En un partidazo en Guadalajara a donde llegaron miles de colombianos, Colombia le ganó 1-0 a República del Congo y consiguió, aún sin saber en qué posición, avanzar a la próxima fase. Los congoleños estuvieron próximos a repetir lo que habían hecho ante los portugueses la semana pasada y mantienen chances de clasificar a pesar de la derrota. La selección amarilla ahora quedó liderando el grupo K con puntaje perfecto (6), Portugal con su victoria ante Uzbekistán tiene 4, Congo 1 y Uzbekistán 0. En la última fecha se enfrentan los punteros.
La fascinación mundial
Estar en un mundial, aunque sea en la última fila del estadio Jalisco, para realizar la cobertura del partido que esta vez juegan Colombia contra Congo, es algo único. Pero no ya por la capacidad de los colectivos, por la idoneidad manifiesta de sus futbolistas, o por la asociación que generan los cracks de la elite.
El fútbol en un Mundial es algo realmente impresionante. Pero para que impresione de esa forma, tiene que encuadrarse en un sedimento histórico de decenas de años, de miles de cracks, de cientos de miles de historias y jugadas, de millones de recuerdos, de cientos de millones de hinchas que en más de 100 años han construido esto tan fantástico que, por más que los CEO y el management del presente lo vendan en partes, nunca en la historia lo van a poder cambiar.
El partido comenzó como sabíamos que iba a empezar. Con una Colombia arrasadora y Congo con cinco en línea atrás defendiendo la buena ejecución ofensiva de los cafeteros, pero metiendo algunas salidas con pases largos y precisos que, por lo menos en un par de oportunidades, pusieron en cuestión el arco de Camilo Vargas.
Pero me parece injusto que nombre primero a Vargas antes que a Lionel Mpasi. El arquero congoleño durante más de 20 minutos anduvo a los revolcones, resolviendo todas las ofensivas de los colombianos; y cuando no lo pudo hacer, cuando atajó pero en el rebote lo vacunaron, el gol no subió al marcador por un milimétrico offside de Daniel Muñoz, que había sido el cabeceador y también quien había tomado el rebote.
Cuando por fin, después de la pausa de la estación publicitaria que en el estadio se vivió con un vibrante “Cielito lindo”, Congo se pudo desatar un poco. Las camisetas celestes llegaron al arco contrario, pero también dispararon enormes y veloces contragolpes de las camisetas amarillas. Los colombianos afinaron su juego y seguían arrimando sobre el arco de Mpasi.
Cedric Bakambu, de Congo y Davinson Sanchez, de Colombia, el 23 de junio, en Guadalajara.
Foto: Ulises Ruiz, AFP
La presión del equipo de Néstor Lorenzo era realmente impresionante. Y la forma de juego de los africanos, confiados e inocentes, anunciaba que en una pérdida de esas se podía venir una jugada de muchísimo peligro. Igual está salado el juego de los africanos. Con ese lomo, esos lomos y esa potencia que despliegan en velocidad, les falta afinar un poquito la motricidad fina y ganar experiencia en cómo resolver las situaciones problemáticas.
Es una maravilla y pienso: ¿me vine hasta acá para ver esto? Sí, me vine hasta acá. Para ver esto con un estadio rugiendo. Cuando Colombia tiene un córner y los de atrás, Davinson Sánchez y Jhon Lucumí, parecen López, el último hombre de Sacheri, y el matungo que jugaba a su lado, corriendo 60 metros para ir al área buscando la ilusión que nunca llega.
A corazón abierto
Al comenzar el segundo tiempo, cuando Colombia tenía la pelota, 21 de los 22 futbolistas que había en la cancha estaban en el campo de Congo. A los colombianos les sale bien eso y por eso lo desarrollaron. Tocan, suben, abren, pero sobre todo son precisos en sus combinaciones y cuando imprimen velocidad final.
En Colombia entraron Juanfer Quintero y Jhon Córdoba, y multiplicaron aún más el juego ofensivo de los colombianos. En Congo se fue Bakambu. No sé por qué lo habrá sacado el técnico, porque ese 9 potente, veloz y que va a todas siempre ejercía la doble amenaza del peligro sobre Lucumí y Sánchez.
Ya después de la pausa de hidratación, el partido se puso en la zona del barranco. Porque Colombia seguía buscando, pero aparecieron unas arrancadas de los congoleños que pusieron en cuestión la estabilidad del fondo cafetero.
Ya en la media hora del segundo tiempo, cuando la tensión del partido empezaba a estrangular las emociones del pueblo colombiano, apareció el gol de Muñoz, el lateral goleador que tiene la selección cafetera, que definió cruzado para vencer la valla de Mpasi. Y después aguantar como se podía, porque los congoleños se vinieron con todo lo que tenían, empujados por el orgullo y la necesidad, transformando el cierre del partido en un suplicio de resistencia.
Un partidazo.
