Empieza la B. Segunda División Profesional le llaman los comunicadores de saco sin corbata, de cabellera alisada con planchita y brillo Kérastase que se sacan de arriba la noticia en las multipantallas del mundo en el que nos tocó vivir. Reconozco que es presuntuoso y excluyente, pero no cualquiera puede entender la dimensión de una final del mundo de cada bendito sábado de la B.

Hay que tener años de cicatrices, de cementos chuecos y alambrados vestidos de óxido, de mates lavados, grasa de tortas fritas y vino suelto para entender lo que representan las tardes de la B. Los que estaban y los que estarán, los que esperaban y los que siguen ahí, aquellos que soñaban y los que se rindieron lo entienden.

Miles de sábados con tangerinas, rifas de tortas y camisetas, puteadas, alegrías, goles gritados desde atrás del arco, mioncas u ómnibus con paradas perdidas. La dimensión desconocida de los otros es por años nuestra vida hasta que un día los que están adentro sudando la camiseta, que es el eslabón que une esa pasión con sueños y frustraciones, te hacen piecito y te hacen zafar del limbo de la B para que vivas el paraíso de los domingos en la A.

¿No somos más que un par de cientos de miles los que hemos vivido en las entrañas de ese limbo, purgatorio y hasta paraíso? ¿No valemos tanto como ustedes, que tuvieron por décadas sus tiempos compartidos en la Ámsterdam o la Colombes y ahora la van de bacanes en sus estadios a donde no dejan ir al otro? La B es un espacio de sueños y dramas, de dolores y alegrías. La B es el pueblo, es el barrio, es la unidad básica de la calle, los yuyales, los maníes, los mostradores.

Del fútbol heroico

¿Conocen la génesis de la Segunda División en la Asociación Uruguaya de Fútbol (AUF)? En 1902 se fundó River Plate FC. Una muchachada que jugaba en los campos que iban desde el puerto hacia Capurro. Dicen los hermanos Magariños en su obra Del fútbol heroico que “todos ellos eran gente humilde, trabajadores, canillitas y estibadores”. Cuando se quisieron afiliar a la liga, los otros clubes de la AUF calificaron la idea de una “pretensión inaudita” porque “¿cómo iban a alternar y a pecharse y darse de patadas los hijos de familias bien con trabajadores, estibadores y canillitas? ¡Imposible!”.

Entonces se llegó a una solución: se formó un campeonato de segunda que, sin embargo, tenía un reglamento de excesiva severidad y hacía altamente improbable el ascenso a la A: para que un club pudiera subir debía ganar por tres veces consecutivas el Uruguayo de Segunda División. Imaginan que, obviamente, el viejo River lo logró: subió a la A y, un par de años después, fue por primera vez campeón uruguayo de la A.

La vida sin chapa y pintura

El mundo de la B es un barrio en el mundo. La B es el rey del maní en su carrito mitad bicicleta mitad tanque gritándole desde la explanada al Pato a dónde tiene que mandar el centro. La B es un jardincito frontal de una casa de bloques con olor a jazmines y tuco, con unas cumbiambas y mate lavado. La B es el canchero fogoneando, la caldera a leña y su hijo jugando de 5 de cuarta a primera. La B es el hueco del alambrado, los vestuarios abovedados como si Dieste hubiese pensado su obra con placas acanaladas de dolmenit. La B es esperar el sábado más que el baile, es recorrer los barrios, bajarse mal del bondi. La B es la escuela del arte de bajar en segundos tres o cuatro escalones-gradas para quedar junto al línea y ofrecerle su versión discordante de la sanción de aquel orsái.

La B es el callejón sin salida del Fossa, el murito del Palermo y el Méndez Piana. La B es un viaje de una hora en un Coetc. La B son niñas y niños que corretean por la explanada de la tribuna mientras sus mayores gritan o cotillean entre mates, roscas de chicharrones, pastelitos de dulce y tortas de chocolate emergentes de plásticos envases de helados Crufi travestidos de táper.

La B es una transferencia por 500 costillas vacunas, un gol de arco a arco o un jugador al que le tiran un sutién. Es el Panza dibujando por la zurda, el Mamaso sacándola de un dedazo del estadio o el Loco gambeteando de arco a arco haciendo un gol que ni Maradona hubiese hecho, para que un cuervo anule aquella maravilla porque le pareció ver mano o foul.

Los cracks de segunda mano

La B no es un shopping, no es una feria de autos usados. La B somos nosotros, son los clubes y sus barrios, entre algunas instituciones que están lejos de los bingos o kermeses y cerca de la bolsa y de los papeles de Panamá.

Hay que jugar, hay que ganar, hay que sobrevivir la competencia cuando la globa suburbana llega al centro futbolero a marcha camión, con tiktokers de bocas sin dientes, caudilletes políticos, preciosuras viejas, guachos planchas, intelectuales de izquierda, aburridos dependientes de oficina pública y bacanes teñidos de agua jane vibrando cerca del alambrado con pleno conocimiento de causa en algunos casos (“¡Bo, Braian, entrá a meter porque si no, mirá que no entrás más por allá!”) y ausencia total de datos en otros (“¡Dale, 8, jugásela redonda al 10!”).

La B, en definitiva, es una praxis para miles de nosotros, que pasamos caminando entre los tubos de ingreso y nos despatarramos al sol en la tribuna despoblada, para volver a vivir, sentir y vibrar, como soñé que me pasaba aquel sábado de primavera cuando Moreira levantó la cabeza y empezó a avanzar; era el Juan, y allí empezó su raid maradoniano. Al salir del círculo puso el pecho y la barriga para adelante y ya se peló a dos que quisieron cerrarlo y sacarle la pelota. En tres cuartos seguía el Juan, dejó como conos a otros dos y cuando abrió la portera del área grande otros dos iban como despavoridos atrás del fantasista caderudo y ancho, del Maradona de los andurriales del fútbol. El Gordo Juan la acomodó de puntín contra el palo y supe que estaba viendo un gol que merecía quedar escrito, exagerado y vulgar como un chorizo al pan, como una torta frita, pero maravilloso e inigualable como una obra de arte que ninguna inteligencia artificial podrá realizar ni contar.

Ya lo dijo el Ruso: ¡que nunca falte!