Hay acuerdo general en el mundo del fútbol en que el puesto de cuidar el arco es muy singular. También en que pocas veces se reconocen sus méritos en el juego: cualquier mínimo error suele ser de una enorme gravedad. Juegan siempre con una espada de Damocles que pende sobre sus cabezas. El golero se encuentra sometido a presiones únicas y suele ser el objetivo predilecto de los insultos de los hinchas rivales. El área es su territorio, pero también su jaula.
Rodolfo Alves es, desde 2024, el golero de Central Español y fue un protagonista clave en los dos ascensos consecutivos que lo llevaron de la divisional C al campeonato de la A. Nació en 1991 en Santos, San Pablo. Allí mismo dio sus primeros pasos en el deporte practicando futsal, y en ese tiempo fue compañero del mismísimo Neymar. Lo dirigieron Juan Ramón Carrasco y Jorge Fossati, también fue compañero de varios uruguayos, como Martín Ligüera, el Morro Santiago García y Lucas Olaza. Hoy vive en Montevideo, según dice, “muy tranquilo y feliz” junto a su esposa, su madre y su pequeña hija de un año y medio. Tiene, además, cuatro hijos más que viven en Brasil.
“Yo no era arquero, yo jugaba futsal de pivot en Gremental. Un día miré unos entrenamientos de arqueros, me gustó y pedí para ir al arco y nunca más salí. A los 12 años pasé a la cancha de 11 en el club Portuarios. Fui a jugar un campeonato sub 12 en San Pablo, me destaqué y me llamaron del club San Pablo para hacer un test y lo pasé. Me quedé en las inferiores del club en esa categoría y estuve hasta los 15 años, cuando me fui para Paraná, al Curitiba. Con 16 y 17 años estaba destacándome en las categorías de base y subí al profesional con el plantel principal; con 17 jugué Copa de Brasil y también en la Serie B. Fui en ese tiempo uno de los arqueros más jóvenes que jugaban en Brasil”, dice sobre sus comienzos, y agrega más detalles de su largo camino en el fútbol grande de Brasil: “De Paraná me fui a Inter de Porto Alegre, con 19 años, y me incorporé al equipo principal, pero era el cuarto arquero, porque estaban el Pato Roberto Abbondanzieri, Lauro, que era un gran arquero de Brasil, y también el hermano de Allison, y yo estaba después. Allí bajaba a jugar a la sub 23, pero entrenaba con el plantel principal. En 2010 salimos campeones de la Copa Libertadores. Luego salí de Inter y fui para Athlético Paranaense, donde estuve ocho años, y trabajé con Everton, gran arquero que hoy está en Gremio. Luego pasé a Fluminense con 29 años”.
En el Flu vivió algunos de sus mejores momentos. Una foto increíble recuerda una atajada a quemarropa a Gabigol en un Maracaná con más de 70.000 almas, un partido en el que ganaron en el último minuto y que lo recuerda como maravilloso. Luego de esos años en Río de Janeiro llegó una etapa distinta, porque su carrera se vio marcada por una sanción derivada de controles en los que se le detectó el uso de sustancias prohibidas, episodio que lo llevó, incluso, a pensar en abandonar la carrera: “Pasé luego a jugar en otro equipo menor, pero me lesioné en la primera fecha y ya no pude jugar. Entonces estaba a punto de desistir, quería dejar de jugar, pero mi esposa me convenció de intentar una vez más. Cuando salí de Fluminense me desanimé mucho del fútbol, de todo lo que hay alrededor, quería parar”.
Rodolfo habla de sus maestros y se emociona. “Quien me enseñó mucho para aprender a jugar fue el entrenador Fernando Deniz en Fluminense; él me hacía jugar mucho con los pies. Hoy un golero tiene que saber jugar con los pies: si no, no juega. Mi ídolo en mi puesto siempre fue Rogério Ceni, además soy hincha de San Pablo y siempre miraba a Rogério, jugando, entrenando, para mí en la época que jugaba era un golero bien completo, hacía todo bien: penales, pelota quieta”, comenta.
No hay casualidades. Quienes han observado desempeñarse a Rodolfo saben que maneja notablemente todos los fundamentos y tiene todas las virtudes requeridas en su posición: sale a cortar centros –una habilidad poco frecuente en Uruguay–, es muy bueno sacando del arco y juega muy seguro con los pies. Pero quizás lo mejor sea que siempre sabe qué usar en cada momento: maneja el cómo, pero también el cuándo.
El puesto de cuidar el arco requiere condiciones físicas particulares, pero también psicológicas, y él lo sabe: “Es un puesto muy especial. Creo que se necesita mucho coraje, porque cuando querés ser arquero, tenés que nacer con el don de ser arquero, pero tenés que tener mucho coraje y confianza para hacer las cosas que un arquero hace, para salir jugando y estar con la pelota, sabiendo que detrás solo tenés el arco. Entonces si pierde la pelota, puede tomar un gol. Nosotros protegemos a los zagueros. Los zagueros protegen a los del medio. Los medios se protegen con los delanteros, y ¿quién nos protege a nosotros? Nosotros protegemos a todo el equipo”, sostiene, también dándole un ángulo sobre lo que significa ser arquero hoy: “Un golero tiene que jugar muy bien con los pies, tiene que tener una buena salida del arco y tiene que tener técnica, velocidad, fuerza; sin estas cualidades no puede jugar. Y mentalmente tiene que ser muy frío, porque tiene en la cancha muchas cosas que no puede hacer. Es muy importante saber manejar el tiempo del juego, cuándo parar y cuándo pasarla, estar mirando todo el juego”.
Rodolfo Alves.
Foto: Alessandro Maradei
No parar
En 2024 llegó a Central. Cambió su vida en Brasil para llegar a Montevideo y jugar en una categoría del fútbol amateur. “Tuve que dejar a mi familia. Central no estaba bien. Fui a vivir a la casita que hay en el Palermo. Extrañaba mucho a mi familia, a mi esposa, todo el tiempo quería volver a Brasil. Pasé un año entero así, hasta la definición del campeonato en diciembre tuve que alejarme de mi familia por mi sueño”, sostiene.
Rodolfo estaba suspendido y no pudo jugar la final del campeonato de la Divisional C que Central perdió en Melo con Artigas. Pero sí lo hizo en la final del Clausura contra Bella Vista y en la final por el segundo ascenso contra Villa Española, donde fue figura clave. En ese último partido fue el héroe de la jornada: atajó un penal en el partido que mantuvo el 0-0 y luego, en la definición por penales, logró atajar el último y decisivo.
Rodolfo quiere a Central y en Central lo quieren a él. “Siento mucho el cariño de la gente. Me sorprendió ver a la gente en la tribuna con mi camiseta. Para mí eso es un placer, es un placer jugar hoy en Central. Tengo una chance nueva en el fútbol porque me abrieron las puertas. Además, me encantó Montevideo; Uruguay es un país que, por mí, no vuelvo a Brasil, me quedo acá. Estoy muy tranquilo, porque si se quiere construir una familia y trabajar acá es divino, tiene tranquilidad. Yo vivía en Río, salía a entrenar y no sabía si iba a volver, siempre con miedo de recibir una bala perdida. Es muy complicado. Yo acá salgo tranquilo, voy caminando a entrenar al Palermo”, dice el arquero.
La experiencia en el fútbol uruguayo lo llevó a conocer canchas y públicos diversos. Debió sufrir a varias hinchadas, en las que a veces aparece lo peor del fútbol. “Los hinchas están bien cerquita. Yo no les hago nada a las hinchadas, no les contesto aunque me griten. Me han dicho cosas racistas, pero no respondo; el problema es si te lo dice un compañero, un jugador del otro equipo, ahí sí es complicado. A los hinchas que me gritan en contra trato de ignorarlos, me entra por aquí y me sale por aquí”, sostiene.
En este camino, dice que el fútbol le ha dado muchas cosas, pero también le hizo perder otras: “El fútbol, por ejemplo, me hizo perder el nacimiento de mis hijos. Cuando nació mi primer hijo yo estaba jugando, no pude estar en el hospital. Es complicado, yo no quiero eso nunca. Cuando renové mi contrato para jugar en la B, primero que nada pedí traer a mi familia. Es mi base, donde quiero ir mi familia tiene que estar conmigo. Es todo, y este año conseguí traer a mi madre, que es una gran hincha, mi hincha número uno. Mi padre fue la persona que más me apoyó; me llevaba a los entrenamientos y a la cancha para jugar. Pedía para salir más temprano de trabajar para poder llevarme. Yo crecía sabiendo esto. No pasé hambre, pero a veces no había algunas cosas, pasé alguna necesidad. Vi el sufrimiento de mi padre para darnos todo a mí y a mi hermano. No quiero eso para mis hijos, y tengo que hacer lo mejor en la cancha para darles lo mejor a mis hijos”.
Inmerso en esta realidad de Central Español, Rodolfo todavía alimenta sueños en el fútbol porque el fútbol, como la vida, sigue. “Sigo soñando con cosas en el fútbol. No sueño con la selección brasileña. Fui citado para una prelista de los Juegos Olímpicos en 2012, para una sub 23; tenía 21 años, pero no pude ir. Hoy sueño con Central, conseguir una clasificación para una copa sería realmente soñado. O quién sabe, conseguir un título uruguayo de nuevo para Central; o construir una base para mi familia. Ese es mi sueño, que mis hijos vayan bien a la escuela y que hagan la facultad, eso quiero”.
Pasado y presente
Desde hace tres años Rodolfo compone, junto con otros tres veteranos, la columna vertebral de Central Español; son grandes responsables del éxito acumulado. El brasuca destaca la importancia del compañerismo, del grupo espectacular que conformaron junto con Alejandro Villoldo, Raúl Tarragona y Juan Ignacio Panzariello (hoy en el Amazonas de Brasil), coincidiendo en estar casi al final de sus carreras y, al parecer, confirmando que lo viejo funciona.
Rodolfo es una persona generosa, amable y humilde. Su presencia en Central recuerda, inevitablemente, el paso fulgurante de otro gran brasileño por el club, el enorme Paulo Silas, que en apenas cuatro partidos se metió para siempre en la historia del fútbol uruguayo. De su paso por Central dejó también una enseñanza fuera de la cancha. Cuenta la leyenda que, después de un partido, lo aguardaba la prensa, multitudinaria como pocas veces se había visto en el Parque Palermo, y le preguntaron: “Para usted, Silas, que jugó en los mejores estadios, que estuvo en los mejores vestuarios, ¿cómo es estar aquí en los vestuarios del Palermo?”. El astro brasileño respondió que estaba muy feliz, que nada de eso era importante, “porque el vestuario lo hace el jugador”.
La afirmación excede lo que puede significar el mundo del fútbol y rescata el valor de lo humano por sobre todo. En tiempos de mercantilización del jugador de fútbol y de la vida en general, las palabras de Silas resuenan poderosas, y el diálogo con Rodolfo permite apreciar que, aunque muchas veces no se los considere así, los jugadores de fútbol son personas valiosas que merecen respeto.
Alabado sea
“Dios es para mí una base. Soy evangélico. Ahora no estoy practicando mucho, pero lo soy. Creo en Dios, en Jesús y en el Espíritu Santo. Todo lo que tengo lo tengo por Dios. Tengo mi familia por Dios. Dios colocó a mi esposa en mi camino para construir a mi familia. También mi madre tiene una fe muy grande en Dios y es una base muy importante para nosotros. Siempre rezo para que no acontezca nada malo. Rezo antes de empezar el partido y luego. Rezo también en el vestuario, pido por la victoria, pido muchas cosas antes del juego. Luego de que habla el técnico, da la motivación, luego habla el capitán, también nos da otra motivación, y todos nosotros nos unimos y yo oro para mis compañeros de rodillas, para que Dios nos bendiga a todos”.
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