La historia del fútbol uruguayo no se explica sin el latido constante de sus canchas de tierra adentro –¿adentro de qué?, me pregunto siempre, porque Montevideo también está adentro de Uruguay–, esos escenarios y sets de inolvidables escenografías futbolísticas donde la identidad de un pueblo se defiende con el rigor del reglamento y el sudor de la camiseta.

En este 2026, la Copa Nacional de Clubes –que en el registro histórico se reconoce como el 61.º Campeonato de Clubes Campeones del Interior– alcanza un hito de honda significación institucional al celebrarse su 22.ª edición bajo el nombre actual, con un formato que en los últimos años ha sido orientado un poco como producto, además de contienda deportiva, bajo la necesidad de que cada departamento tenga su representante.

Este año el certamen se viste con las galas conmemorativas de los 80 años de la Organización del Fútbol del Interior (OFI), consolidando un relato de pertenencia que trasciende lo meramente deportivo para erigirse en el fenómeno social más potente del país más allá de los límites capitalinos.

En la Copa A 2026 participan 32 instituciones que representan a 23 ciudades de Uruguay, con una característica que merecería un explicativo de la diaria Verifica: no están administrativamente los 18 departamentos que componen la OFI, y Cerro Largo tiene representante de sus ligas pero con un club de una ciudad de Treinta y Tres, el Cerro Arrocero de Vergara.

Las poblaciones se distribuyen por departamento de la siguiente manera: por Artigas se encuentra Bella Unión (Uruguay); por Canelones están representadas las ciudades de Tala (Atenas) y San Bautista (Vida Nueva) –no hay equipo de la capital–; por Cerro Largo participa un equipo de Treinta y Tres, de la ciudad de Vergara (Cerro Arrocero); del departamento de Colonia se ubican Colonia del Sacramento (Juventud y San Carlos), Nueva Helvecia (Nacional) y Nueva Palmira (Polancos), que juega por el departamento de Soriano; por Durazno está su ciudad capital (Racing y Wanderers); en Flores la representación recae en Trinidad (Independiente y Porongos); mientras que de Florida hay dos (Atlético Florida y Nacional).

La lista continúa con Lavalleja, donde la actividad se concentra en la ciudad de Minas (Barrio Olímpico y Lavalleja); por Maldonado se encuentran Punta del Este (Ituzaingó) y San Carlos (Libertad y San Carlos); en Paysandú compite la capital departamental (Bella Vista); en Río Negro lo hace Fray Bentos (Laureles); y en Rivera, su ciudad capital (Peñarol). Finalmente, por el departamento de Rocha está representada la ciudad de Rocha (Lavalleja); por Salto, la capital salteña (Arsenal, Ferro Carril, Gladiador y Universitario); por San José, Libertad (Campana) y San José de Mayo (Río Negro); en el sector correspondiente a Soriano compite Dolores (Sportivo Barracas); mientras que por Tacuarembó participa su capital (Estudiantes) y por Treinta y Tres la ciudad homónima (Huracán).

La magnitud de este evento, que tendrá su arranque el fin de semana del sábado 9 y el domingo 10 de mayo, moviliza una maquinaria administrativa intensa, con una ingeniería que no admite distracciones y que tiene planteles listos para la “Champions del interior”, que irán por la orejona. Esta vez la OFI no nos sigue en nuestra histórica definición y va con el lema “la ilusión de un pueblo”.

Meritocracia y competencia

La actual composición de la Divisional A parece el resultado de un ejercicio de estricta meritocracia y equilibrio geográfico, una ingeniería que premia tanto la vigencia y el sedimento de los que año a año, desde hace una década, pugnan por mantener un lugar entre los mejores de la más importante copa de clubes del interior, como el momento y el ímpetu de los nuevos campeones departamentales.

El cuadro de participantes se integra mediante una estructura de acceso tripartita: los diez mejores equipos de la edición anterior mantienen su estatus por derecho propio; a ellos se suman los cuatro ascendidos que forjaron su camino desde la Copa B y los 18 representantes departamentales que ganaron su derecho en los campeonatos y canchas eliminatorias locales –vestidas con las ropas de los viejos departamentales, aunque no siempre con los campeones–. Esta distribución asegura que cada departamento de Uruguay tenga, como mínimo, un representante en la cúspide del fútbol de la OFI.

Parece que hay algo de planificación estratégica comercial que en su inicio, tres años atrás, parecía una necesidad para que la Copa Uruguay tuviera representantes seguros de todo el país, cuando la Copa Uruguay llevaba a todos los clubes de la Copa Nacional de Clubes.

¿De dónde venís?

Al analizar la procedencia de los clubes se hace evidente la hegemonía salteña. La Liga Salteña de Fútbol lidera la representación con cuatro instituciones, un fenómeno que no es casual, sino fruto de una densidad competitiva superior. En el caso salteño, la presencia de Universitario (campeón defensor), Ferro Carril (último campeón salteño), Arsenal (entre los diez de la Copa A de 2025) y Gladiador (ascendido desde la Copa Nacional B) conforma un bloque de poderío indiscutible.

Colonia, por su parte, alinea un frente igualmente sólido desde el punto de vista de la división política del país, pero entre sus cuatro representantes, por su geografía, hay uno que es de una ciudad coloniense pero juega en representación del vecino departamento de Soriano, y es nada menos que el último campeón de la Copa B, Polancos. Del departamento de Colonia están Juventud (campeón departamental), Nacional de Nueva Helvecia (vigente entre los mejores diez), San Carlos de Colonia y el laureado Polancos de Nueva Palmira, que representa administrativamente, en cuanto al fútbol, a las ligas del interior de Soriano.

El departamento de Maldonado mantiene un tridente competitivo con Ituzaingó de Punta del Este, Libertad y San Carlos de San Carlos –todos de la Liga Mayor de Maldonado, actual campeón de la Copa Nacional de Selecciones–. Otros departamentos sostienen con orgullo un único representante, como el histórico Laureles de Fray Bentos por Río Negro, Uruguay de Bella Unión en su histórico debut por el sector Artigas Interior, o Cerro Arrocero de Vergara (Treinta y Tres), otro que se coló para la gloria de los vergarenses, pero que se clasificó por el departamento de Cerro Largo, en donde juega al fútbol desde hace unos años.

Geografía de la competencia

La fase de grupos no es solo un filtro de excelencia, sino el motor que reaviva rivalidades regionales bajo una lógica de cercanía territorial. En el grupo A, el eje del norte profundo vibrará con el choque entre los salteños Ferro Carril y Arsenal frente a la resistencia de Bella Vista de Paysandú y Peñarol de Rivera.

El grupo B presenta un escenario de titanes donde el campeón, Universitario, y Gladiador deberán medir fuerzas con Estudiantes de Tacuarembó y el debutante lleno de ilusiones Uruguay de Bella Unión. En el grupo C, la hegemonía coloniense se pone a prueba con Juventud, Nacional de Nueva Helvecia y San Carlos de Colonia desafiando a Laureles de Fray Bentos, mientras que el grupo D se perfila como una caldera del litoral y el sur, donde los trinitarios Porongos e Independiente reeditarán su inefable clásico trinitario ante la amenaza del vigente campeón de la Copa B, Polancos de Nueva Palmira, y el siempre peligroso cerealero Sportivo Barracas de Dolores.

El mapa se completa con el grupo E, un enclave del centro-sur que reúne a Atenas de Tala –la revelación de la edición pasada–, los floridenses Atlético Florida y Nacional de Florida, y Racing de Durazno. En el grupo F, la paridad será la norma con los josefinos Campana de Libertad y Río Negro de San José –finalista en la edición pasada– enfrentando a Vida Nueva de San Bautista y Wanderers de Durazno, que también hizo roncha el año pasado.

La zona este se divide en dos frentes de alto voltaje: el grupo G, integrado por Barrio Olímpico de Minas, Ituzaingó de Punta del Este, Lavalleja de Rocha y Libertad de San Carlos; y, finalmente, el grupo H, donde Cerro Arrocero de Vergara se medirá con Huracán de Treinta y Tres, Lavalleja de Minas y San Carlos de San Carlos. Esta fragmentación estratégica asegura que el fervor de las parcialidades locales sea el combustible de cada jornada.

La ingeniería del campeonato

El sistema de disputa, sólido y probado, contempla una fase de grupos de ida y vuelta de la que clasificarán a los octavos de final los dos mejores de cada serie. Una herramienta vital para los que atraviesen la frontera de la fase de grupos será la posibilidad de incorporar hasta cinco refuerzos tras la fase inicial, permitiendo una reingeniería de planteles para afrontar la o las fases de eliminación directa –porque así será hasta el final–, con renovadas ambiciones.

La Copa A es la cúspide indiscutida del fútbol de clubes del interior, una pirámide cuya base es la pasión de miles y cuya cima solo es apta para los elegidos. El formato de 126 partidos en total garantiza que el equipo que logre levantar el trofeo en setiembre poseerá una solidez deportiva forjada en la regularidad y el temple de su colectivo, sus individualidades y algunas trazas de la suerte del campeón, como aquella pelota que dio en el palo o la que entró llorando después de mil rebotes.

El viejo campeonato de Clubes Campeones del Interior se juega desde 1965 como idea del periodista Efraín Martínez Fajardo, quien trasladó y adaptó la exitosa competencia continental de clubes, la Libertadores, a la esfera del fútbol del interior. En sus 60 ediciones anteriores –en 2020 no se jugó por la pandemia– se atesoran tardes de sol y frío, de lluvias y barro, de suspensiones y de líos, de mucha gente en las tribunas y en las rutas y caminos siguiendo al cuadro, al hijo, al vecino, al compañero.

Antes –la de 1965 y muchísimas más hasta la irrupción en nuestras canchas chacareras del fútbol-negocio televisivo–, la competencia era eso: un deporte en competencia que proponía además un espectáculo para quienes llegaban a los campos de juego. Aquel fútbol era el cine de nuestros pueblos antes de la irrupción de las pantallas, antes del negocio del espectáculo y, entonces, tenía su propia inocencia.

La Copa de Clubes nunca ha sido un simple certamen, un campeonato del montón: es un fenómeno social que moviliza pueblos enteros, dinamiza economías locales y mantiene encendida la llama de la identidad local y barrial.