Tras conquistar la 81ª Vuelta Ciclista del Uruguay, Pablo Bonilla no escondió su alegría en las notas de prensa posteriores, a la vez que en la mayoría de ellas también ponía el foco en lo que venía: su vuelta al ciclismo europeo para sumarse al equipo español Padrones Cortizos. Dicho y hecho, porque una semana después de consagrarse en nuestro país el oriundo de Treinta y Tres cambió de colores, de pelotón y lo lanzaron a la carrera.

Bonilla corrió la Clásica de Pascuas. Y no lo hizo nada mal, porque cerró su primer desempeño entrando en el top 20, quedando 19º a 6 minutos 50 segundos del luxemburgués Mats Wenzel, ganador de la carrera con el equipo navarro Kern Pharma.

En la carrera, que tuvo salida y llegada en Padrón, La Coruña, también participó otro uruguayo: Eric Fagúndez defendió los colores del BH Burgos, su equipo desde hace buen rato en España. El de Vergara, que ya sabe lo que es ganar la Clásica de Pascuas porque la conquistó en 2022, culminó en el puesto 52, lejos de la pelea por la victoria –donde sí estuvo su compañero de equipo, Jesús Herrada, quien se subió al podio en el tercer puesto–, pero sumando kilómetros y manteniendo su lugar en el competitivo calendario español. La coincidencia de Bonilla y Fagúndez en el mismo pelotón simboliza el momento que vive el ciclismo uruguayo.

Monumental Van Aert

Van Aert ganó la París-Roubaix 2026. Más allá de Galicia –y de cualquier otra carrera de ciclismo que se haya corrido en el mundo–, la gran atención del pedal estuvo puesta en la mítica París-Roubaix 2026, carrera de casi 260 kilómetros que es considerada unos de los cinco monumentos –selecto grupo de carreras con ese mote–, donde ganó el belga Wout van Aert, en un mano a mano impresionante con Tadej Pogacar, el ciclista más dominante de los últimos tiempos.

Ambos llegaron en solitario y con casi medio minuto de diferencia con el grupo perseguidor. El cierre, como es característico, fue en el velódromo de Roubaix, donde se corre una vuelta y media. Pogacar entró primero y fue todo el tiempo relojeando lo que hacía Van Aert. El belga lanzó un ataque a prácticamente 100 metros de la llegada, con una explosión contra la que poco pudo hacer el esloveno. Para Van Aert significó su segundo monumento, después de que en 2020 ganara la Milán-San Remo.