En el partido que abrió el primer Mundial con 48 selecciones en disputa, México rompió el maleficio de no haber ganado nunca un partido inaugural (había jugado tres: en 1930 en Montevideo, en 1986 en el mismo estadio Azteca y en 2010 en Sudáfrica). Venció 2-0 a los sudafricanos y pasó a comandar el grupo A mientras espera el resultado del partido entre Corea del Sur y República Checa. Fue un buen partido inaugural, aunque algo accidentado en el formulario: terminó con tres expulsados, dos africanos y un mexicano.
Imposible no empezar por esa catarata de emociones, esa sensación imponente que implica un Mundial y que, fundamentalmente, se desarrolla en países donde el pueblo, la gente, la esencia siente, sabe y vive con el fútbol. Fue conmovedora la fiesta previa al inicio del juego, no tanto por la hermosura coreográfica y de ejecución de la ceremonia de inauguración, sino por los minutos previos al pitazo inicial, incluida la acción de los himnos, pero en particular de ese himno cantado con profunda emoción por decenas de miles de mexicanos.
Mueve todo
Desde mi posición de espectador imparcial, pero absolutamente comprometido emocionalmente con estas justas, resultó cómodo y estimulante plantarme frente al partido, pero no debe de haber sido lo mismo para las decenas de miles que acompañaron en el coloso de Santa Úrsula ni para los que lo vieron a través de las pantallas en México, en Sudáfrica y en el mundo entero. La selección azteca empezó plantada como lo hacen los locales llenos de aspiraciones y expectativas, pero con un matiz de tranquilidad y antiansiedad. Durante un minuto y medio, desde el saque inicial hasta que hubo un corte mal dado, mantuvo la pelota. Los mexicanos movieron la pelota en campo rival hasta que, a los cuatro minutos, Raúl Jiménez sacó un terrible zurdazo desde fuera del área que propició una atajada estupenda del guardameta sudafricano. Un prematuro anuncio de cómo podrían ser las cosas.
Así fue que a tan solo ocho minutos de juego, y tras una pérdida en la salida del elenco sudafricano, la pelota le quedó a la altura de la medialuna al caleño colombiano, nacionalizado mexicano, Julián Quiñones, que buscó el espacio con una finta y de inmediato sacó un fierrazo impresionante que venció al arquero Ronwen Williams para poner el 1-0. Como si con una batuta Quiñones y sus compañeros dieran inicio al coro, las decenas de miles de mexicanos en el Azteca empezaron a corear el “Cielito lindo” y se desató la locura colectiva en las tribunas.
Ese sería, finalmente, el momento cumbre del primer tiempo. Poco a poco, el equipo de Javier Aguirre fue bajando sus revoluciones y, sin que los Bafana Bafana fuesen un equipo que estuviera poniendo una férrea oposición, el partido comenzó a decaer en ritmo y en conexiones apropiadas. El quiebre se produjo fundamentalmente luego de la pausa de hidratación, en la que los técnicos pudieron ajustar rápidamente y enviar a sus dirigidos los principios básicos para los 25 minutos que quedaban por jugarse.
Marcar los tiempos
Es posible que las emociones de ambos contendientes no estuvieran siendo bien gestionadas. Claramente lo estaba haciendo correctamente el equipo mexicano: en el minuto 8, quizá al sentir poco riesgo, llegó al gol, a la victoria y a la sensación de que todo se podía. Luego empezó a decaer.
Se fueron a los vestuarios casi una hora después del inicio del partido, en estos nuevos tiempos de cortes y comerciales. La diferencia siguió siendo la mínima. Un 1-0 con la sensación de que pudo haber sido mucho más amplia y, también, con la certeza de que el elenco mexicano había caído en intensidad en pro de asegurarse los tres puntos.
La segunda parte empezó con México azotando nuevamente el arco sudafricano con varias posibilidades de aumentar. A los cinco minutos, una escapada de Brian Gutiérrez –mexicano nacido en Chicago– terminó en una dudosa falta de atrás que derivó en la tarjeta roja para Sphephelo Sithole. Esto hizo que los sudafricanos dieran demasiada ventaja al estar perdiendo y con un futbolista menos.
Sin embargo, casi llegaron a la pausa de rehidratación sin advertir que estaban jugando 11 contra diez. Pero Raúl Jiménez estampó su nombre en la historia a los 21 minutos. Llegó el gol del hombre que casi pierde la vida en un accidente y que se creía que no iba a volver. Anotó de cabeza aprovechando un centro puñalada de Roberto Alvarado y poniendo la pelota contra el palo para marcar el 2-0. Fue el primer gol en el cuarto Mundial del segundo goleador histórico de la selección mexicana, que ya tiene 127 presentaciones con el Tri.
Cielito lindo
Después de otra corrida por las tribunas del coro de miles del “Cielito lindo”, con cambios en el elenco del Vasco Aguirre, por fin pasó a tener el dominio absoluto, a estar seguro y con la certeza clara de la victoria. La primera en un partido inaugural de los mexicanos, que mantienen la imbatibilidad del estadio Azteca, donde la selección locataria nunca ha perdido un partido del Mundial.
Encima, en el minuto 40 del segundo tiempo, cuando todo era fiesta, Sudáfrica quedó con dos menos por la expulsión –con intervención del VAR– del recién ingresado Zwane, quien en una acción ofensiva de los africanos, en el mano a mano con un futbolista mexicano, trastabilló y le dio un viaje en la nuca que encendió las alarmas del videoarbitraje. El VAR llamó al árbitro principal, quien, después de revisar la incidencia en la pantalla, mostró la segunda tarjeta roja del encuentro.
No esperábamos la sorpresa final, cuando México también perdió a un futbolista por tarjeta roja directa. Fue ya en los descuentos, cuando César Montes cruzó a Teboho Mokoena al llegar al área.
Al final, literal y metafóricamente, salió el sol para los mexicanos, que terminaron con esta victoria inicial de 2-0 y los tres puntos que ya los dejan con la expectativa de poder avanzar.
