yerba, que se terminó, rebosante y solidaria junto con el Mundial. Hace unos minutos hice posar en la cocina el termo, ploteado con las calcomanías de la diaria, del Deportivo Uruguay y los nombres de mis cuatro nietos –que Alfonsina, la grande de segundo de escuela, me grabó con una vieja rotuladora–. Estaban en la instantánea, pero faltaba más: también los dos mates y los ex dos kilos de yerba que traje con el certificado del Ministerio de Salud Pública (MSP) en la constancia de transporte de yerba mate, según consta en el folio 3137565, donde el MSP, a través de la División Sustancias Controladas, dejó constancia que el suscrito portaba para su consumo personal “2 Kg (dos kilogramos) de yerba mate ilex paraguariensis marca La Selva”.

Posta, y recién ahora se los vengo a contar. A Doha llevé la mercancía autorizada para consumo personal. ¿Entendés por qué nunca te invité, Ulrik Pedersen? Este pelpa, que me lo llevo de vuelta y que no encuadraré pero por lo menos lo pondré abajo del escritorio, y que lo conseguí solito, sin llamar al Fibra, fue el que me dejó traer hasta esta última cebadura que disfruto mientras la montañita se va humedeciendo como la ladera de una montaña de oro y el vapor fluye del agua casi hirviente de la primera cebada, que con su espuma anuncia el amargor vivificante y entrañable del primer mate.

Por amor al arte

Demasiada yerba para tanta frustración, pienso y siento, si lo proyecto como el combustible para el vehículo que acompañaría las ilusiones mías y de mi pueblo. Con un paquete de yerba barata me hubiese alcanzado si no hubiese creído en el poder de competencia de los nuestros.

Pero no: recorrí medio mundo con dos kilos de yerba y me saqué el retorno pos Mundial para el 20 de diciembre, porque creía por convicción ganada en acontecimientos y hechos incontrastables en la potencialidad de la selección y sus jugadores. Yo no elegí creer, yo creí porque tenía pruebas irrefutables de que lo podrían hacer otra vez.

Mi escritorio es una mesa, mi computadora una tablet, y la banda sonora en los auriculares la pone Jaime Roos. Estoy con Fuera de Ambiente, y justo en este momento está “Por amor al arte”, y mientras voy tecleando esta parrafada, Jaime dice:

“Y cómo no
Todo por amor al arte, todo,
Y porque sí
Todo es arte del amor
Son las musas en su carruaje
Despeinadas de serpentinas
Saludando
Regalando inspiración.

Y aquí estamos mi mate humeante y amargo, y yo, y el Jaime al oído, pensando y escribiendo sobre esta extraña situación de sombreado de yerba y de ganas de venir a buscar una cosa, tan lejos, tan sospechado todo, y llevarse otra.

Porque al final los dos kilos de yerba no sobraron, porque fueron el combustible para acompañar el fútbol, las maratones interminables de cuatro partidos por día, dos en los estadios y los otros dos en centros de prensa o de refilón en el teléfono, y terminar a las cuatro de la mañana, escribiendo de Japón, de Senegal, de Marruecos, y fundamentalmente de Argentina, con el compromiso y mucho del sentimiento con que lo hubieses hecho con la celeste.

Si no lo vivís, no lo entendés

Un Mundial no es joda, y trabajando menos, pero para ninguno de los millones que nos involucramos con un campeonato de este calibre se trata de un momento de distensión, ni siquiera de ocio.

Yo dándole a la tecla acá o el oficial albañil alineando la pared allá, no jugamos ni nos liberamos, ni jodemos con un Mundial, porque un Mundial es cosa seria.

En un Mundial, se juegue enfrente a casa o como este, que acaba de terminar para siempre, comprado por y para Qatar en una gestión de venta de servicios que en el mundo de los negocios puede ser absolutamente lícito (o no), pero que desvía demasiado el estatus de normalidad establecido por la historia y las circunstancias, suceden decenas o centenas de acontecimientos que están ligados con lo técnico, con lo profesional, con lo emocional, con lo afectivo y, claro está, también con el arte.

Uno va corriendo de estadio a estadio, con la pretendida idea de observar en condiciones de laboratorio las evoluciones de los mejores futbolistas, de las más modernas tácticas, la más pensadas y mejor ejecutadas estrategias, y aunque nunca puede, porque hay que escribir, porque hay que escuchar o simplemente porque la emoción me impedirá advertir las cosas buenas que hace el que está enfrente, siempre al final quedás maravillado, a pesar de la frustración por la cancelación que representó esa rápida y tal vez inesperada eliminación uruguaya.

Quedás maravillado por el rescate genuino del espíritu del hincha, de una manera que nosotros conocemos tanto como el mate, cuando lo vivimos con los argentinos, o de otras que no son totalmente ajenas, pero que sin embargo decodificamos en esperanto, cuando vivimos la conmoción emocional de cada partido de los marroquíes atronando en los estadios.

Traje yerba para un mes soñando con amarguear cada mañana esperando a la celeste aparecer por el túnel. No pudo ser.

Hoy estoy aquí con la última cebadura, contando más tranquilo lo maravilloso que es un Mundial, por los jugadores, por el fútbol, por los campeones, por Messi que se fue llorando de alegría y por el Luis que se fue llorando de amargura.

Por Argentina, claro que sí, rivales y hermanos, con quienes forjamos el fútbol de toque y engaño, verdaderos impulsores del arte con la pelota y las canchas, y para que quede claro que nunca más se puede hacer un Mundial en un lugar en donde los copetudos, galerudos o lo que sea se anden yendo del estadio cuando aún queda media hora o 40 minutos de un partido.