Se lo veía venir. El tipo se cree un emperador. Quizás nunca leyó a Julio César y poco sabe de su historia, pero como un Nerón moderno va incendiando todas las Romas y continúa arrollando los acuerdos y los principios que hicieron grande a la primera democracia republicana que, desde su independencia, supo ser ejemplo en tiempos de monarquías decadentes y feudalismos moribundos.
El tipo acumula un ego constante y creciente desde que debutó en aquel reality show que lo hizo famoso (El aprendiz) y del cual parece nunca salir. A tal punto que vive para las cámaras y para las declaraciones sin importarle si se contradice y, menos aún, si miente.
Se ríe en la cara de todo el mundo y de todas las instituciones, tanto locales como mundiales. Nada parece importarle. No tiene límites. Muy suelto de cuerpo, un día pondera a Putin como al otro día lo denuesta. Un día ama al dictador de Corea del Norte y luego pasa al odio sin ninguna explicación racional.
Por más amañadas que fueron las elecciones venezolanas y por más ilegítimo que sea el gobierno supuestamente bolivariano, nada justifica esta incursión militar gringa y el secuestro del líder chavista.
En los últimos meses acuñó dos conceptos que repite hasta el cansancio: uno, que los inmigrantes equivalen a una invasión, por lo tanto hay que hacerles la guerra; del otro concepto se vienen haciendo eco todos sus alcahuetes, a saber: narcoterrorismo.
Por supuesto que a nadie se le ocurre preguntarle por qué indulta a un narco condenado como lo fue el expresidente de Honduras, Juan Orlando Hernández (quien se jactaba de haber ingresado toneladas de cocaína a los EEUU), y semanas después secuestra al presidente de Venezuela para juzgarlo por motivos similares.
Por más amañadas que fueron las elecciones venezolanas y por más ilegítimo que sea el gobierno supuestamente bolivariano, nada justifica esta incursión militar gringa y el secuestro del líder chavista. Nada. Las dictaduras las derrotan sus pueblos y la solidaridad internacional, no las intervenciones militares extranjeras.
Es tal el desprecio de este tipo por la legalidad y por las normas internacionales que ya anunció que ellos se harán cargo de la administración de Venezuela y de la transición. Hasta la entusiasta María Corina Machado se ha visto cuestionada por su “salvador”, porque el hombre del jopo amarillo declaró durante la conferencia de prensa: “Creo que va a ser muy complicado para ella ser la líder. No tiene el apoyo suficiente dentro del país, no tiene el respeto dentro del país”.
Las petroleras festejan sordamente; los armamentistas también. El negocio es redondo. El festejo de los venezolanos exiliados y perseguidos es de otra naturaleza, pero en su lugar yo sospecharía, porque esta intervención yanqui se les puede volver en contra. Después de todo, no se puede confiar en quien pretende anexarse Groenlandia y Canadá, en quien reclama el canal de Panamá y amenaza a Colombia, y menos en quien manda a acuñar (por interpósitas personas) la moneda de un dólar con su efigie y logra que el histórico Centro John F. Kennedy para las Artes Escénicas de Washington D.C. pase a llamarse Centro Trump-Kennedy.
Bien mirado, Trump nos retrotrae casi un siglo, cuando Adolfo Hitler le echaba la culpa de todo a los judíos, a los gitanos y a los comunistas y cuando su afán expansionista era evidente.
Ahora la culpa la tienen los inmigrantes (sobre todo los somalíes que, según sus palabras, “apestan”) y los narcos, con el añadido de que son terroristas.
Mientras estas acciones del presidente del país más poderoso del mundo continúen, todos estamos en peligro. No hay que olvidarlo.
Marcelo Estefanell es escritor.