Ya está. No hay que andar explicando más de qué se trata, cómo se siente y por qué la definición de Nuestro Mundial. De ser campeón de nuestro mundo, el de todos los días: el de “poneme 10 litros de súper”, el de hombrear bolsas, el de la esquina, el del laburito en la intendencia; el de que las muzzas lleguen calentitas mientras hacés equilibrio en la Yumbo; de esperas, de frustraciones, de generaciones poniendo ladrillo sobre ladrillo de expectativas para construir la realidad soñada.

Eran 20 años de sequía. Casi una generación. Había jugadores e hinchas, de los 5.000 que estaban en el estadio del Club San Carlos, que nunca habían visto campeona a la selección de Maldonado.

Uno de ellos, seguro, es el que tuvo la gloria de ser alcanzapelotas justo detrás del arco que da espaldas a la calle Tomás Berreta, en San Carlos; a espaldas de la Punta del Este que, 20 kilómetros más allá, atravesando la ciudad de Maldonado, junta y separa las aguas del Río de la Plata con las del océano Atlántico.

A flor de piel

Ahí está el gurí, parado con las manos atrás y su chaleco de OFI, uno azul de alcanzapelotas y no naranja flúor, que hasta le podría servir si se va con su padre o su hermano en la motito de vuelta a casa. Al botija –porque los carolinos, por más aporteñados que puedan llegar a estar, no creo que hayan atravesado la barrera lingüística del pibe (ya se lo preguntaré al olimareño Fernández de Palleja)– lo consumen los nervios del 0-1. Es testigo privilegiado de cómo su selección, los jugadores que llevan como camiseta esa blanca bandera que representa su lugar, su vida y su mundo, le están apedreando el rancho a Nicolás Sánchez, el arquero de Salto que, para el guacho aquel, es un extranjero que, con sus manos, quiere quedarse con su tesoro.

El muchachito está a 12 metros del arco salteño. En ese momento en que lo miro –como lo mirarían los miles apretujados en la tribuna Fernando Agorrody– no tiene pelota en sus manos, que están cruzadas atrás como tal vez le ha dicho su abuela (“portate bien”), y no está ni ahí con la changa dorada que le dieron. Él está en el partido: vibrando, viviéndolo, angustiándose.

Entonces roba la pelota Rodrigo Tabárez y la extiende hacia adelante para Facundo Suárez, que había entrado en el segundo tiempo. Suárez dio un toque a la carrera y la alargó un metro; otra zancada y otro metro con la Panther brillante sobre el barro. Ahí el gurí seguro que le gritó, o pensó o se imaginó: “¡Échalo, o hácelo, Araña!”. El Araña Suárez, el que había convertido el gol del triunfo en la ida en Salto, metió un ollazo abananado, divino, que esperaba en el centro del área el pizzero Matías Tavárez. Matías, como si estuviera haciendo el movimiento justo con la pala en la boca del horno ardiente, movió su cabeza con un gesto único con el que se invita a bailar a la gloria en estos bailes, y puso el gol del título.

La narración se desvía en el centro del Araña y en el cabezazo del pizzero solo por la hermosura de la fotografía, pero la editora de la vida dejará afuera ese instante para volver a centrarse en el muchacho que gira la cabeza cuando Facundo oye su mandato y se enfoca en el frentazo de Tavárez. Antes de que el pizzero vuelva al barro, el botija desenrolla las manos atadas metafóricamente a su espalda y, cuando la pelota está por besar las redes, se olvida de por qué está ahí, revela por qué está ahí y entra a la cancha a abrazarse con sus jugadores.

Ese muchacho, el representante de la generación que, por toda su vida, podrá contar y recrear cómo Maldonado conquistó Nuestro Mundial, no sabe aún que ha tenido allí, en ese rincón de San Carlos, un momento de su eternidad.

La vida entera

Con mis más de 65 pinos y pico recién plantados, le tiro el viaje imaginario a esa globa que imagino me quedará a medio metro de mi pierna derecha. En una toma de decisiones sostenida por la teoría y avalada por la praxis, genero el equilibrio justo, con el contrapeso necesario, para que, al alzar de costado, mi empeine sienta ese contacto único, placenteramente justo, que haga que la pelota sea un infierno para el golero y se la pudra en el ángulo. O donde sea. Intento hacer el movimiento inicial y primigenio para volar a la izquierda y atajar esa guinda. Me despego del piso 40 centímetros para meter ese guampazo mientras quedo sostenido en el aire, como esos viejos y macetudos zagueros centrales de Paso de los Toros o Rodó que van a buscar la última pelota.

Ha terminado otro Mundial. Otro campeonato del Interior. No es el vigésimo segundo, como parece desprenderse de la denominación de la Copa Nacional de Selecciones. Son decenas y decenas de campeonatos jugados. Tengan en cuenta que el de la Confederación del Litoral tuvo su primera edición en 1922, el del Sur en 1924, el del Norte en 1926 y el de la Confederación del Este en 1927. Como Campeonato del Interior existe desde 1951-1952, y este que acaba de terminar fue el 74. Es la vida entera la que ha pasado sosteniéndose con esa sensación, esa expectativa, esos miedos, esos sueños, esos amores, esas dudas.

Ser feliz era esto y otros cuentos

Yo sé el tatuaje de tiempo y vida que tiene para siempre ese muchacho, niño, botija, pibe, guacho, muñaño... porque yo lo tengo conmigo desde el domingo 16 de abril de 1967. Ese día mi selección, la de mis vecinos de puerta, la de los compañeros de clase de mis padres, la de los héroes de aquel verano de sus vidas ganó su y nuestro Mundial. Ese día Florida fue campeón del Interior. No había televisión ni redes sociales. Muchos de ustedes no saben lo que es esto. Ser campeón del Interior es ser campeón del Mundo, porque ese es el mundo de esos jugadores de camisetas que son banderas y escudos del pueblo. Ese es el mundo de los nacidos en esa tierra; el de los que han llegado a ese terruño para vivir, trabajar y querer.

A veces hago un viaje a mi pasado, a los años más felices, y me vuelvo con una valija llena de cosas simples, cálidas y agradables, que son el combustible de mi vaga prosa.

Tenía 6 años, estaba en primero en la escuela Artigas y mi maestra era Perlita Marino. En casa había una bebé de meses, mi hermanita menor Andreína. Con papá –con Jazmín, mi hermana de 3 años en brazos– y mis tíos Juan y Mario nos fuimos a la confitería a esperar a los campeones. Mi abuelo, el juez Martínez –sospecho el más futbolero de todos–, se había muerto unos meses atrás sin llegar a ver a los héroes del pueblo de sus hijos y de sus nietos, que al fin era el pueblo de su alma, llegar en el tren de la esperanza. Pero el viejo, mi viejo –el que ahora ya no está, pero siempre estuvo–, estaba firme allí para iniciarme en el abrazo de la gloria.

Todavía me siento parado sobre las sillas de Crush, con sus mesas redondas de lata, en la vereda del Café del Centro, con los vestigios del exquisito ice cream soda estirado al límite con la soda del sifón que hacía equilibrio entre mis piernas.

El más glorioso atardecer de mi pueblo le está abriendo paso a la noche que será de gloria total cuando lleguen ellos. Los campeones, los héroes para siempre, que desde otro pueblo vienen llegando con el trofeo para definitivamente instalarlo en el altar de lo nuestro: de nuestras calles, nuestros ruidos, nuestros olores, nuestro cariño y nuestros enconos.

El tren de la esperanza, el que pasa poco pero siempre pasa, ya está por llegar al andén de la gloria en su nueva estación, que es mi mundo, en mi tierra, en mi vida. Así como después sabré que lo será en la tuya, en la de ella y la de aquellos.

Suena la sirena a lo lejos, se estremece la calle principal. En el portal de la tienda de la esquina, dos niños apoyados como en un pedestal gritan: “¡Ahí vienen!”, y agitan pañuelos blancos que su padre, su abuelo o esas señoras de boquitas pintadas les han dado. Las sirenas suenan potentes, pletóricas, y ni siquiera en el silencio de la pausa dejan de estremecernos mientras se acerca el cortejo.

Mi padre entonces me recita los versos de Rubén Darío con los que me hacía dormir de bebé: “¡Ya viene el cortejo! / ¡Ya viene el cortejo! / Ya se oyen los claros clarines...”.

Y ahí pasan gozosos, explotando de alegría, nuestros campeones. Mis campeones, que dejan chiquito al edificio de tres pisos con el que contrastan sus rostros de potentes héroes que, altivos y humildes, le sonríen a la vida. Ganar, consagrarse, claro que importa. Pero llegar es trascender, atravesar las barreras de lo esperado, las barreras del tiempo, quedar incrustado en la memoria. Llegar es el verdadero camino donde se obtienen las recompensas.

Lo volví a vivir en 1990, ya casi desde adentro, y juro que sé lo que es la gloria.

La ventana al futuro

Cuando el calor de las fiestas es calor y no se anda con pavadas, las tardecitas de verano –desde aquella pelotita y la mano del padre, tío, abuelo o vecinos iniciándonos en el campo de los sueños, hasta la adultez y la vejentud digna o decrépita– han sido el motor. El fútbol del pueblo ha sido la primera ventana al futuro y, otras veces, la penúltima oportunidad de proyectar una alegría. El fútbol de mi pueblo, del tuyo, del de donde nació tu vieja, del que se crio tu abuelo, del que juega o jugaba tu primo.

Generaciones y generaciones han expresado y pensado lo mismo que hoy les digo: descubriendo primero, acomodándose después, apropiándose de la sensación y sintiéndose uno más para siempre. Cada vez que saben que hoy, mañana o el miércoles desandarán el camino al estadio –el templo pagano de la pelota– y verán sus columnas con focos que parecen faroles de mantilla, haciendo de las nochecitas de verano un porqué de sus vidas.

Parece importante lo de la generación y sus distintas formas de definición: los de la pelota de tiento o los del Tito Amoroso, por ejemplo. También está bien usar las generaciones del tipo “dos generaciones defendiendo la camiseta”, como los Pérez en San Carlos con la blanca de Maldonado. O hablar de la generación del 80, aquella de todos los títulos.

Es como siempre: a tribuna llena como pocas veces, quemándose las manos de tanto aplaudir a sus jugadores que, con lágrimas de emoción, la frente bien en alto y a los gritos, retribuyen el cariño al vecino de la cuadra, a la gurisa del liceo, al almacenero de la otra esquina, al portero del edificio, al jefe de turno de la fábrica y al sereno de la estación de servicio. Con ojos de agradecimiento; con complicidades de “valió la pena soñar”.

La selección de la Liga Mayor de Maldonado ha ganado otra vez y, como cada vez, es para siempre. Sábelo, botija.

Salucita, campeones.