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Deporte Fútbol
Foto principal del artículo 'Cuando fuimos campeones' · Ilustración: Ramiro Alonso

Ilustración: Ramiro Alonso

Cuando fuimos campeones

Central Español y su título de 1984: un hito en la vida de unos pocos que sacudió la de muchos | Deportivo Sentimiento.

El tiempo, para el habitante de estas latitudes, no se mide en fríos años calendario. Se mide en campeonatos que funcionan con la precisión de los latidos de un corazón más o menos colectivo. Psicológicamente, el campeonato uruguayo posee la extraña virtud de permitirnos fragmentar la existencia en unidades mensurables; una estructura cíclica que ayuda a procesar la vida que pasa cuando fuimos campeones, cuando nos salvamos en la última fecha, cuando nos dieron vuelta el partido o nosotros se lo dimos vuelta, cuando nos agarró la noche y nos fuimos a la B. Sin ese hito deportivo, muchas de las historias mínimas y las figuritas personales que guardamos en los cajones de la memoria simplemente no existirían.

Construcción para siempre

Edificamos nuestros recuerdos no como un flujo continuo y monótono, sino como una sucesión de hitos que nos permiten descifrar quiénes éramos en cada punto de referencia. La competencia no opera simplemente como un evento en la agenda del espectáculo; es un ayudamemoria existencial que fija las vivencias personales en la tierra. Su clave reside en la capacidad para actuar como un ancla emocional, un disparador que eyecta recuerdos de situaciones secundarias o detalles aparentemente insignificantes que, de otro modo, se habrían perdido en el olvido. Ahondar en esta psicología exige observar cómo lo deportivo se infiltra en lo cotidiano hasta volverse indisociable de la vida terrenal, funcionando como un conector que registra aquello que sucede y que ya no volverá a suceder.

Asociamos los hitos del fútbol con los estados de nuestra propia evolución, geolocalizando la identidad en una línea de tiempo específica que responde a preguntas tan simples como quiénes éramos, qué responsabilidades cargábamos sobre los hombros o qué estábamos comiendo en ese instante preciso.

Recuerdos del futuro

Esta vez, me pasó en mi casa, al sol, un 30 de setiembre que esta vez fue miércoles, no como aquel domingo de 42 años atrás. Al revés que le pasó a Paco Espínola cuando una extraña angustia se apropió de su tarde por una derrota de Peñarol sin ser futbolero y mucho menos –hasta esa revelación– hincha de los carboneros, sentí una sensación de felicidad o de recuerdo de felicidad y enseguida me di cuenta de que, aunque era miércoles, se trataba de un domingo de 1984.

Las sensaciones pueden perdurar casi en estado de pureza, sin importar los años que hayan pasado, pero volví a estar centrado en la vieja tribuna Atilio García del viejo Parque Central, domingueando con un buzo de cashmere beige que me había comprado en una visita a Concordia, unos pantalones Yath, perfecta imitación de los Levi’s, y unas botitas de gamuza. También está Carla, embarazada de siete meses de Fernanda, que nacería 31 noches después y que ya ha contribuido con dos nietas a mi rica abuelidad de 42 años después. Mi alegría de miércoles es la misma inmensa alegría de aquel domingo, cuando, por primera vez en su historia, Central era campeón uruguayo después de 78 años de idas y vueltas de contiendas en todas las canchas.

Miro las pocas fotos de aquella tarde que disparan las muchas imágenes que salen de mi mente. No importa que los enfoques sean distintos. Las fotos que sobreviven están del otro lado de la cancha, pero las siento como en una cosmovisión mientras salto y bajo haciendo equilibrio entre otros siete u ocho amplios escalones de cemento y estrangulo los alambrados mientras mi corazón explota y mi voz desfalleciente grita con fuerza, pero casi sin sonido, una y otra vez, la cantinela de la gloria: “¡Central nomá! ¡Central nomá!”.

Los relojes se acercaban a las 17.00 cuando por fin Wilfredo Antúnez, que mientras calentaba debajo de la tribuna José María Delgado no se había enterado del gol del empate de Huracán Buceo –lo que habilitaba a Peñarol en el Centenario a igualar, o pasar, la línea de Central–, manda un centro templado a la medialuna del área contraria. Abel Tolosa cabecea, la pelota pica y, cuando está en el máximo de su elevación, ya cerca de la línea del área chica, sucede todo.

José Ignacio Villarreal es el héroe de esta historia. El olimareño de 27 años había llegado al fútbol profesional a los 25, y después de un semestre en Huracán Buceo y una temporada completa en Peñarol había llegado a préstamo a Central, donde hasta ese momento sumaba 17 goles en los 20 partidos en los que había podido participar –no pudo hacerlo en dos de ellos por razones de salud–.

Tolosa cabeceó como para bajarla. El Mosquito va siguiendo la pelota, pero las dificultades se multiplican porque la cinco aros toma una altura que parece superior a los dos metros y porque el golero de Huracán Buceo, el Mojarra Jorge da Silva, va hacia ella dando un salto. Con una pirueta única, Villarreal patea la pelota por encima del salto de Da Silva –o sea, alcanzando más de dos metros de altura– y se eleva hacia la gloria, hacia la inmortalidad, anotando el gol que da la victoria y el título: ese día del 84, Central Español derrotó en la última fecha del Uruguayo 2-1 a Huracán Buceo y se consagró campeón.

Sucedió

Fue hace 42 años, el domingo 30 de setiembre de 1984, cuando Central Español consumó la hazaña única y más grande de la primera división profesional del fútbol uruguayo: ser campeón en la temporada siguiente de haber ascendido como campeón de la B.

Un plantel que construyó con sus piernas, sus sueños y sus ilusiones el hito histórico de un club de fútbol que anda correteando la pelota desde 1906. Después de años de ostracismo en los andurriales de la B, Central había conseguido en 1983 un esperado y peleadísimo ascenso que recién se pudo concretar en el último partido del campeonato. Solo tres goles recibió aquella valla defendida por Héctor Tuja.

En 1984 aquellos mismos muchachos que dieron la vuelta olímpica de la B en el Palermo, luego de ganarle a Liverpool, volvieron a hacerse un lugar en sus obligaciones laborales para disfrutar de jugar en la A. Líber Arispe, que había comenzado como entrenador en 1982 sacando campeón de la B a Colón, llegó a Central con una lista de refuerzos de jugadores del ascenso a los que había dirigido o enfrentado en esos tiempos. Así, con aquellos que habían campeonado en 1983, más los que vinieron de la B, los juveniles promovidos, dos futbolistas que venían del Uruguayo de la A de 1983 –José Ignacio Villarreal, de Peñarol, y Abel Tolosa, de Defensor– y un juvenil de la tercera aurinegra, César Pereira, se armó el equipo que pugnaría por mantener la categoría. A la hora de firmar los contratos de la temporada, por lo menos dos futbolistas pidieron suculentos premios por ser campeones, y nadie le hizo caso a aquel imposible.

Héctor Tuja, Javier Baldriz, Julio Garrido, Carlos Barcos, Obdulio Trasante, Miguel Berriel, Tomás Lima, Wilfredo Antúnez, César Pereira, Fernando Operti, Miguel del Río, Óscar Falero, Tolosa, Uruguay Gussoni, Villarreal, Fernando Vilar, Fernando Madrigal, Vicente Daniel Viera, Ruben Borda, Daniel Andrada, Eduardo Moreira, Héctor Olmedo y Paulo Silva: los heroicos campeones con Central en 1984, conducidos por Líber Arispe en la dirección técnica y Germando Adinolfi en la preparación física.

¿Cuántos de aquellos jugadores llegaban al Palermo en auto? La mayoría absoluta llegaba en bondi y se bajaba con el bolsito en la mano en la parada de Francisco Llambí. Otros llegaban caminando y atravesaban aquel pesado portón de hierro donde muere o nace Diego Lamas.

Aquella alegría conmocionante y chiquita del ascenso en 1983 tuvo su secuencia en aquel alumbramiento de la A, con el liderazgo, ahora, del maravilloso y humilde Arispe y un grupo de obreros del fútbol que había agarrado para las ocho horas de las canchas y llegaba al laburo con gusto.

Era inverosímil y fue verdad

Cuando todo empezó en 1984 con la derrota ante Bella Vista, donde atajaba el Flaco Jorge Fossati, en el mismo Palermo que unos meses atrás había sido el estadio de la felicidad por el ascenso, nada hacía presagiar el final feliz del 30 de setiembre.

Fueron 24 partidos con un arranque lento, propio de un cuadro que venía de la B, pero después de haber sorteado a Nacional y Peñarol en el Centenario –en la primera rueda ante los bolsos se jugó en el Parque Central– y después de haber goleado a Defensor, los últimos tres partidos, los de “acá se va a caer sí o sí”, fueron lo más épico y maravilloso que viví en el fútbol profesional. Un increíble 5-4 con Sud América en la antepenúltima; un angustiante y estremecedor 1-0 con Wanderers, con un golazo de tiro libre de César Pereira a Eduardo Pereyra; y, por último, el día del milagro, el día de la hazaña impensada, el 2-1 ante Huracán Buceo, con aquella maravillosa y brutal pirueta aérea del Mosquito Villarreal.

Nadie daba dos pesos por Centralito y, sin embargo, fue sumando puntos, victorias, goles, ilusiones. El equipo que en 1983 jugaba en la B y un año después consiguió el mayor título de Uruguay en el fútbol profesional, logro que hasta ese momento solo habían conseguido durante décadas Peñarol y Nacional, y en 1976 Defensor, que había roto en ese momento por única vez la supremacía absoluta de los cuadros más populares de Uruguay. La de Central fue, es y será una hazaña única e inigualable.