Maldonado (Liga Mayor) y Salto (la liga con más clubes de OFI) han llegado a la final de la Copa Nacional de Selecciones, Nuestro Mundial. Y está muy bien. Lo está por la razón del artillero: porque lo han conseguido deportivamente, sumando una única derrota en el camino hacia las semifinales. Casualmente –o causalmente–, ambos tropezaron en Pan de Azúcar ante la Zona Oeste de Maldonado. Aunque Salto volvió a caer ahora en la vuelta ante Río Negro, se metió en la definición por penales. Y está bien, además, porque son selecciones que encarnan a sus pueblos y han logrado reconstruir esa antigua relación con sus vecinos, los que ven la camiseta como la bandera del lugar y que, con su presencia en la tribuna, suman adhesión y respeto.
Llegar a la final del campeonato del Interior es un gran logro. Sin duda, lo es para los pueblos y para los deportistas que han resignado vacaciones o tardes de playa con la familia, han cambiado horarios para no faltar a una práctica y han resignado el descanso diario para ir amanecidos a trabajar, no porque vengan del baile o de una noche de fiesta, sino porque regresan desde la otra punta del país con una milanesa en dos panes cocinada 15 horas antes o unas pizzas que apenas compensan el desgaste. Es lo único que engaña al estómago hasta que, al día siguiente, después de jugar, ganar y volver, toque echar el lomo en el laburo y recién de tardecita se pueda reenganchar con el mate y unas tortas fritas.
Eso es Nuestro Mundial. Porque es cierto que tiene todas las motivaciones y sueños que un Mundial de la FIFA, pero es nuestro porque nuestras condiciones para que el compromiso sea tácito incluyen estas cosas que no se ven, pero suceden a diario. Lo mismo con la gente, sostén de la ilusión y dique de la frustración, capaz de hacer una vaquita para la nafta y viajar en la camioneta del Quieto, manejando por turnos con cinco termos, dos mates y un par de bolsas de bizcochos.
Flor de finalistas
Las finales empezarán el próximo fin de semana. La ida será en el Dickinson salteño y la revancha, siete días después, en San Carlos, donde habrá un campeón.
Maldonado, con un plantel que amalgama clubes de San Carlos, Punta del Este y la capital fernandina, consiguió la clasificación en el Landoni de Durazno. Allí soportó un empate 0-0 para hacer valer el triunfo de la ida, que había sido de 2-1. Maldonado llega con una campaña que mezcla exuberancia y control: en 14 partidos suma 11 triunfos, dos empates y apenas una derrota. Con 43 goles a favor y solo 9 en contra, marca una vocación ofensiva sostenida y una estructura defensiva confiable. Es un equipo que durante largos tramos arrasó y que en la fase decisiva también supo administrar ventajas.
Salto, en cambio, selló su pasaje sufriendo. Río Negro le ganó 1-0 en el Liebig’s de Fray Bentos e igualó la serie (los salteños habían ganado 1-0 en casa) y en los penales Nicolás Sánchez fue determinante al contener tres remates fraybentinos. Salto, que al igual que su rival llega con el envión de haber sido campeón regional (Litoral Norte), construyó su camino desde un registro diferente: en 12 encuentros acumuló siete victorias, tres empates y dos derrotas. Con 17 goles convertidos y solo 6 recibidos, es un equipo contenido y sumamente eficiente. Su recorrido muestra una capacidad de resolución clave en momentos límite, de un equipo que entiende mejor que nadie cómo avanzar en los márgenes finos de este torneo.
Maldonado vuelve a la escena mayor 20 años después de su consagración en 2005-2006, rompiendo un largo período sin finales nacionales. Salto, por su parte, confirma una continuidad competitiva envidiable, siendo protagonista constante de la era reciente. No es solo una final: es el cruce entre el regreso y la permanencia. Flor de finales.