Saltar a contenido
Mundial Fútbol
Header del mundial Fifa
Vendedores ambulantes exhiben recuerdos con forma de trofeo del Mundial de la FIFA en una calle de Ciudad de México. · Foto: Yuri Cortez / AFP

Vendedores ambulantes exhiben recuerdos con forma de trofeo del Mundial de la FIFA en una calle de Ciudad de México.

Foto: Yuri Cortez / AFP

La suerte del principiante no puede fallar

Empieza la historia de Uruguay en el Mundial 2026 | Redacción al margen, desde Playa del Carmen, México.

Nuestro periodismo depende de vos

Si ya tenés una cuenta Ingresá

En el aeropuerto de Cancún, donde hay que aterrizar para luego trasladarse a Playa del Carmen –la gracia de todo esto, porque Uruguay concentrará acá–, la cartelería habla de fútbol, entre el logo tridimensional del Mundial o de hoteles que invitan a quedarse mediante cupones con descuentos. La policía de Migraciones, una mexicana menudita, de esas que apenas asoman detrás del vidrio pero que mandan y te hacen sentir el rigor como si midieran dos metros, antes de recibirme le cuenta al compañero que le salió una figurita brillante que no tenía. Cuando me pregunta qué vengo a hacer, le digo que, justamente, vengo a cubrir el Mundial. Contestó “qué way”, pensé que el trámite terminaba por la fuerza de mi dato y por su afán mundialista, pero no: quiso ver la acreditación de la FIFA, el carné del medio de prensa, la reserva de hotel, cómo iba a llegar a ese hotel, y me exigió mostrarle la fecha del vuelo de vuelta. Ahí, ni bien había llegado. El plan de viaje dice 20 de julio de 2026. “Órale. Qué chido. Que tenga buena estadía”.

Un rato después, un niño con camiseta de México anda en bicicleta en una calle medio carcomida. El mundo gira un martes cualquiera. A unos metros lo espera otro chiquilín, supongo que su amigo. Tiene la pelota bajo el pie izquierdo. Lo miro y me sobran los segundos para imaginar que con esa globa quiere empezar el Mundial ya mismo. Su mundial, otro más en México, pero su mundial.

Como la celeste no había llegado a Playa del Carmen –para los locales, Playa, a secas–, aprovecho para conocer el terreno, tratar de investigar algunas lógicas de la ciudad, tener una orientación entre dónde dormiré, dónde compraré los víveres, cómo haré para llegar a la concentración de Uruguay cuando el trabajo lo disponga. En esa historia caigo en la cuenta de que mi primer Mundial, no este en el que estoy debutando como periodista, sino el del bautismo camisetero, fue México 1986. Las fichas caen de a una.

Lo primero que vi fue Italia-Bulgaria, el partido inaugural. No había ido a la escuela porque estaba enfermo. Tenía seis años y lo miré con fiebre. Me habían dejado al cuidado de la abuela Gladys, que no tenía ni idea de fútbol, pero estaba para hacer lo que yo quisiera. Eso es cuidar un niño enfermo, imagino. De aquel mundo reducido a un televisor de 24 pulgadas a color recuerdo dos cosas: que los búlgaros empataron en la hora y me gustó, y que la abuela compró tostadas en la panadería y no las probé. Para mí, tostada era el pan del día anterior, vuelta y vuelta, al fuego de la hornalla.

De todo lo que va a venir en este Mundial 2026, ¿qué cosas recordarán los niños que me crucé hace un rato? Yo recuerdo, por ejemplo, la calentura de mi viejo cuando Dinamarca nos ganó 6-1, y que ese número, más que un resultado, fue un sentimiento nuevo, el de que se podía perder así, horrible. Suelta tengo, además, la imagen de jugar en el recreo de la escuela a quién era Charly Batista y lo expulsaban enseguida contra Escocia; también algunos chispazos del cruce Uruguay-Argentina con Diego Maradona en octavos de final. Más que una imagen del partido, recuerdo una sensación de que algo grande estaba pasando, de que un Mundial era lo máximo, porque lo máximo era, en resumidas cuentas, repetir en el campito o en la escuela lo que veíamos en los partidos. México 86 es el primer gran mundial de una generación entera.

Sin saberlo, creo ahora, en aquel 86 estaba empezando a guardar imágenes y archivos, como si mi memoria futbolera arrancara ahí. Que el Mundial fue malo para Uruguay lo entendí después, más grande. Lo pienso mientras camino las calles entre banderas en balcones que no son los míos. Hay tacos, puestos de frutas, vendedores de camisetas, máscaras de luchadores colgadas de un cable, gente que viene y que va. La camiseta mexicana –le dicen “jersey”– tiene la Piedra del Sol en el pecho y me gusta mucho. En el aire se mezcla el olor a frituras con un idioma que se parece pero se abre en otras músicas.

Con aquel niño que tenía la pelota hablé a la pasada. Estaba ilusionado con su tri. No dijo mucho más; no hace falta, estar ilusionado es la piedra fundacional. Ahora estoy acá para contar lo que sucede desde dentro y me pasa lo mismo: estoy ilusionado. Hay gente que no va a pisar estos estadios, que va a seguir el Mundial entre el trabajo y el viaje en ómnibus, entre la radio del taller o la panadería, la tele prendida de fondo en un bar de barrio. A través de ese chavo preso de su ilusión veo a los uruguayos que se quedarán pegados a la pantalla en ciudades y pueblos donde nunca se jugó un mundial, en mi abuela que ya no está para traerme las tostadas que desprecié. Y yo acá, con el traje de periodista para ser los ojos de quienes no pueden estar.

Uruguay llega a Playa del Carmen y empieza el Mundial. 40 años después, sigo siendo un principiante. Lo fui como hincha, ahora lo soy como periodista. A la celeste la llevo en el pecho. Esta vez deseo, parafraseando al Indio, que la suerte del principiante no falle.