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Deporte Ciclismo
Thomas Silva, al cruzar la meta en la segunda etapa del Giro de Italia, el 9 de mayo, en Bulgaria. Luca Bettini, AFP

Thomas Silva, al cruzar la meta en la segunda etapa del Giro de Italia, el 9 de mayo, en Bulgaria. Luca Bettini, AFP

Thomas Silva y el mayor logro del ciclismo uruguayo

Su debut soñado en el Giro de Italia, con etapa ganada, maglia rosa y podio por puntos, obliga a reordenar el listado de gestas celestes en un deporte históricamente dominado por Europa.

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Desde finales de los años 40, el ciclismo uruguayo se hizo conocer en el mundo a base de logros puntuales, de esos que aparecen cada tanto pero que dejan huella. En un deporte dominado casi siempre por europeos, cada vez que un uruguayo se metió en escena fue algo fuera de lo común. Desde los viejos velódromos de la posguerra hasta las grandes vueltas del mundo globalizado, esas historias, aunque con diferentes tonos de celeste, cuentan lo mismo: esfuerzo, talento y la capacidad de sorprender.

París, 1947. En el velódromo del Parque de los Príncipes, donde hoy juega el PSG, Atilio François se bajaba de su bicicleta tras perder la final de persecución individual en el Campeonato Mundial de Ciclismo en Pista amateur. Su vencedor fue el italiano Arnaldo Benfenati, quien al año siguiente sería medalla de plata en los Juegos Olímpicos de Londres. Ese segundo puesto fue el primer gran triunfo del ciclismo uruguayo a nivel mundial. El ganador de la persecución en profesionales de ese año fue la estrella mundial Fausto Coppi, quien a esas alturas ya había logrado dos de sus cinco Giros de Italia, una Milán-San Remo y un Giro de Lombardía.

Al año siguiente, en los Juegos Olímpicos de Londres 1948, François volvió a decir presente, esta vez en la prueba de persecución por equipos (4 ciclistas corriendo 4 km en pista) junto a Juan De Armas, Luis Ángel De los Santos y Waldemar Bernatzky. Terminaron cuartos entre 15 países. Un resultado más que respetable que confirmaba el nivel de Uruguay en el mundo a nivel amateur.

Quince años más tarde llegó otro gran momento. En el Mundial de ciclismo que se disputaba en las inmediaciones de Saló, Italia, el 30 de agosto, la cuarteta uruguaya de ciclismo en ruta logró un trabajado tercer puesto en el Mundial de 4x100 (4 ciclistas en contrarreloj por equipos durante 100 km). Los poblados de Torbole, Lograto, Orzivecchi, Orzinuovi, Dello, Fenili Belasi y Castelmella, y la ciudad de Roncadelle vieron pasar a las cuatro bicicletas celestes coordinadas al mando de Vid Cencic, Juan José Timon, Rubén Etchebarne y René Pezzati.

Los 100 km fueron en realidad 112,6; los uruguayos llegaron a una diferencia de 2 minutos 14 segundos de la selección italiana y a solo 16 segundos del segundo puesto logrado por Dinamarca. Este resultado fue el segundo gran hito del ciclismo uruguayo a nivel mundial: un bronce en un Campeonato Mundial de Ruta amateur, y siendo Uruguay el único país no europeo en esa prueba. El ciclismo mundial seguía siendo un ciclismo principalmente europeo.

Pasaron 38 años más hasta los Juegos Olímpicos de Sídney 2000. Uruguay se despertó con una medalla de plata colgada en el cuello de Milton Wynants. Una medalla impensada para la gran mayoría del público, otra hazaña del ciclismo uruguayo. Fue en la prueba por puntos. Wynants tenía excelentes antecedentes y era uno de los pretendientes al podio. Como mínimo, estaba entre los 20 o 25 mejores del mundo en esa especialidad, por lo que no era un desconocido. A pesar de su nivel, su participación se debió a una invitación (wild card). La prueba por puntos (al igual que el ómnium de hoy) es una de las pruebas olímpicas que más se adapta a los ciclistas de ruta. De hecho, varios de los participantes de esa prueba eran ciclistas de ruta.

Un evento global para el gran público seguramente es lo máximo. Wynants logró en ese momento el gran triunfo del ciclismo uruguayo de la historia, englobando en eso lo que desde el inicio del deporte se consideró ciclismo: pista y ruta; disciplinas que, si bien son diferentes, parten de un tronco común, una misma base de años y crecimiento, aunque la ruta tomó distancia mediática, de prestigio y trascendencia con el inicio de las grandes vueltas (Tour de Francia 1903, Giro de Italia 1909).

Esos mojones, sumados a la plata de Wynants en el Mundial de pista en Melbourne 2004, fueron hasta mayo de 2026 los cuatro resultados más importantes de nuestro ciclismo a nivel mundial. Resultados enormes que seguirán teniendo un lugar de privilegio en el deporte.

El giro de la historia

El Giro de Italia comenzó seis años después que el Tour de Francia, convirtiéndose rápidamente en un icono del deporte italiano, europeo y mundial. Históricamente, el Giro es una de las dos competencias insignia del ciclismo, y su maglia rosa, un distintivo apreciado y buscado. Si bien el Tour es la mayor prueba por etapas, el Giro llegó a disputarle ese lugar a finales de la década del 40, cuando las dos figuras máximas del ciclismo, Coppi y Gino Bartali, se disputaban su general luchando en las carreteras italianas junto a otro hombre importante, Fiorenzo Magni.

En esos tiempos, el Tour se corría por selecciones, haciendo esto que en la competencia francesa fueran compañeros de equipo (al menos de camiseta). Por esa razón, los ojos estaban en el Giro, donde la lucha era a morir.

Todos los ciclistas del mundo, todos, sueñan con correr un Giro de Italia, por ganar una etapa, y venderían el alma al diablo por ganar la general. Ganar en el Giro está más allá de lo que cualquier ciclista pueda imaginar. Por eso, entre otros motivos, son muy pocos los que pueden aspirar a correrlo, menos los que pueden ganar una etapa, y ser líder es la utopía de casi todos.

Nunca antes un uruguayo tuvo la oportunidad de participar; quizás Juan José Timon, en su paso en 1966 por el profesionalismo italiano, fue el más cercano, pero no lo logró. Thomas Silva llegó a algo impensado hasta hace muy pocos años: estar en ese selecto grupo de participantes. Pero lo de Thomas no terminó ahí: el fernandino logró ganar una etapa, que se dice fácil, pero cuya trascendencia es difícil de trasladar en palabras. Y no solo eso: Silva llevó la maglia rosa en dos etapas.

Hay tres camisetas icónicas del ciclismo mundial: la amarilla del Tour, la rosa del Giro y la arcoíris de campeón mundial. Thomas llevó en su cuerpo, sintió en su piel, la tela de una de las tres, siendo durante cuatro días el centro de atención del ciclismo mundial, llevando nuestra bandera a un nivel al que el ciclismo nunca la pudo llevar.

Podría terminar ahora de escribir, y lo dicho anteriormente ya sería más que suficiente, pero no. Thomas también fue tercero en la 5ª y la 12ª etapa, cuarto en la 8ª y sexto en la 18ª etapa. Y, para culminar una participación histórica, se colocó tercero en la clasificación por puntos, esa que distingue al ganador con la clásica maglia ciclamino.

Esto de Silva trasciende al ciclismo: seguramente sea el hecho deportivo del año para Uruguay y uno de los más importantes de la historia de nuestro deporte en general. No me quedan dudas de que es el triunfo más importante de nuestro ciclismo y coloca a Thomas Silva como el ciclista más trascendente a nivel global de la historia del ciclismo uruguayo.