En un Mundial de organización compartida no todos los anfitriones tienen la misma jerarquía. En la primera Copa del Mundo organizada por tres países, Estados Unidos, México y Canadá, eso se pone de manifiesto. Dejando de lado al protagonista, Estados Unidos, que hospedará 78 de los 104 partidos, México y Canadá recibirán la mísera suma de 13 partidos en su territorio, pero al menos el encuentro inaugural será en el Estadio Azteca.
Si México parece tener un protagonismo acotado, el lugar de Canadá es todavía más periférico: será sede, sí, pero con una incidencia deportiva, política y simbólica bastante menor dentro del trinomio organizador. Estados Unidos será hogar y base de entrenamiento para 39 selecciones de las 48, México hospedará a 9, entre ellas Irán, lo que oficiará de terreno neutro diplomático, puesto que la administración de Donald Trump se opuso a que el seleccionado Iraní pernocte en suelo estadounidense a pesar de que debe ingresar al país para disputar, por lo menos, los encuentros de fase de grupos.
Además, de esos 13 partidos que se jugarán en Toronto y Vancouver, ninguno corresponde a las fases de octavos de final en adelante, por lo que a partir del 4 de julio ya ningún partido se disputará en territorio canadiense. Además, únicamente tendrán su base allí dos selecciones: Canadá y Panamá.
Su participación queda por detrás de México y Estados Unidos, tanto en la jerarquía de los encuentros como en la relevancia dentro del torneo. No obstante, el país tuvo que destinar cerca de 145 millones de dólares a la seguridad por solicitud de la organización del evento, incluso cuando la asistencia multitudinaria de hinchas de todo el mundo tiene cada vez menor expectativa.
Más que fútbol
El Mundial también se inscribe en un contexto económico particular. Canadá reconoció recientemente estar en recesión técnica por primera vez desde 2020, tras dos semestres consecutivos de contracción, aunque la caída ronda el 1% del PBI.
El dato no es menor si se considera el impacto económico que históricamente han tenido los países anfitriones. Desde Suecia 1958 —y con mayor énfasis desde México 1986—, los organizadores suelen experimentar crecimiento del PBI en el año del torneo y el posterior. Sin embargo, ese impulso convive con el riesgo de las llamadas “infraestructuras elefante blanco”, construcciones que luego quedan subutilizadas.
El primer ministro Mark Carney, sucesor de Justin Trudeau y referente del Partido Liberal, ha sido el encargado de liderar las negociaciones internacionales en torno al evento. Carney mantiene buena relación con la presidenta mexicana Claudia Sheinbaum, pero un vínculo más tenso con el expresidente estadounidense Donald Trump, quien ha insistido en referirse a Canadá como el “estado 51”, una declaración que Carney optó por desestimar: “No vamos a responder ni reaccionar a todo lo que publique”, afirmó.
En paralelo, Canadá se prepara para una instancia clave: en julio se negociará la continuidad del Tratado de Libre Comercio de América del Norte (TLCAN 2.0) con Estados Unidos y México. Está sobre la mesa la posibilidad de extenderlo por 16 años, una propuesta impulsada por Canadá y respaldada por México, o someterlo a una revisión anual de sus condiciones, lo que mantendría la inestabilidad económica que los canadienses quieren evitar.
Canadá y el fútbol
La historia de Canadá en los Mundiales es breve y adversa. En sus dos participaciones —México 1986 y Qatar 2022— perdió los seis partidos que disputó. En la última edición al menos logró marcar su primer gol, pero no alcanzó para revertir una estadística que lo ubica entre los peores registros históricos. De hecho, comparte con El Salvador el dato de haber jugado más partidos sin sumar puntos, y en la tabla histórica de la FIFA se ubica en el puesto 77 entre 80 selecciones, por la diferencia de goles.
Ese recorrido contrasta con su actuación más reciente a nivel continental: en la Copa América 2024, también disputada en su continente, alcanzó el cuarto puesto tras ser derrotado por penales por Uruguay, mostrando una versión más competitiva. El seleccionado canadiense es hoy dirigido por Jesse Marsch, quien asumió en mayo de 2024. El entrenador estadounidense venía de dirigir al Leeds United en la Premier League, donde había llegado en 2022 tras la salida de Marcelo Bielsa.
Su ciclo al frente de Canadá forma parte de un proceso todavía en construcción, en un país donde el fútbol compite con disciplinas más arraigadas y que se viven como deporte nacional, del estilo del hockey sobre hielo o el lacrosse.
En ese contexto, la FIFA ha tenido un rol activo en el desarrollo del fútbol canadiense. A través de fondos de incentivo con los que impulsó torneos juveniles de desarrollo en las categorías sub 15 y sub 17 desde 2023.
También se han aplicado allí iniciativas reglamentarias promovidas por el organismo, como la modificación del fuera de juego, la nueva ley del offside propuesta por Arsène Wenger —ex director técnico del Arsenal y actual director de Desarrollo de la FIFA—, que establece que la jugada queda invalidada únicamente cuando el atacante está completamente por delante del último defensor en el momento en que parte el pase de su compañero. La medida se implementa desde abril en la Premier League canadiense.
A jugar
En lo estrictamente deportivo, Canadá integrará el grupo B del Mundial 2026 junto a Suiza, Bosnia y Herzegovina y Catar. En un grupo competitivo, sus aspiraciones parecen moderadas, aunque con margen para disputar la clasificación. Su debut será este viernes 12 de junio a las 16 hs ante Bosnia y Herzegovina, que viene con viento en la camiseta tras lograr su clasificación mundialista ante Italia por penales luego de empatar en el repechaje europeo.
Para una selección con escasa tradición mundialista como Canadá, cada avance será celebrado. Incluso, en un torneo donde oficia de anfitrión, su desafío principal es otro: golpear la mesa con un resultado deportivo que llame la atención para dejar de ser un invitado dentro de su propia casa.
