En un Mundial que está para la foto y que esconde algunas barbaridades –la más notoria es el tema de los desaparecidos en México–, cada vez que los técnicos o los jugadores se mueven la FIFA los recibe rodeados de luces, micrófonos, patrocinadores y cámaras que esperan una frase del tamaño de un teléfono. En ese tablado del fútbol moderno, donde todo debe ser breve, sonriente y compartible, aparece Marcelo Bielsa, un hombre que responde convencido de que las palabras tienen consecuencias.
No hace falta estar de acuerdo con él ni mucho menos, pero hay que admitir que pertenece a una especie en extinción. Un bicho raro en la jungla actual, en un deporte donde cada vez hay más especialistas en construir personajes, en buscar viralizaciones efímeras. Bielsa, sin embargo y pese a todo, insiste en combatir esa parafernalia. Y aunque le digan Loco, parece más cuerdo que nunca.
Bielsa, hace años, cuando dirigía la selección chilena, tiró una pregunta que todavía hace ruido –recopilada en el libro Los 11 caminos al gol, del periodista chileno Eduardo Rojas–. Dijo: “¿No notan que el fútbol se parece cada vez menos al aficionado y más al empresario?”. Y te deja pensando, como lo estás haciendo mientras leés esto.
Desde hace mucho tiempo, el fútbol se ha convertido en un negocio. Lejos de quedarse en eso, la diferencia es que cuando todo empezó el negocio entraba por la puerta de servicio y ahora se sienta en la cabecera de la mesa. Y peor: decide. Bielsa lleva décadas señalando esa mudanza. A veces tiene razón, a veces se contradice –como todo hombre que intenta sobrevivir dentro de la estructura que critica–, pero su obstinación siempre tiene algo valioso porque obliga a mirar el decorado cuando todos están distraídos mirando las luces.
Quizá por eso molesta tanto. En una época en la que todos estamos entrenados para consumir fragmentos –por no decir pedacitos– de la realidad –que ni siquiera es la realidad toda, sino la “realidad” que señala quien tiene el dedo–, aparece Bielsa y pide tiempo, análisis, atención, concentración. Tiempo para explicar una jugada, para discutir una idea, para preguntarse qué perdemos mientras celebramos lo que se gana. Pide todo lo que parece garpar poco en una lógica que premia lo simple, el contenido picarón, la chispa efímera; y en esa lógica, el Mundial, con sus estadios convertidos en escenarios globales, sus pausas de hidratación para vendernos comida chatarra o casas de apuestas, sus cámaras en cada rincón y sus interminables demandas de contenido, un escenario perfecto para medir hasta qué punto el pensamiento de Bielsa es contracultural en un ecosistema que, al parecer, demanda y necesita técnicos sonrientes, frases de diez segundos y gestos diseñados para circular en redes.
El fútbol del futuro tendrá más cámaras, más datos y más pantallas; eso ya está decidido. Lo que no está claro es cuánto quedará de aquel viejo ritual simple, sin patrocinadores ni códigos QR. Lo que sí quedó claro en pleno Mundial-Super Bowl es que ni siquiera se sabe qué es más valioso preguntarle a un entrenador al terminar un partido: si consultarle por los movimientos tácticos o preguntarle por qué no miró a la cámara. Por elegir esto último, nos quedamos sin saber qué lo llevó, por ejemplo, a cambiarle el puesto a nuestro jugador estrella, Federico Valverde.
Bielsa respondió: “Tiene un límite lo que hay que explicar. No tenemos la obligación de actuar como modelos para respetar pretensiones que no tienen ningún fundamento. No tengo que dar ninguna explicación, me sacaron la foto como me la sacaron”.
Si nos tomáramos el tiempo –eso que pide Bielsa– quizá caeríamos en la cuenta de que su mayor provocación no es mirar al piso cuando lo enfocan, sino mirar hacia un lugar donde el resto del fútbol ya no quiere mirar.
