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Thomas Partey, tras su comparecencia ante el Tribunal de la Corona de Southwark en Londres el 13 de abril de 2026. · Foto: Toby Shepheard / AFP

Thomas Partey, tras su comparecencia ante el Tribunal de la Corona de Southwark en Londres el 13 de abril de 2026.

Foto: Toby Shepheard / AFP

Canadá veta la entrada a Thomas Partey, figura de Ghana, acusado de violación

El volante ghanés, procesado en Inglaterra por ocho cargos de delitos sexuales, deberá permanecer en Estados Unidos mientras su selección juega el primer partido del torneo en Toronto.

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El futbolista Thomas Partey, una de las piezas más importantes del seleccionado de Ghana a sus 32 años, no podrá estar este miércoles 17 de junio en Toronto para el debut de su equipo en el Mundial 2026.

El Gobierno de Canadá le rechazó el visado de ingreso al mediocampista del Villarreal, sobre quien pesan ocho cargos penales presentados por cuatro mujeres en Inglaterra —siete por violación y uno por agresión sexual—, un tendal de acusaciones bajo libertad bajo fianza que derivará en un juicio en Londres el año próximo, tras postergarse la fecha inicialmente fijada para noviembre.

El fútbol de la enorme multinacional que lo gestiona se acostumbró a creer que sus fronteras son de papel o que los pasaportes de sus estrellas se sellan de apuro con el peso del poder o de la billetera. Pero el estreno de este Mundial tripartito acaba de sacudir esa soberbia de tribuna mediática con una noticia que llega desde Canadá, y esto no tiene nada que ver con el ICE y la inmigración, sino con una persona acusada de agresiones sexuales. El volante central, segundo capitán y eje de las Estrellas Negras se quedará en la concentración de Boston, en suelo estadounidense, mientras sus compañeros cruzan la línea fronteriza para enfrentar a Panamá.

La FIFA, que suele moverse por el mundo con la impunidad de un Estado soberano por encima de las leyes locales, tuvo que agachar la cabeza y emitir un comunicado parco, apenas para salir del paso: se limitó a decir que no interviene en los procesos migratorios de las naciones anfitrionas. El motivo del rechazo gubernamental no precisa demasiada vuelta de tuerca, aunque las autoridades canadienses se amparen en el secreto burocrático de sus normativas de admisión. El entrenador del equipo, el portugués Carlos Queiroz, ya había avisado con frialdad antes del torneo que no tenía reparos morales: si el jugador estaba disponible, lo ponía, dejando los juicios para otros. Pero la realidad le torció el brazo, por lo menos para el partido inicial, porque en suelo estadounidense sí podrá jugar.

Queda expuesta la doble vara de la geopolítica de los pantalones cortos. Para Estados Unidos, que comparte y tiene primacía absoluta en la organización del torneo y mira las leyes con otros ojos, el ghanés no tuvo reparos de las autoridades en pisar territorio norteamericano. Para el rigor de la ley canadiense, las denuncias de violencia de género tienen el mismo peso para un ciudadano de a pie que sale a hacer los mandados que para un deportista de élite que mueve millones.

El árbitro somalí Omar Artan, elegido el mejor del continente africano, vio frustrado su debut histórico por los filtros de seguridad estadounidenses.

Mientras los gurúes del marketing lloran la ausencia de una figura en el césped del BMO Field y los analistas de pizarrón desarman el mediocampo buscando cómo hará el portugués Queiroz —que antes de viajar a Estados Unidos había dicho que “si el jugador está aquí conmigo, mi respuesta es clara. No me corresponde ni a mí ni a ustedes juzgar esto”—, la realidad nos muestra otras dimensiones de la vida y el fútbol.

El fútbol no siempre puede andar eludiendo los tribunales y salir jugando. El miércoles, Ghana saldrá a una parada brava ante los panameños con un hueco enorme en la cancha, masticando la bronca de una falta que esta vez no se cobró por el VAR, sino con el derecho soberano de un país que decidió que el espectáculo no justifica la impunidad.