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Selección de Uruguay en el Compejo Celeste, el 4 de junio. · Foto: Ernesto Ryan

Selección de Uruguay en el Compejo Celeste, el 4 de junio.

Foto: Ernesto Ryan

Parche dorado y cuatro estrellas de verdad

La celeste parte al Mundial el día de su primer título y del nacimiento de la vuelta olímpica, lo que valió que se conmemore el día del fútbol sudamericano.

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Este 9 de junio, el Día del Fútbol Sudamericano, la selección uruguaya viajará a México para participar por decimoquinta vez de la fase final de una Copa del Mund0o; sin embargo, será su 17ª participación en un Mundial. No es un problema ni una trampa semántica. Las competiciones de los Juegos Olímpicos de París (Colombes) 1924 y de Ámsterdam 1928 fueron mundiales porque esos torneos fueron regidos por la FIFA, antes de que la FIFA por sí misma organizara un campeonato de fútbol mundial.

En sus tres primeros partidos, el lunes 15 en Miami frente a Arabia Saudita, el domingo 21 frente a Cabo Verde en la misma ciudad y el viernes 26 en Guadalajara ante España, y ojalá en varios partidos más ya en fase de cruces, Uruguay tendrá un distintivo en la manga derecha de la camiseta, que presenta el logo oficial del torneo pero con el dorado como color predominante. Esto sirve para resaltar la jerarquía histórica de estas selecciones frente al resto de los participantes, quienes usarán una versión estándar en blanco o negro. Además de Uruguay, lo tendrá el resto de los campeones: Argentina, Brasil, Francia, Alemania, España, Inglaterra.

Este parche varía según el color de la indumentaria para garantizar un contraste adecuado: si la selección utiliza una camiseta clara, la celeste ante Arabia y Cabo Verde, el parche tendrá un fondo dorado con el logo en blanco; en cambio, cuando vistan la azul oscura casi negra ante España, el escudo lucirá un fondo blanco con el logo en dorado.

Cuatro estrellas de verdad

Pero además de ese parche, Uruguay tendrá en su escudo las cuatro estrellas de su igual número de mundiales: 1924, 1928, 1930 y 1950.

No cabe duda de la legitimidad de esas cuatro estrellas, sustentada en numerosos documentos y certificaciones. Como dice en su último libro, Cuatro estrellas de verdad, el historiador e investigador Pierre Arrighi, que se ha dedicado a dejar claramente establecido lo indiscutible de los hechos, los equipos que participaron fueron las verdaderas selecciones nacionales, asociaciones de la FIFA; los reglamentos que rigieron el campeonato no plantearon limitación alguna de edad ni de categoría, y la dimensión geográfica de la competencia fue efectivamente mundial, lo que le dio lo que la FIFA denomina “valor absoluto”.

El 9 de junio de 1924 en Colombes, París, fue el día de la primera estrella. Los uruguayos, con sus pesadas camisetas celestes, aplastaban a Suiza en la final. Eran los campeones, habían sido y serían para siempre los mejores. Eran los héroes que ninguna guerra había parido, eran la leyenda que ellos mismos habían escrito, eran Uruguay ante el mundo, los orientales, crisol de nacionalidades venidas de los barcos, que se apoderaron del fútbol. El lunes 9 de junio, día de Pentecostés y feriado en la Francia de 1924, Uruguay se hizo conocer ante el mundo con su hito iniciático en el cosmos.

Fue un 9 de junio cuando madame Pain, la viejita que hospedó a los celestes en Argenteuil, deshojó decenas de rosas para hacer un sendero que recibiera la llegada de los campeones; fue cuando, por primera vez en la historia, el nombre de Uruguay atravesó los mares y las cordilleras por medio de los incipientes servicios telegráficos, en el anuncio de que eran el campeón del mundo; fue un día como hoy que nació, para no morir jamás, la vuelta olímpica. Aquel gesto de educación primaria, básica pero engendrada en una sociedad felizmente aldeana, en la que el agradecimiento no era una fórmula, sino un principio emotivo del entramado humano cotidiano, seguramente surgió de la imperativa voz del Mariscal Nasazzi, quien, aun en ese momento de intimidad con la gloria, sintió que debía devolver el saludo a esos miles de extasiados franceses.

“¡Uruguay, Uruguay!”

Fue aquel día que Lorenzo Batlle, sobrino de don Pepe y único periodista oriental que viajó para seguir las alternativas de los Juegos Olímpicos, según algunos autores gestor del relato épico en Uruguay y en el diario El Día, escribió: “Así dan la vuelta al campo, objeto de una verdadera apoteosis. Cuando llegan al punto de partida se abrazan con los suizos, cambiándose ‘¡hurras!’, y se marchan agobiados de gloria... saludados por miles de voces que dicen todos ‘¡Uruguay! ¡Uruguay!’’”.

Fue en ese momento –segundos, minutos, horas– que el Indio Pedro Arispe, compañero de zaga del Terrible Nasazzi, atesoró para siempre su concepto de patria y se lo transmitió a aquel magnífico Homero que fue Julio César Puppo, el Hachero, que nos lo legó para siempre: “Para mí, la patria era el lugar donde, por casualidad, nací… Era el lugar donde trabajaba y se me explotaba… ¿Para qué precisaba yo una patria? Pero fue allá, en París, donde me di cuenta de cómo la quería, cómo la adoraba, con qué gusto hubiese dado la vida por ella. Fue cuando vi levantar la bandera en el mástil más alto. Despacito, como a impulsos fatigosos. Como si fueran nuestros mismos brazos, vencidos por el esfuerzo, agobiados por la dicha, quienes la levantaran. Despacito… Allá arriba se desplegó violenta como un latigazo y su sol nos pareció más amoroso que el de la tarde parisién. Era el sol nuestro… Abajo, las estrofas del Himno que llenan el silencio imponente de muchos miles de personas sobrecogidas por la emoción. ¡Entonces sentí lo que era patria!”.

Fue ese día, el de la final del fútbol de los Juegos Olímpicos de París en 1924, cuando aquellos uruguayos que habían llegado a Francia entrenando arriba del vapor que demoró más de tres semanas en unir América con Europa, maravillaron a los 60.000 espectadores al aplastar a los suizos 3-0.

Ni Nasazzi, ni los suizos, ni el barón Pierre de Coubertin, ni Jules Rimet ni Lorenzo Batlle, ni los miles de montevideanos que escuchaban en la plaza Independencia los telegramas que llegaban desde París sabían que aquella “vuelta de honor alrededor del estadio de los 11 uruguayos, en medio de una aclamación como jamás ha recibido team alguno” era el nacimiento de la vuelta olímpica, pero sí sabían que esos hombres eran campeones del mundo.

Otro 9 de junio: por obra y gracia de los uruguayos, Día del Fútbol Sudamericano, el día en que fuimos campeones, el día que inventamos la vuelta olímpica, el día que nos conocieron, el día que nos hicieron sempiternos hijos de la gloria, el día de la primera estrella.

Muchachos, capitanes, Marcelo Bielsa, nosotros y nosotras sabemos del hermoso peso de la historia que apuntala este presente. Vamo arriba. Uruguay nomá.