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Laura Fiorucci, Wikimedia Commons.

Laura Fiorucci, Wikimedia Commons.

A los 59 años falleció el Roña Castro, boxeador argentino

La carrera de un deportista que enamoró al pueblo, ganador y carismático.

El Roña Castro le pegó mil piñas a la tristeza, doscientos cachetazos a cualquier barrera y unos trompazos infinitos al hambre. Todas las veces sudó un montón y seguido, más seguido que lo que este planeta suele permitir, venció. Quizás el secreto de su eficacia habitaba en que intuyó temprano, como otros boxeadores grandes, que ciertas novelas pueden ser escritas con guantes o que los golpes que de verdad son golpes no se lanzan solo con los brazos. Fue chico desposeído, campeón con todos los honores, pobre de origen jamás desentendido de los que continuaban flotando en la pobreza, asombrador de los rings, corajudo como corresponde –más en la adversidad que en el éxito– y una figura popular que ahuyentó las indiferencias a base de plantársele a la vida y gritarle acá estoy.

Murió joven, a los 59 octubres, casi cumpliendo el designio feo de los pugilistas que viajan de la nada a la fama y de la fama a la tumba con una velocidad que convendría que fuera menor. Nació el 18 de agosto de 1967, en Caleta Olivia, Santa Cruz, sur del sur del universo, en unas veredas de las que solo poseen noticia quienes respiran ahí. Pudo ser lustrabotas para comer o casi comer y lo fue, pudo ser vendedor de diarios para contribuir a que su madre y sus cuatro hermanos se llevaran algo más que un bocado incompleto al paladar y lo fue, pudo ser un pibito peleador de cualquier calle para defenderse de algunas gentes y de muchos desamparos y lo fue. Pudo ser boxeador porque le pusieron un gimnasio adelante para darle forma y paciencia a esa capacidad peleadora y lo fue. Pudo ser el mejor de su tiempo porque algo intangible –una cuerda con una música que salía de esa personalidad que talló dando y recibiendo mazazos– lo animó a conquistar todo. Y lo fue.

Las páginas épicas que saben fusionar el arte de los cuadriláteros con el arte de narrar apuntarán para la eternidad que las virtudes de Castro quedaron envueltas por un cinturón brillante de rey del mundo el 12 de agosto de 1994, cuando se impuso, en una Buenos Aires que ya conocía su nombre y sus seudónimos (Roña y Locomotora) casi tanto como el Obelisco o el eco viejo de los tangos, al estadounidense Reggie Johnson, en la categoría mediano. Para entonces, ya había girado por abundantes geografías bien distantes de su Caleta Olivia y se le había escapado la posibilidad del título planetario de los superwelters. Ni una frustración lo achicó un poquito. Al revés: mordiendo sangres y broncas tras alguna de sus escasas derrotas (11 en 144 presentaciones, con 130 victorias y tres empates), se prometió que si adelante existía una gloria, esa gloria iba a ser suya y cumplió.

Carismático, dicharachero pero con sustento, parado invariablemente en el suelo que reivindicaba su identidad de clase, entró en la historia mayor de las mayores historias de su deporte el 10 de diciembre de 1994. Esa noche, en Monterrey, México, si la humanidad exhibía a un tipo desbordado, ese era el Roña. John David Jackson, una combinación de músculos y técnica, lo sometía en cada movimiento y le había abollado un ojo al borde de quitarle la perspectiva imprescindible de ver. En el noveno round, mientras los augurios de los especialistas desmenuzaban que a ese patagónico rey del mundo se le esfumaban el reinado y el mundo, sacó un zurdazo guardado en ningún sitio o acaso acunado para esa especial ocasión desde los días bravos de la infancia y mandó a su adversario a la lona igual que si fuera un vecino distraído. Enseguida, unos mandobles más sentenciaron el triunfo. No hubo nadie que no dijera que Castro era un valiente y que los campeones más campeones suelen cobijar una carta que no habita ningún mazo. Uno de los que lo dimensionaron así fue el árbitro del combate, el sudafricano Stanley Christodoulou, quien, misterio o coincidencia, también había sido el tercero en el ring cuando, en 1976, otro argentino, Víctor Galíndez, también campeón y también con el ojo arruinado, salvó su condición campeona con un tortazo súbito que noqueó a Richie Kates. Uno que le aplaudió esa entereza irrompible resultó ser Diego Maradona, más todavía porque el Roña definió, tributo exacto, su zurdazo salvador como “la mano de Dios”.

Los eslabones que sucedieron a esa cumbre encadenaron la riqueza de lo intenso: la pérdida del título, la salida y el reingreso al box, un accidente automovilístico que amagó condenarle el físico pero no fue suficiente para doblegarlo, las entrevistas múltiples por su mirada del país, por su audacia oral y por sus 15 hijos, el retiro en la frontera de los 40 cumpleaños, la participación en shows televisivos, una identidad con el peronismo, el humor súbito entre la chispa y la irreverencia, el compromiso sostenido y solidario de estimular comedores populares para hacerse cargo de un drama colectivo cada vez más acentuado en Argentina, esa palabra que pronunciaba con orgullo.

En ninguna de sus picardías cotidianas se le esfumó ese halo de inocencias que lo forjó como el tipo que nunca dejó de ser desde que encontró en los puños una ruta para atrevérsele a la injusticia. Quizás por eso, a causa de una descompensación derivada de su diabetes, partió en un bingo, en Morón, envuelto por los aires de lo corriente, jugando los juegos de la gente de a pie, entre un martes y un miércoles de rutinas, sorprendiendo a miles y miles que, en cualquier circunstancia, lo llamaron Roña y campeón. Roña y campeón va a ser siempre mientras empieza a tornarse una memoria, mientras le sigue dando piñas a la tristeza hasta dejarla nocaut.