Juan aprieta el puño como si necesitara dar el más fuerte de sus golpes o, más que eso, como si lo que apretara fuera el amor o fuera la vida. Aprieta como si se abrazara así, apretadísimo, con Leandro Paredes, el crack que también aprieta los puños como al amor o como a la vida y que celebra junto con sus compañeros en el centro del césped del estadio Monumental. Aprieta con el alma ahora, cuando a Buenos Aires no le perdura ni un flash de la luz natural del domingo, cuando al Superclásico no le queda más que la ceremonia de los comentarios con los que miles y miles se vuelven a casa, porque hoy ya no hay posibilidad de fiesta y mañana sí hay garantía de rutina, cuando la humanidad ya conoce que Boca le ganó 1-0 a River, cuando nadie de la humanidad que está cerca sabe que él es Juan, Juan anónimo, Juan laburante que poblará esta semana la panza de sus pibes gracias a la changa que lo metió en ese escenario para ligar un mango entre las sobras de la industria de la pelota, Juan más que feliz. Ocurre que Juan tiene el puño tan apretado y suspira más que feliz porque es de Boca, aunque, en ese instante, tan próximo a los jugadores de su equipo, tan lejos de cualquier desconocido que ande igual que él, no se lo pueda ni susurrar a nadie de nadie.
Además de cerrar el puño de ese modo, Juan, entonces, cierra los labios. En la Argentina del fútbol campeón del mundo, en un duelo estridente que se define por un gol de un campeón del mundo, los hinchas visitantes tienen vedado hablar e, incluso, ir a la cancha. Con el espectáculo concluido, Juan asume que, sobre todo, cerró los labios un rato antes, en el epílogo de la primera etapa, cuando el uruguayo Miguel Merentiel corrió para buscar un pase geográfico, geométrico y más que exacto de Paredes, tocó la pelota hacia el medio del área y esa pelota encontró la mano del defensor Lautaro Rivero. Penal para Boca, penal para Juan, penal para Paredes. A Juan siempre le gustó el cubano Pablo Milanés y se le vino a la cabeza la canción esa de Milanés que enuncia “el nacimiento del mundo se aplazó por un momento”. Lógico, el movimiento del mundo se aplazó por un momento, se puso quieto como suele ponerse quieto en la instancia del penal en los partidos resonantes. Y, después, ya no persistió quieto el mundo. Paredes gritó mucho y los otros diez de Boca gritaron mucho, y el resto del aire y del público, pleno River, se transformó en un silencio. Y él, Juan, muy de Boca, se sumó al silencio de River y no al grito de Paredes, porque era lo único que podía hacer. Apretar los labios para que no se le escapara ni media vocal de su alegría. Y apretar el puño.
La segunda parte Juan la miró siempre con los labios cerrados y con el puño cerrado pero recubierto de una extraña confianza. Aparte de unos cuantos cantantes, lo que lo entusiasmó en todos sus pasados fue el cine. Y en el cine más tradicional, en ese que a veces es insípido pero amable, en ese que llena el horizonte a pesar de que la trama resulte un poco plana, triunfan invariablemente los buenos. Y, entre los buenos, hay un héroe, el muchachito de la película. No podía fallar: si Paredes era el mejor, si le había entregado como una joya el pase del penal y algún otro pase perfecto al incansable Merentiel, si había retornado a Boca en el año previo con la esperanza de protagonizar hazañas dignas de Hollywood, si había clavado el penal en el fondo de los fondos del arco que tan eficazmente protegía el arquerito Santiago Beltrán, si todo eso, listo: la historia no podía acabar con otro desenlace. Juan ni dudó en las ocasiones en las que Maxi Salas, el más picante de la ofensiva de River, coqueteó con lograr el empate. Demasiado brava es la existencia como para arruinar, también, una película así: Boca, de visitante, con gol del mejor, o sea, de Paredes, con los centrales Lautaro Di Lollo y Ayrton Costa convencidos de rechazar cada bochazo rival como si la infancia los hubiera preparado para custodiar a Paredes o como si aspiraran a llevarse el Oscar a mejores actores de reparto, con Juan, puño apretado, labios apretados, ahí, ahí, ahí.
Con el trabajo finalizado, al tomarse el tren de viaje largo que continúa al ómnibus de viaje largo para marchar al hogar lejano y ansiado, Juan –que no se llama Juan, pero solicita enmascarar su nombre para que haya más domingos de changas de fútbol- oye que, en alguna radio, el entrenador de su Boca, Claudio Úbeda, resalta la importancia de la victoria. Piensa que le asiste razón. Escucha, enseguida, que el director técnico de River, el Chacho Coudet, evalúa que fue un partido chato. Coincide de nuevo. La paga por el domingo en el Monumental es corta pero le baila en el bolsillo. Frena en un quiosquito y compra una parva de caramelos. Con eso entre los dedos, abre las puertas de su casa, por fin ablanda el puño y acaricia a sus pibes. Después, afloja los labios, no aprieta más nada, se siente muy Juan y un poco Paredes, respira profundísimo y afloja los labios para bramar la palabra que hace rato le sonríe en el corazón: “Ganamos”.