Maldonado es el nuevo campeón del Interior. Derrotó a Salto en el global, luego de ganar 1-0 en la ida, en el Dickinson, y empatar 1-1 en el estadio del Club Atlético San Carlos, que lució repleto. Más de 3.000 personas —y unas cuantas almas— hicieron vibrar la tribuna Fernando Agorrody, donde los relatores gesticularon con cada jugada. También estuvo habitado cada rombo del alambre. Las cabezas se movían como tentempiés con las jugadas.

Maldonado se impuso con las llegadas de Rodrigo Pérez, que insistió todo el partido. Al número 9, Andrés Santos, por un lado y por el otro, le llovieron centros como bengalas. Un dron se confundió con una luciérnaga, con una cañita voladora. Todos querían estar en la foto de las cantinas para siempre, en el comedor del cuarto de la abuela. Ser campeón del Interior no se extingue.

En la tribuna festejaron una patada de Rodrigo Tabárez, que manejó los hilos del juego. Los salteños buscaron siempre al Tiki Alan Aranda. Cerca del córner colgaron banderas de la liga salteña, del Nacional naranjero, del Ceibal. En las pelotas quietas de Aranda se agarraron de todos los trapos, de todas las historias de los pueblos, de todas las rutas que los separan.

Cerca, la familia y los amigos del Pipo Juan Lladó lo alentaron desde temprano. Donde escribí se extendió la bandera del cuadro local. Facundo Moreira estuvo en todas las conversaciones. “Parece que mejoró el área de panchos”, acotaron. De los pies de Aranda, Salto creció en el campo que escondía los botines. Lo tuvo Javier Vargas, el 9 del pueblo de Quiroga y Marosa y Amorim. La voz aguardentosa del parlante anunció que los minutos pasaron lento, la rifa, la lista de negocios del pueblo, los cambios.

Matías Tavares emergió del rocío. Se juntó con Axel Ripa, que fue un motor, e incluso se animó a probar de lejos. Los gordos de la tribuna le gritaron “gordo” al línea: no corrió aquello de no hablar de los cuerpos. La intensidad fue creciendo con el barro que tapó los números. Una pelota se fue lejos, al medio del barrio. Sonaron las vuvuzelas como en un Mundial del pasado.

Javier Vargas cabeceó cerca y por un segundo no hubo ningún tipo de acento. Cuando la pelota finalmente se dio contra el alambrado, volvieron el bombo y las canciones. Sin embargo, Vargas, con toda su experiencia, pateó a quemarropa al Pipo y, en el rebote, el gol de Nicolás Arbiza hizo delirar a la parcialidad visitante, que festejó la igualdad de la serie. Caliente, la hinchada fernandina pisoteó maní contra el barro. Cuando echaron a Juan de los Santos por una tontería, volvieron a pisar el maní, esta vez a modo de celebración.

“Pégale fuerte”, pedía alguien. “Pégale despacito”, pedía otro. Con el acento en la “e” y no en la “a”, como el cronista, que no dejó nunca de pensar cómo lo diría Martínez Chenlo. Fue el suplente de Spencer, el cronista; un flâneur suburbano y futbolero, que quiso registrar el humo de los choris, de un faso en paulas, del que hiede a pólvora quemada de las bombas brasileras. Usaron el VAR, un perro ladró y Facundo Moreira también se fue expulsado. La luciérnaga lo siguió hasta el consuelo de su gente. Salto quedó con 9 y, aunque ganando, se sintió duro, insostenible.

El vapor se instaló en las luces del estadio. Maldonado trabajó la paciencia como en terapia. La imagen de la tribuna Agorrody atiborrada fue una poesía. Cuando cayó el gol del empate de Matías Tavares, de cabeza, desviando un centro de Santiago Pérez al segundo palo, la tribuna se puso de pie, agitó la ropa y pensé en que mis padres me alentaron a que hiciera lo que quisiera con mi vida. No hay VAR que pueda con eso. La tribuna volvió a gritarlo con la confirmación.

Cuando se fue Santos sustituido lo aplaudió todo su pueblo. Cuando Tavares desfiló por el cambio, también. Me perdí entre la fiesta como el que se va sin saludar. Las mismas calles hasta la terminal estaban llenas de gloria.