El Hard Rock Stadium se agiganta mientras te vas acercando. Lo mismo con la ansiedad. Sin embargo, mientras los hinchas llegan, la primera señal de que juega la celeste no sale de un estadio. Sale de la garganta de los desconocidos. Uno camina por las avenidas gigantes de Miami, entre autos que parecen aviones y edificios que no terminan nunca, y de pronto ve una camiseta celeste del otro lado de la calle. No importa si está a 50 metros porque la distancia se anula con la contraseña que aprendimos desde que nacimos: ¡vamo arriba Uruguay, eh!
No responde uno, responden todos. Siempre responden. Es un diálogo breve entre personas que quizá nunca se vuelvan a repetir, pero que durante lo que dure, cinco, diez segundos, es casi como un saludo familiar.
Seguís acercándote al estadio en una peregrinación perpetua y aparece otro clásico. La frase que no explica nada y lo explica todo.
–Hoy hay que ganar.
El eco recorre lo largo y ancho de la NW 26th Ave. En el grito de todos, de niños y niñas con caras pintadas, de un grupo de señoras más que futboleras, del señor que habla por teléfono en spanglish, el que mira el cielo como si pudiera negociar con el destino.
Porque los hinchas de fútbol son eso, una extraña especie de creyentes. Saben –sabemos, se los juro– que no tenemos ninguna influencia sobre lo que pasará adentro de la cancha y, sin embargo, actuamos como si nuestros cantos pudieran darle efecto a la pelota para clavarla en el ángulo.
Entrar a la cancha cuando juega Uruguay también tiene gritos –aliento– que no necesariamente son de combate. Entre los miles de celestes aparecen también algunas camisetas azules de Cabo Verde. No son tan pocas, eh, no pasan inadvertidas. Llevan la ilusión de quien tiene un chiche nuevo. Los uruguayos los saludan con una sonrisa pícara, algunos piden una foto, intercambian bromas. Hay una simpatía inesperada, hasta que empiece el partido.
A pocos metros de una de las entradas, una familia uruguaya se detiene. Mira las señalizaciones, nadie entiende nada. El estadio, enorme, tiene la capacidad de hacer que los adultos nos perdamos como si fuéramos niños en una feria. La madre se acerca a unos policías y cambia de idioma con la naturalidad de quien abre otra puerta. En inglés les pregunta dónde deben entrar. Sus hijos esperan con esa mezcla de ansiedad y asombro de quien está a pocos pasos de un sueño.
Cuando se abran las puertas del estadio, la locura es total. De cada rincón del mundo llegan los que gritan como si estuvieran en la Ámsterdam o en la explanada de la intendencia, en la rambla de Mercedes hasta la avenida Sarandí en Rivera. La patria portátil no tiene límites cuando está pintada de celeste.
En una ciudad construida para que cada uno siga su camino, un grupo de uruguayos cantan con una convicción que el alcohol mejoró y la afinación no acompañó. No saben si están haciendo un papelón o una ceremonia. Tal vez las dos cosas. El fútbol da la licencia de convertir a personas razonables en criaturas felices.
¡Vamo arriba Uruguay, eh!
