El fútbol moderno tiene crisis de creatividad. El sistema de juego se llevó puesto la inventiva individual. Si el jugador no está en la posición esperada en el momento esperado, todo se desmorona. Hay entrenadores, sobre todo sudamericanos, que buscan recuperar la gambeta tan esencial en la identidad del juego. La gambeta, el sacarse uno de arriba, tiene un factor de engaño, de hacerle creer al rival que se va ir por un lado pero se sale por el otro, ocultar las verdaderas intenciones para hacer equivocar al oponente. De todo eso queda poco. En la FIFA sucede lo mismo. Es todo explícitamente directo, burdamente obvio, como un puntero incapaz de eludir al lateral.

Todo lo que rodea al próximo Mundial de Estados Unidos, México y Canadá es demasiado evidente y se vio escenificado en el sorteo de comienzos de diciembre. En un momento de la ceremonia, los anfitriones dan paso a un video donde una voz en off explica: “A lo largo de la historia, cada nación y cada civilización deseó la paz, porque la paz es la base para la esperanza, prosperidad, seguridad y unidad. El disfrute de jugar a la pelota precisa una sola condición: paz. La paz crea esperanza y el fútbol transforma esa esperanza en unión lo suficientemente fuerte para unir al mundo”. Todo esto, acompañado de imágenes de niños jugando a la pelota en los más variados escenarios. El video continúa explicando que se entregará un premio que reconoce “individuos que hayan hecho acciones extraordinarias a favor de la paz” y que en esta ocasión “honraremos a un líder dinámico que ha hecho esfuerzos diplomáticos para crear oportunidades de diálogo, desescalada y estabilidad, convirtiéndose en el campeón del fútbol unificador en el mundo”.

La descripción detallada es necesaria para entender lo burdo de todo el asunto. El video termina y entran unos marines con un trofeo. Sí, marines entrando un premio de la paz. Alguno dijo por ahí que el diseño recordaba a manos saliendo del inframundo tratando de arrastrar el planeta al infierno; suena apropiado si pensamos en la persona premiada. Para reafirmar y subrayar todo el momento, el presidente de la FIFA, Gianni Infantino, presenta a Donald Trump diciendo: “Queremos un líder que se preocupe de la gente y que quiera vivir en un mundo seguro. Definitivamente, se merece el primer premio de la Paz de FIFA. Siempre podrá contar con mi apoyo y el apoyo de la comunidad del fútbol para que la paz prospere”.

El tiempo ahora

Menos de un mes después de ese momento, Donald Trump ordenó el secuestro de Nicolás Maduro en una operación de la que todavía no se sabe la cantidad de muertos que dejó. Se habla de 80, pero nadie tiene mucha data certera para informar al respecto. En el medio siguió bombardeando embarcaciones en el Caribe y las muertes por esas acciones superan el centenar, y su querida agencia ICE, transformada en brigadas de captura de migrantes indocumentados, mató a una ciudadana estadounidense que intentó bloquear el paso de un agente. Volviendo al párrafo anterior, por si faltara simbolismo, el teatro donde se realizó el sorteo de la FIFA se llamaba “The Kennedy Center” y fue rebautizado como “The Trump Kennedy Center”. Nada nuevo en una persona que tiene como línea de negocios ponerle su apellido a edificios.

El Código de Ética de la FIFA queda de florero. La organización FairSquare, que trabaja temas relacionados a los derechos humanos en el deporte, denunció a Infantino ante el Comité de Ética de la FIFA por el apoyo explícito a Trump y por la introducción del premio FIFA de la Paz. El artículo 15 del Código de Ética establece de manera muy clara que los dirigentes “tendrán la obligación de mantener una posición política neutral, conforme a los principios y los objetivos de la FIFA”. Las sanciones por incumplir la norma van desde multas económicas hasta la prohibición de ejercer actividades relacionadas al fútbol por dos años. La actitud de Infantino frente a Trump difiere mucho de sus actuaciones cuando se discutían posibles sanciones a Israel por el genocidio en Gaza: “El fútbol no puede resolver problemas geopolíticos” dijo en su momento. En el caso ruso, luego de la invasión a Ucrania, en un principio no fue la FIFA quien llevó la iniciativa de sancionar a Rusia: cuando el resto de selecciones europeas se negaron a jugar contra los rusos, el máximo organismo del fútbol decidió expulsarlos.

En el caso de la agresión de Estados Unidos a Venezuela la FIFA no ha dicho absolutamente nada. El principal organizador del mundial, bombardea, mata y secuestra al presidente de otro país y la FIFA no sacó ni un comunicado. Es una situación bastante incómoda porque Donald Trump también ha amenazado a los otros coorganizadores, Canadá y México, en varias ocasiones.

La historia sigue

Otro asunto no menor son las medidas de la actual administración de Estados Unidos con respecto al origen de viajeros. El premio FIFA de la Paz amplió la lista de países con restricciones totales o parciales para viajar a Estados Unidos (ver recuadro). Entre las que tienen prohibido viajar al país organizador del Mundial hay dos naciones clasificadas: Haití e Irán. Podría sumarse también la República Democrática de Congo, si avanza en el repechaje internacional. Entre los países con restricciones parciales se encuentran Senegal y Costa de Marfil, que jugarán el Mundial. Si el fútbol puede unir al mundo, el Mundial del 2026 lo disimula bastante.

Volviendo a la actuación de la FIFA en el antecedente ruso, cuando el organismo tuvo que explicar su postura en el Tribunal de Arbitraje Deportivo (TAS) tras una apelación de la federación rusa, la FIFA argumentó que la invasión a Ucrania es una situación no contemplada por la normativa del organismo, pero como asociación deportiva privada tiene una amplia autonomía y margen de discrecionalidad para decidir sobre asuntos que afecten a las competencias que organizan. Autonomía y discrecionalidad, dos conceptos que podrían usarse en casi cualquier situación de agresión de un país miembro de FIFA a otro.

También se podría argumentar que para algunas asociaciones ir a Estados Unidos podría acarrear riesgos logísticos y a su integridad, como aquellos con prohibiciones de viajar y limitaciones para conseguir el visado necesario. Lo que está claro es que la FIFA no tomará la iniciativa en este asunto ni ninguno que involucre a Estados Unidos. La diferencia con el caso de Rusia es que ninguna asociación ha levantado la voz contra el organizador del próximo Mundial. Ni siquiera Irán, que amagó con no asistir al sorteo, porque se les negó ciertos visados para su delegación, y luego terminó enviando al entrenador nacional y otras autoridades.

La FIFA no ha logrado que sus últimos mundiales se alejen de los conflictos. La elección de Rusia y Qatar le costó ser descabezada, además Rusia 2018 se da luego de la anexión de Crimea en 2014. En Qatar 2022 les llovió a la FIFA denuncias de violación de derechos humanos de los trabajadores que construyeron los estadios, y algo similar ya se empieza a sospechar de Arabia Saudita 2034. La historia de los mundiales está plagada del uso político del fútbol, de regímenes buscando lavar su imagen. En esta ocasión, ni siquiera eso, a Donald Trump no le interesa en absoluto suavizar sus modos ni sus medidas. Lo sucedido en Venezuela no despertó ninguna reacción en las federaciones de fútbol del mundo, pero todavía faltan cinco meses para el México-Sudáfrica que iniciará el Mundial 2026, tiempo más que suficiente para que Trump ejecute alguna de sus amenazas: ¿Cuba? ¿Groenlandia? ¿México? Y ahí se verá si el peligro es lo suficientemente cercano como para manifestarse por parte de las federaciones de peso. Quizá sea hora de que la FIFA asuma que jugar al fútbol es hacer política y que la neutralidad, como un mal puntero, no engaña a nadie.

Avisados

El endurecimiento de las condiciones para ingresar a Estados Unidos y la expansión de la lista de países, cuyos ciudadanos enfrentan restricciones para conseguir una visa, han hecho que muchos eventos enfrenten dificultades a la hora de recibir a todos sus competidores.

El sábado 10 de enero fue el campeonato Mundial de Cross Country, un evento que se desarrolla cada dos años y es la cita más importante de la disciplina. La sede para el 2026 es Tallahassee en el estado de Florida. La delegación etíope, una de las potencias en el deporte, tuvo que enfrentarse a varias bajas entre atletas y delegación porque el país anfitrión les negó las visas.

El año pasado, el equipo femenino de vóley cubano no pudo competir en un torneo en Puerto Rico (territorio no incorporado de Estados Unidos) porque les fueron negadas todas las visas a sus jugadoras y cuerpo técnico; también un equipo juvenil de béisbol de Venezuela debía ir a competir a Carolina del Sur como campeones latinoamericanos, sin embargo, no pudo viajar por el mismo problema de visas negadas. Lo mismo le sucedió al brasileño Hugo Calderano, considerado el mejor jugador de tenis de mesa de América Latina: no pudo competir en un torneo en Las Vegas, ya que le negaron la visa por haber estado en Cuba. El viaje a Cuba fue para un torneo internacional que le permitió clasificarse a los Juegos Olímpicos de París.

Vale recordar que los próximos Juegos Olímpicos serán en Estados Unidos y el Comité Olímpico Internacional siempre ha hecho de la participación de todos los países del mundo una de sus principales banderas.

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