Un partidazo, un festival de adrenalina, un espectáculo extraordinario en su acepción más primaria: por fuera de lo ordinario, distinto a lo que suele suceder. El empate 3-3 entre Liverpool y Central Español fue un gran partido y, aunque los especialistas y los críticos puedan esbozar que el resultado no le sirve a ninguno, en la pulsión posmoderna de ceros y unos de las redes sociales –donde todo tiene que ser éxito absoluto y ya–, quien suscribe desde esta tribuna, con algunos expedientes arriba, sostiene que semejante exposición y posición de los equipos sirve, y mucho, para sentirse seguros y potenciar los desarrollos futuros de ambos.
Hermosa contienda, con argumentos y potencialidades bastante distintos, que igualmente nos condujeron a la paridad final que, empujados por el fast mind, nos desvía a preguntarnos de qué sirve ese punto.
El encuentro estuvo marcado por una lógica determinada por los campos de juego, que no es la misma que la de nuestra cotidianidad. Dentro de los principios no escritos del fútbol mundial está esa lógica propia del césped. Sucede que Liverpool, con su equipo y plantel armado para la competencia internacional, con figuras de comprobada calidad y jerarquía, enfrentaba a un Central que recién viene de la B y que no tiene las mismas posibilidades que sus rivales. Sin embargo, el conjunto palermitano exprime de tal forma sus capacidades y su estructura que no solo dan contención a los ataques rivales, sino que además administra sus pocos créditos para generar acciones que a veces quedan cerca del gol.
El inicio y el infortunio negriazul
El partido cambió al minuto y medio. En la primera proyección por mitad de cancha de Central, Fernández avanzó con presteza desde el lateral derecho. Metió un sablazo impresionante, pero el destino de la pelota no fue solo su potencia y dirección, sino el intento de quite de Santiago Strasorier: al barrerse, el zaguero terminó venciendo a su propio golero, Martín Campaña, configurando un gol poco afortunado para el fondo negriazul que puso el 1-0 parcial.
Sin embargo, el empate de Liverpool llegó apenas tres minutos después, cuando, en una jugada bien gestionada por derecha, Gonzalo de Melo mandó el centro con pierna zurda para Federico Martínez, quien, bien posicionado, conectó de cabeza cuando Rodolfo intentaba salir y venció al arquero brasileño para poner, a los 4 minutos, el 1-1.
La posesión de pelota se incrementó notablemente para los locales, mientras que Central Español apelaba al orden defensivo, intentando cerrar los caminos que Zabala y Amaro abrían con insistencia.
La jerarquía y la transición letal
A veces la inexperiencia o la falta de callo para algunas situaciones genera momentos críticos. Tras una jugada de ataque de Central, llegó el segundo gol de Liverpool, nuevamente por obra de Federico Martínez. La acción nació de un córner para Central, que, además, tuvo la segunda pelota; en un intento de filtrar un pase peligroso, el futbolista palermitano dejó corta la pelota frente a la primera marca de Liverpool, que salió rápidamente hacia el arco de Rodolfo, con tres negriazules contra uno. Finalmente, la pelota fue cedida a Martínez, quien se abrió ligeramente en su carrera hacia la derecha ante la salida del meta brasileño y, con el arco libre, empujó la pelota a las redes para poner el 2-1.
Pese al golpe, el cierre del primer tiempo no pudo ser mejor para Central, que, atacando en los últimos minutos, generó varias acciones de peligro –alguna entreverada, otra más clara–. Cuando parecía que se iban a los vestuarios en desventaja, un nuevo córner derivó en una segunda pelota y el centro lo capitalizó, casi en el área chica, de cabeza, Ignacio Rodríguez. El zaguero, formado y campeón en Liverpool pero que ahora defiende a Central, venció irremediablemente a Campaña con un frentazo y puso el 2-2.
Ese es el equilibrio que define el primer tiempo: la capacidad de Central de maximizar sus pocos créditos genera esa sensación de peligro constante, a pesar del dominio de Liverpool.
Intenso
Fue un primer tiempo capicúa para los centralófilos, dado que convirtieron en el primer minuto de juego y volvieron a anotar al final de los 45 iniciales, cerrando la etapa de la mejor manera tras haber cargado repetidamente sobre el arco negriazul.
El segundo tiempo empezó con un guion que parecía venir escrito desde la primera parte. Liverpool mantuvo el control visible, por así decirlo, de las intenciones de ataque, pero Central de ninguna manera se restringió a solo defender o neutralizar a los negriazules y mantuvo ese matiz de tratar de dar la estocada cuando se pudiera.
A los 8 minutos sucedió lo que no era muy esperable, pero que tampoco podía descartarse. Fue Fernando Camarda quien robó una pelota por derecha, progresó, fue ingresando en diagonal dejando rivales y marcas atrás, y cuando parecía que se difuminaba el peligro de la jugada, cedió a Máximo Alonso, quien, en el vértice del área grande, sacó un zurdazo impresionante, cruzado, que venció a Campaña para poner el 3-2 para Central.
Pero solo seis minutos después llegaría el 3-3 de Liverpool, en una gran definición del floridense Facundo Barceló, que, después de una trepada por derecha del argentino Ramiro de Gregorio –que recién había ingresado– y ciertas distracciones defensivas de Central, recibió el centro-pase y tocó con justeza para vencer a Rodolfo y volver a poner el empate por tercera vez en el partido.
Una maravilla, y quedaba media hora más en la que, al final, no hubo goles, pero sí muchísimas emociones: Liverpool repitió ataques, el brasileño Rodolfo atajó una y otra vez, pero Central tenía unas monedas guardadas que usó casi a la perfección y rozó el cuarto gol que tampoco llegó.
¡Partidazo, muchacho, muchacha!